Las heridas que no se ven

Capítulo 11: Como si pudiera quedarme a vivir aquí

Ferrol huele a sal.

A pan recién hecho.

A pescado.

A casas viejas que no han dejado de tener alma.

Nunca había estado aquí, pero de alguna forma, me recuerda a mí.

A lo que fui antes.

A lo que no supe nombrar.

Salimos temprano, las tres, mochila al hombro.

Ara nos llevó al mercado de abastos, donde saludaba a casi todos los puestos como si fueran familia.

Y en cierto modo, lo eran.

La escuché hablar en gallego.

No entendí todo, pero me bastó con mirar cómo le brillaban los ojos.

Compramos empanada, queso, un pan redondo y todavía caliente, y una botella de agua con gas que Luna odió al primer sorbo.

—¿Por qué sabe a electricidad? —se quejó.

—Porque tienes el paladar atrofiado —respondió Ara, con una carcajada.

Nos sentamos en una pequeña explanada frente al puerto, el mar moviéndose lento como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado.

Y por un momento, pensé que yo tampoco.

---

Después del almuerzo improvisado, bajamos a la playa.

No había nadie.

El cielo estaba medio nublado, pero el viento era tibio.

Ara se quitó las zapatillas.

Corrió hacia el agua sin preguntar.

—¡Va a estar congelada, lunática! —gritó Luna desde atrás.

—¡Pues más divertido! —respondió, mientras chapoteaba con la alegría de una niña libre.

Yo me quedé quieta.

Mirándola.

Mirándolas.

Pensando en lo lejano que me parecía eso hace tres meses.

Entonces las vi.

A la pareja de chicas en la orilla.

No se tocaban.

Solo caminaban muy juntas, con los dedos rozándose.

Una tenía el pelo rizado hasta la cintura.

La otra iba descalza, los vaqueros remangados hasta la rodilla.

No hacían nada especial.

Pero algo dentro de mí se removió.

No sentí envidia.

Ni deseo.

Sentí paz.

Y una punzada de esperanza.

"¿Y si esto también puede ser para mí?"

---

Ara volvió corriendo y me tiró una camiseta mojada encima.

—Tu turno, princesa hospitalaria.

—Estás loca si crees que me voy a meter.

—No lo estoy.

Confía.

Y no sé cómo lo hizo,

pero terminé en el agua.

Fría.

Violenta.

Despiadadamente real.

Y cuando salí, tiritando, riendo, con la ropa empapada y el pelo pegado a la cara…

me sentí viva.

Más que en meses.

Más que en años.

---

Esa noche, Luna se acostó pronto.

Dijo que quería escuchar música antes de dormir, pero nos dejó solas en la terraza.

Ara sacó dos tazas de infusión.

Nos sentamos con una manta a los pies.

—¿Te lo estás pasando bien? —preguntó ella, sin mirarme.

—Más de lo que creía posible.

Se quedó en silencio unos segundos.

Luego dijo:

—Eres distinta aquí.

—¿Distinta cómo?

—Como… más tú.

Menos… en defensa.

Sonreí.

Y bajé la vista.

—Aquí no tengo miedo de que alguien me vea como una amenaza.

Ni de que me miren como si estuviera rota.

Ella asintió.

—Yo tampoco te veo así.

Entonces me miró.

Y yo supe.

Supe que venía.

Y no me asustó.

Ni me hizo temblar.

Solo cerré los ojos,

cuando su mano rozó mi mejilla,

y su boca tocó la mía,

como si estuviera pidiéndome permiso sin palabras.

Fue un beso distinto al de aquella discoteca.

No había ruido.

No había luces ni alcohol ni vértigo.

Solo dos personas que se estaban descubriendo

con cuidado,

con ternura,

con la promesa silenciosa de no romperse.

Y cuando se separó,

yo le dije:

—No sé qué siento.

Pero no quiero huir de ello.

Y ella respondió:

—Entonces no huyas.

Solo siéntelo.

Y eso hice.

Por primera vez,

sentí.

Después del beso,

nos quedamos un rato más en la terraza,

hablando de cualquier cosa.

Ara tenía esa manera suya de devolverme a tierra:

con humor,

con gestos pequeños,

con una risa que no pesa.

Pero cuando me fui a dormir,

el silencio fue otra vez demasiado grande.

Me acosté en la colchoneta.

Luna ya dormía, como si nada.

Ara estaba en el baño.

Y yo…

yo no sabía qué hacer con todo lo que tenía dentro.

No me sentía mal.

Pero tampoco bien.

Me sentía llena.

Llena de cosas.

De emociones.

De miedo.

De deseo.

De palabras que no me atrevo a decir.

De hambre.

De ganas de huir.

Me levanté en silencio.

Bajé a la cocina.

Todo estaba a oscuras, pero no me importó.

Abrí el cajón.

Saqué lo primero que encontré:

una bolsa de galletas,

restos del pan del mediodía,

un trozo de empanada fría.

Comí.

Rápido.

Como si quisiera desaparecer el vacío con comida.

Como si fuera una forma de tapar el temblor.

Lo sabía.

Lo sentía.

Era una recaída.

No la más grave,

pero sí una que dolía.

Y dolía más porque no quería que pasara.

Y porque no se lo iba a contar a nadie.

Subí otra vez.

Me metí en la cama como si nada.

Pero no pude dormir.

---

La pesadilla llegó sin avisar.

Estaba en ese parque.

El primero.

Con Rocky.

Él tenía 17.

Yo, 13.

Era verano.

Tenía miedo, pero no sabía de qué.

Me gustaba.

O eso creía.

Y luego estaba en su casa.

Otra vez.

Él me tocaba.

Yo no decía que no.

Pero tampoco quería.

Solo me quedaba quieta.

Aprendí a quedarme quieta.

A no molestar.

A que pasara rápido.

A no llorar.

Soñé que me decía:

—Tú me debes esto.

Tú viniste.

Tú me buscaste.

Tú eres esto.

Me desperté con el cuerpo en tensión,

empapada en sudor,

con la garganta cerrada.

No lloré.

Solo me abracé las rodillas



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En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

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