Las heridas que no se ven

Capítulo 22: sostenerse

No todo mejora de golpe.

Eso es lo primero que me dice Luna cuando me ve.

Ni siquiera me saluda como si nada.

Solo me mira, como si ya hubiera leído algo en mí antes de que yo llegara.

—No tienes buena cara —dice.

Y lo dice sin dramatizarlo.

Sin miedo.

Como si fuera algo que se puede decir en voz alta sin romperme.

Eso, de alguna forma, me sostiene.

Nos sentamos en un banco cerca del parque.

El aire no es tan pesado como otros días.

O quizá soy yo.

No lo sé.

—Estoy mejor —digo.

Y esta vez no suena a mentira.

Pero tampoco suena a victoria.

Luna ladea la cabeza.

—Eso es distinto a “estoy bien”.

Asiento.

—Lo sé.

Silencio.

Pero no incómodo.

Con ella el silencio nunca lo es.

Es más bien… descanso.

—He estado pensando mucho —digo al final.

—Eso suele ser peligroso en ti —responde ella, ligera.

Suelto una risa pequeña.

Real.

No forzada.

Eso ya es nuevo.

—Sí —admito—. Pero esta vez… no ha sido todo malo.

Luna me mira de reojo.

—Explícate.

Me cuesta.

Porque no estoy acostumbrada a hablar de esto sin que duela.

—Sigo teniendo días raros —empiezo—. Sigo… enganchándome a cosas. A personas.

No digo su nombre.

Pero no hace falta.

Luna no lo necesita.

—Pero también hay días en los que no me hundo —añado.

Eso sí lo digo con más firmeza.

—Y cuando me hundo… no es igual.

Luna no interrumpe.

Solo escucha.

Como siempre.

—Es como si… —busco palabras— como si hubiera algo más alrededor ahora.

Algo que no es solo ella.

Algo que no es solo miedo.

Luna asiente despacio.

—Eso es lo que hace el resto de la gente —dice.

Y lo dice tan simple que casi me hace daño.

Porque para mí no ha sido nunca “lo que hace el resto de la gente”.

Ha sido otra cosa.

Más cerrada.

Más estrecha.

Más sola.

—Te estás alejando un poco de ese sitio —añade ella.

No pregunta si me asusta.

Porque ya lo sabe.

Y sí.

Me asusta.

Pero no como antes.

Ahora es distinto.

Más… desconocido.

La terapia ese día no empieza con preguntas.

Silvia —la terapeuta— me mira al entrar.

No dice “¿cómo estás?”

No dice “siéntate”.

Solo dice:

—Te noto más aquí.

No sé qué responder a eso.

Así que me siento.

Y eso ya es respuesta.

El silencio con ella no es vacío.

Es trabajo.

—He tenido una semana rara —digo al final.

Silvia asiente.

—Eso es buena señal.

Me frunzo un poco el ceño.

—¿Por qué?

—Porque ya no es todo igual.

Eso me deja quieta.

No lo había pensado así.

—He hablado más con Luna —añado.

—Eso es importante —dice ella.

No lo exagera.

No lo convierte en algo que no es.

Solo lo coloca en su sitio.

—Y he tenido momentos en los que… —me detengo— no he sentido que todo dependiera de una sola persona.

Silvia me observa con calma.

—¿Y cómo se siente eso?

Trago saliva.

—Inestable.

Honesta.

—Pero… menos cerrado.

Silvia asiente.

—Eso es recuperación, Mía.

No “curación”.

No “final”.

Solo eso.

Recuperación.

Y esa palabra se queda conmigo más tiempo del que esperaba.

Ara llega después.

No cambia todo.

Pero cambia algo.

La forma en la que me mira.

La forma en la que yo la busco.

Ya no es solo urgencia.

Es otra cosa mezclada.

Más consciente.

Más peligrosa en otro sentido.

Nos sentamos en el mismo sitio.

Pero algo ha cambiado entre nosotras.

No se ha roto la tensión.

Solo ha dejado de ser única.

—Has estado más ausente —dice ella.

No suena a reproche.

Suena a observación.

Asiento.

—He estado con Luna.

Silencio.

No incómodo.

Pero sí nuevo.

—Me alegro —dice Ara al final.

Y es sincero.

Eso lo noto.

Pero también noto otra cosa.

Que ya no soy el único lugar donde ella existe para mí.

Y eso la descoloca un poco.

Y me descoloca a mí también.

—Antes te buscaba todo el tiempo —digo sin pensar.

Ara me mira.

—Lo sé.

—Ya no es igual.

Otra vez silencio.

Esta vez más largo.

Más real.

—Eso no es malo —dice ella al final.

Y me suena demasiado parecido a lo que yo he estado aprendiendo a decirme.

No es malo.

Solo es distinto.

Esa noche, en casa, pongo música sin pensar.

Y aparece ella.

No fue real

No sé por qué la dejo.

Podría cambiarla.

Pero no lo hago.

La canción no me arrastra como antes.

No me hunde.

Solo está.

Como un recuerdo que ya no corta igual.

Y pienso en algo raro:

que quizá algunas cosas no desaparecen.

Solo dejan de doler de la misma forma.

Miro el móvil.

Hay mensajes de Ara.

Hay mensajes de Luna.

Y por primera vez no siento que tenga que elegir uno para poder respirar.

Solo… respondo.

Sin urgencia.

Sin miedo inmediato.

Sin esa sensación de caída libre constante.

Y mientras lo hago, entiendo algo pequeño.

No estoy bien todavía.

Pero ya no estoy exactamente donde estaba.

Y eso, por primera vez, no me asusta tanto.



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En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

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