Las heridas que no se ven

Capítulo 9: Carta a la que fui

A veces, Silvia me propone tareas que me dan miedo antes incluso de intentarlas.

Hoy me dejó una hoja en blanco sobre la mesa y dijo:

—Escríbele a la que fuiste. No hace falta que la consueles. Solo háblale.

Pensé que no sabría por dónde empezar.

Pensé que no tenía nada que decirle.

Pero ahora, aquí sentada en el alfeizar de la ventana,

con los ruidos suaves del hospital y el lápiz entre los dedos…

las palabras empiezan a salir.

No sé si lo estoy haciendo bien.

Pero lo estoy haciendo.

---

Querida Mía,

Sí, a ti.

A la de 13, 15, 17 años.

A la que se mordía los labios hasta sangrar.

A la que se encerraba en el baño con la excusa de una ducha larga.

A la que pensaba que si desaparecía nadie lo notaría demasiado.

Quiero decirte que no era tu culpa.

Ni lo que te hicieron,

ni lo que no supieron ver,

ni lo que te creíste sobre ti misma después de tanto silencio.

Sé que tenías miedo.

Sé que pensabas que tu cuerpo solo servía para ser invadido, juzgado o castigado.

Sé que cada vez que alguien te decía “ya se te pasará”,

se te rompía un poco más la esperanza.

Pero quiero que sepas algo:

aquí sigues.

Sigo.

Seguimos.

A veces lloramos sin motivo.

A veces no comemos.

A veces nos seguimos odiando un poco al mirarnos en el espejo.

Pero también tenemos momentos de paz.

Hay una chica que nos mira bonito.

Hay amigas que siguen ahí, a pesar de todo.

Hay una terapeuta que no nos juzga.

Y un cuaderno donde podemos escribir cosas como esta.

No todo está bien.

Pero ya no estamos solas.

Ojalá pudiera abrazarte.

Decirte que no tenías por qué ser tan fuerte tan pronto.

Que tus heridas no te hacían defectuosa,

solo humana.

Y que un día ibas a escribirte una carta.

Como esta.

Y no ibas a romperla.

Solo eso.

Por hoy, es suficiente.

Con cariño,

Mía (la que empieza a creer que merece estar aquí)

---

Doblé la hoja con manos suaves.

No la guardé.

La dejé encima de la mesa.

Visible.

Porque ya no me escondo tanto.

Y porque, aunque no lo parezca…

cada vez me tengo un poco más de paciencia.

Después de terminar la carta, me quedé un rato más sentada en la cama.

Mirando esa hoja doblada como si fuera un pedazo de mí que, por fin, no me daba miedo mirar.

Cuando me levanté, era para empezar a recoger.

Me habían dado cinco días de permiso.

Cinco días fuera.

Cinco días sin pasillos blancos, sin charlas pautadas, sin la rutina de pastillas y grupos y controles.

Cinco días para volver a probar el mundo.

No lo pedí yo.

Fue Silvia quien lo sugirió.

—Creo que puede hacerte bien —dijo—.

No como una recompensa.

Como una prueba de confianza.

Con eso me bastó.

---

Luna fue quien propuso el plan.

Ara, quien lo hizo posible.

Y yo…

yo dije que sí.

España.

Solo de pensarlo me daba vértigo.

Pero también ilusión.

Y eso ya era suficiente.

Ara nos iba a llevar a su casa de la infancia, en un pueblo cerca del mar.

Había organizado todo con una precisión que me dio risa: vuelos, habitaciones, mapas, hasta listas de canciones para el coche.

Luna estaba emocionada.

No lo decía mucho, pero se le notaba.

Y yo…

Yo estaba aterrada.

Pero también con una parte de mí que empezaba a querer vivir de verdad, no solo a sobrevivir por inercia.

---

Mientras doblaba mi ropa y metía las cosas en la mochila,

me temblaban un poco las manos.

Cada vez que ponía una prenda encima de otra,

me venía un pensamiento:

"¿Y si me pasa algo allá?

¿Y si recaigo?

¿Y si no estoy lista?"

Pero el miedo ya no grita tan fuerte.

Y por primera vez, no decide por mí.

Guardé la carta para mí misma entre las páginas de mi cuaderno.

Metí mis auriculares, mi libro a medio leer, el bálsamo de labios que me calma cuando me muerdo de más.

Y justo cuando terminé de cerrar la mochila,

sonó un mensaje en el móvil:

> "Estamos abajo. Te espera tu pasaporte a la libertad. Y un bocadillo de tortilla si te portas bien."

—Luna 💬

Reí sola.

Como hacía mucho no lo hacía.

De esa risa tonta, suave.

La que te recuerda que estás viva.

Me miré al espejo del baño antes de salir.

No era la misma.

No estaba curada.

Ni feliz todo el tiempo.

Ni segura de nada.

Pero estaba saliendo.

Por mí.

Nunca pensé que volvería a pisar un aeropuerto tan pronto.

Llevaba una chaqueta demasiado gruesa para el calor de la terminal y la boca seca del miedo.

Ara lo notó. Me pasó un chicle de menta y me susurró que si vomitaba, al menos fuera con buen aliento.

Reí. Le di un codazo.

Luna iba con la música puesta en los auriculares, pero observando todo a su alrededor con esos ojos suyos de escáner emocional.

Y claro, eso fue lo que captó la atención de uno de los azafatos.

Un tipo guapo, alto, con la sonrisa esa de manual y el uniforme perfectamente planchado.

Se acercó primero con profesionalismo… y luego con algo más.

—¿Primera vez en Madrid? —le dijo a Luna mientras nos revisaban las tarjetas de embarque.

—No —respondió ella sin levantar demasiado la vista.

—¿Y cuánto te quedas? —insistió.

Yo contenía la risa.

Ara, detrás de mí, apretaba los labios para no saltar.

—Lo justo para seguir mi camino —dijo Luna, en ese tono tan suyo que mezcla ironía con frialdad educada.

Cortó la conversación de raíz sin levantar la voz.

El azafato se alejó con una sonrisa incómoda.

Y nosotras estallamos en carcajadas en cuanto subimos al avión.

—Te juro que no sé cómo no le pusiste cara de “desaparece o te lanzo por la salida de emergencia” —dije, aún riéndome.



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En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

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