No sé en qué momento exacto dejó de doler tanto.
No es que ya no duela. Es… distinto.
Como cuando te quitas una piedra del zapato después de horas caminando. El pie sigue sensible. La piel está roja. Pero ya no hay algo clavándose a cada paso.
Creo que estoy ahí. En ese punto raro donde nada está bien del todo, pero tampoco está tan mal como antes.
Y no sé qué hacer con eso.
Hoy me han dejado salir al jardín.
No es muy grande. Unos bancos, dos árboles, una fuente que hace más ruido del que debería. Pero el aire… el aire es diferente.
No huele a pasillo. No huele a desinfectante. Huele a fuera.
Y me he sentado sin pensar demasiado. Con las manos en las mangas, como siempre. Encogida. Como si alguien pudiera pedirme explicaciones por ocupar espacio.
Pero nadie lo hizo.
Ara ha llegado un rato después.
No me había avisado. Pero ya empiezo a entender que ella es así.
No pregunta si puede venir. Viene.
No pregunta si puede quedarse. Se queda.
Y, por primera vez, no me ha dado miedo verla aparecer.
—Te estaba buscando —ha dicho.
No sé si era verdad. Pero me ha gustado fingir que sí.
Se ha sentado a mi lado. Sin invadir. Sin tocar.
Solo cerca.
Y durante un rato, hemos mirado la fuente. Como si el agua tuviera algo importante que decirnos.
—Hoy he comido —le he dicho.
Así. Sin contexto. Sin adornarlo.
Ella no ha reaccionado como esperaba.
No ha sonreído exageradamente. No ha dicho “qué bien” como hacen los demás.
Solo ha asentido. Despacio.
—¿Y cómo ha sido?
Esa pregunta… esa maldita pregunta…
Me ha dejado sin aire un segundo.
—Raro —he dicho. —Como si no fuera yo la que estaba comiendo.
Ha vuelto a asentir.
Y no ha añadido nada más.
Y eso… eso ha hecho que no me sintiera observada. Ni evaluada. Ni obligada a convertirlo en un logro perfecto.
Solo… real.
Nos hemos quedado en silencio otra vez.
Pero hoy no era el mismo silencio de siempre.
Hoy no pesaba tanto.
Hoy no parecía un hueco que había que llenar, sino un sitio donde podíamos quedarnos sin hacernos daño.
—Ayer leí tu carta —ha dicho de repente.
Me he tensado.
—¿Cuál?
—La que dejaste en la mesilla. La que empieza con “no sé cómo explicarme sin romperme”.
Mierda.
No pensaba que la fuera a leer. No pensaba que nadie lo hiciera.
—Lo siento —ha añadido rápido—. No sabía si podía, pero…
—Está bien —la he cortado.
Y no lo he dicho por quedar bien. Lo he dicho porque, en el fondo, una parte de mí quería que alguien lo leyera.
—No estás tan rota como crees —ha dicho.
Y ahí sí que algo dentro de mí se ha removido.
Porque no es verdad. O al menos, no del todo.
Pero tampoco he sabido discutirlo.
—No lo sé —he respondido.
Y por primera vez, esa frase no sonaba a derrota.
Sonaba a duda.
Y la duda… la duda es nueva.
El viento ha movido un poco las hojas del árbol. Y durante unos segundos, el sol me ha dado en la cara.
He cerrado los ojos.
Y no he pensado en desaparecer.
No he pensado en si merezco estar aquí.
No he pensado en mi cuerpo. Ni en mi padre. Ni en todo lo que hice mal.
Nada.
Solo… he estado.
—Mía —ha dicho Ara, bajito.
He abierto los ojos.
—¿Sí?
Ha dudado. Como si estuviera decidiendo si cruzar una línea invisible.
Y luego lo ha hecho.
—No tienes que estar bien para que me quede.
No ha sido una declaración. No ha sido dramático.
Ha sido simple.
Y creo que por eso ha dolido más.
Porque toda mi vida he pensado que la gente se queda cuando eres fácil. cuando sonríes. cuando no molestas.
Y ahora viene alguien y me dice que se queda incluso así…
y no sé dónde poner eso dentro de mí.
No he respondido.
Pero tampoco me he cerrado.
Y eso, aunque parezca poco, para mí es enorme.
Cuando se ha ido, no he sentido ese vacío de siempre.
No ese que me aplasta el pecho y me hace querer esconderme otra vez.
Ha sido… más suave.
Como una ausencia que no borra lo que ha pasado.
Y al volver a la habitación, he hecho algo que no hacía desde hace tiempo.
Me he mirado al espejo.
De frente.
Sin apartar la mirada al segundo.
No me he gustado. Todavía no.
Pero tampoco me he odiado.
Y eso…
eso sí que es nuevo.
Creo que esto es lo que nadie cuenta de empezar a mejorar.
Que no se siente bien.
Se siente raro. Inestable. Como si en cualquier momento fueras a caer otra vez.
Como si no confiaras ni en tu propia calma.
Pero aun así…
hay algo.
Algo pequeño. Algo que no grita. Algo que no promete nada.
Pero que se queda.
Y quizás, solo quizás, eso sea el principio.