El paso que doy no es grande.
Pero se siente enorme.
Como si el suelo no estuviera del todo preparado para sostenerlo.
Ara no se mueve.
No se aparta.
No se acerca tampoco.
Solo me mira como si el hecho de que yo esté avanzando no fuera un milagro, pero sí algo que importa.
Y eso me descoloca más de lo que debería.
Porque en mi cabeza, cualquier cosa importante viene con consecuencias.
Siempre.
Me detengo a medio metro de ella.
No sé qué hacer con las manos.
Con la respiración.
Con la idea de estar aquí sin huir.
—Has salido —dice Ara.
No es una pregunta.
Asiento.
Siento el cuerpo raro, como si todavía estuviera dentro de la sala, pero al mismo tiempo no.
Como si no hubiera terminado de volver.
—Te he visto —añado, sin pensar.
Y en cuanto lo digo, me arrepiento un poco.
Porque suena demasiado directo.
Demasiado real.
Ara no cambia la expresión.
—Ya.
Silencio.
No incómodo.
Pero sí lleno.
De esos que parecen contener algo que todavía no tiene forma.
Me doy cuenta de que seguimos en el mismo sitio desde hace demasiado rato.
Sin escapar.
Sin avanzar.
Sin romper nada.
Eso, para mí, ya es raro.
—Podemos irnos —dice Ara al final.
No “tienes que”.
No “deberíamos”.
Solo “podemos”.
Como si fuera una opción que existe sin presión.
Asiento otra vez.
Empezamos a caminar.
No muy rápido.
No muy juntas.
Pero tampoco separadas.
Hay un espacio entre nosotras que no sé si es distancia o cuidado.
No estoy acostumbrada a ninguno de los dos.
El aire fuera es frío.
Me obliga a respirar más despacio.
O más consciente.
No sé.
—¿Qué te han dicho hoy? —pregunta Ara al cabo de un rato.
La pregunta no me sorprende.
Pero me pesa.
Porque no sé cómo resumir lo que no ha sido un resumen.
—Que no estoy rota —digo.
Ara ladea un poco la cabeza.
—¿Y eso te ha gustado?
Suelto una risa breve.
Sin humor.
—No lo sé.
—Suena a que no.
Asiento.
—Suena a que… si no estoy rota, entonces todo esto es culpa mía.
Lo digo sin querer.
Pero una vez fuera, ya no puedo recogerlo.
Ara no me corrige.
No me salva.
Eso es nuevo.
—¿Y lo es? —pregunta.
Me paro un segundo.
—No —respondo rápido.
Demasiado rápido.
Y luego bajo la mirada.
—Pero se siente así.
Ara no insiste.
Solo sigue caminando cuando yo vuelvo a hacerlo.
—A veces lo que sentimos no es una prueba —dice.
No sé qué responder.
Porque eso suena simple.
Y no lo es.
Llegamos a una esquina.
No sé cuánto hemos caminado.
Podrían haber sido minutos o demasiado tiempo.
El cuerpo no lo registra bien cuando la cabeza está ocupada.
Ara se detiene.
Yo también.
—¿Vas a estar bien? —pregunta.
Esa pregunta.
Otra vez.
No como diagnóstico.
No como advertencia.
Solo como cuidado.
Y eso me incomoda más que cualquier otra cosa.
Porque no sé cómo responder sin mentir.
—No lo sé —digo al final.
Honesta.
Ara asiente.
Como si eso también fuera una respuesta válida.
—Vale —dice.
Solo eso.
Vale.
Y no se va.
No se aleja.
No desaparece.
Se queda.
Y ese es el problema.
Porque mi cabeza empieza a buscar el final.
El momento en el que esto se rompe.
En el que ella se cansa.
En el que yo estropeo algo.
En el que todo vuelve a lo conocido.
Pero no llega.
Solo hay calle.
Frío.
Y silencio compartido.
—Puedes escribirme —dice Ara de repente.
No lo dice como exigencia.
Lo dice como algo que existe.
Una posibilidad.
Saco el móvil sin pensar demasiado.
Lo miro.
Como si no supiera usarlo.
Como si no fuera mío.
Ara no me mira hacerlo.
No me controla.
No me guía.
Solo espera.
Y eso me da más miedo del que debería.
Asiento.
No prometo nada.
No digo “sí seguro”.
Solo asiento.
Y por alguna razón, eso basta.
Nos quedamos un segundo más.
No hay despedida clara.
Solo un cambio de dirección.
Ara empieza a caminar hacia un lado.
Yo hacia otro.
Pero antes de separarnos del todo, me doy cuenta de algo.
No me he ido corriendo.
No he desaparecido.
No he roto el momento.
Solo me he quedado… hasta el final.
Y eso, para mí, ya es distinto.
Sigo caminando sola.
El aire parece más frío ahora.
O más vacío.
No lo sé.
Cuando llego a casa, todo está en su sitio.
Demasiado en su sitio.
Cierro la puerta.
Me quedo apoyada un segundo.
El móvil en la mano.
Sin abrir nada.
Sin escribir.
Solo mirando la pantalla como si fuera a decirme algo.
No lo hace.
Y entonces me doy cuenta de algo incómodo:
no quiero que este día termine todavía.
Pero tampoco sé cómo mantenerlo vivo.
Así que lo dejo ahí.
Sin moverlo.
Sin romperlo.
Solo existiendo.