Ara apareció después de comer.
Con una sudadera gris demasiado grande para el calor que hacía.
Con los ojos más tranquilos que los míos.
Con una sonrisa que no pedía nada.
—¿Te apetece salir al jardín? —me preguntó, desde el marco de la puerta.
No respondí de inmediato.
Solo la miré.
Asentí.
Y cogí mi chaqueta por costumbre, aunque no la necesitara.
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Caminamos en silencio durante un rato.
Los setos bien cuidados, las flores que no sé nombrar, el sonido leve del canal al fondo.
La gente a veces piensa que el hospital es solo dolor,
pero hay rincones como este que parecen otra cosa.
Casi paz.
Nos sentamos en uno de los bancos, de cara al sol.
Ella cruzó las piernas.
Yo las mantuve rectas.
Cada una en su postura.
Y aún así… nos sentíamos cerca.
Ara fue la primera en hablar:
—Daniela me dijo que estuviste en grupo esta mañana.
—¿Cómo te sentiste?
—Como si me hubieran sacado las tripas, pero con cuidado —dije.
Se rió muy bajito.
Luego suspiró.
—Me alegra que estés yendo.
Que te dejes ver un poco más.
—¿Te parece que me dejo ver?
—Un poco.
Pero sí.
Y no tienes idea de lo valiente que es eso.
La valentía.
Esa palabra me suena grande, lejana, como si solo se le aplicara a otros.
Pero ella me la dice mirándome a los ojos.
Y algo en mí se derrite un poco.
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El viento me movía el flequillo.
Ella me lo apartó con los dedos, sin pensarlo.
Como si lo hubiera hecho mil veces.
Y por dentro, yo me paralicé.
No por miedo a ella.
Por miedo a mí.
A lo que me pasa cuando me toca.
A lo que me pasa cuando no quiero que se detenga.
—No sé si sé sentir lo que tú sientes —le dije de golpe.
—¿Cómo lo sabes? —respondió ella.
—Porque nunca me lo había planteado.
Porque siempre creí que mi cuerpo solo servía para ser usado.
No para ser querido.
Ara bajó la mirada.
No me contradijo.
No me pidió explicaciones.
Solo dijo:
—No estoy aquí para exigir nada.
Estoy para quedarme, si tú quieres.
Aunque sea en la esquina.
Aunque sea de lejos.
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Y entonces me pasó algo extraño.
No me entró el pánico.
No quise huir.
Solo me temblaron un poco las manos.
Y pensé:
"¿Será esto lo que se siente cuando alguien te quiere sin querer poseerte?"
Me quedé en silencio.
Ella también.
El sol bajaba un poco.
Y nos fuimos caminando lento,
sin tocarnos,
pero con el mismo paso.
Como si no hiciera falta más.
Al menos, por hoy.
El silencio se alargó unos segundos más,
hasta que me atreví.
—¿Y Luna? —pregunté, con la voz casi seca—. ¿Tú sabes algo de ella?
Ara desvió la mirada hacia el seto más cercano.
Como si necesitara enfocar en algo que no fuera yo para responder.
—Ha venido un par de veces.
Al principio… más.
Pero luego dejó de aparecer.
Asentí sin sorpresa.
Aunque por dentro, me dolía.
Y me daba vergüenza que me doliera.
—Supongo que está pasando por su propio duelo —murmuré.
—Sí.
Desde que murió Eren…
todo cambió.
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Recordé ese día.
El mensaje de voz entrecortado de Eren.
El hospital.
Las luces blancas.
La cara de Luna.
No había gritado.
No había roto nada.
Solo se le cayó la mirada al suelo
y no volvió a subirla del todo desde entonces.
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—A veces pienso que ya no soy su mejor amiga —solté, sin pensarlo.
Ara me miró.
—No digas eso.
—Es lo que siento.
He estado aquí encerrada un mes.
Lidiando con lo mío.
Pero ella…
ella ha tenido que salir al mundo sin Eren.
Y sin mí.
—No estás “encerrada”. Estás cuidándote.
Y eso también es un acto de amor hacia ella.
Aunque no lo parezca.
La forma en que lo dijo me desmontó un poco por dentro.
—¿Y tú? —le pregunté, volviendo a girar la cara hacia ella—. ¿Tú sabes cómo está?
Se encogió de hombros.
—Volvimos a las clases.
Seguimos sentándonos juntas.
A veces comemos en la cafetería con Esther…
Ese nombre me sonó como un pinchazo.
No de celos.
De realidad.
Esther.
La chica que a Luna le removía algo.
—¿Siguen viéndose?
—A veces.
No mucho.
Luna no habla demasiado.
Ni de Eren, ni de ti.
—¿Y Lorenzo?
—Sigue trabajando en la cafetería.
Parece mejor.
Bruno también va por allí, aunque últimamente lo vemos poco.
Ara hizo una pausa.
Me observó como si pudiera leerme por dentro.
—Todo ha cambiado tan rápido, ¿verdad?
Asentí.
La garganta se me cerró un poco.
—Siento que me perdí de todo.
Que parpadeé y el mundo ya no es el que era.
Ara me tomó la mano sin previo aviso.
Fue un gesto suave.
No para llamar mi atención.
Sino para anclarme.
—No te lo perdiste.
Solo estás en otra parte del camino.
Y no vamos a dejarte atrás.
Esa frase me cayó como una piedra en el pecho.
Porque no sabía cuánto la necesitaba hasta que la oí.
La miré.
Y esta vez no retiré la mano.
Ni los ojos.
Ni el silencio.
Solo me dejé estar.
En ese banco.
A su lado.
Sin decir más.
Porque a veces el consuelo es eso:
saber que alguien sigue ahí,
incluso cuando tú no sabes ni dónde estás.