No hay música de fondo.
Pero si la hubiera, sería baja.
Casi como un recuerdo.
El cielo no está especialmente bonito.
Ni especialmente gris.
Solo está.
Como yo.
Como nosotras.
Ara está a mi lado.
No demasiado cerca.
Pero tampoco lejos.
Ese punto exacto que ahora ya no se siente inestable.
Se siente elegido.
—Antes pensaba que todo esto iba a rompernos —dice ella.
No suena a miedo.
Suena a memoria.
Asiento.
—Yo también.
Silencio.
Pero no de los que empujan hacia dentro.
De los que dejan espacio hacia delante.
—¿Y ahora? —pregunta Ara.
Miro el suelo un segundo.
Luego el horizonte.
Y después a ella.
—Ahora pienso que no somos algo que tenga que sostenerse perfecto —digo.
Pausa.
—Solo algo que sigue.
Ara asiente despacio.
Como si esa respuesta encajara en algo que llevaba tiempo intentando entender.
El viento mueve su pelo.
No hay urgencia en nada.
Ni en nosotras.
Ni en el mundo.
—Mía —dice ella.
Y esta vez no hay nada roto en mi nombre.
Solo presencia.
—Dime.
Ara respira.
—Estoy aquí.
No como promesa.
No como salvación.
Como hecho.
Y yo asiento.
Porque ya no necesito más que eso.
Pero tampoco menos.
Nos quedamos así un rato largo.
Sin hablar.
Sin huir.
Sin buscar finales donde no los hay.
Y entonces, sin planearlo, apoyo mi cabeza en su hombro.
No es un gesto grande.
No es una decisión dramática.
Es algo que simplemente ocurre.
Y Ara no se tensa.
No duda.
Solo se queda.
Y por primera vez, no pienso en lo que podría romperse.
Pienso en lo que ya no necesito romper para seguir.
El mundo sigue.
Nosotras también.