No sé en qué momento exacto dejamos de hablar.
O quizá sí hablamos.
Pero ya no era lo importante.
El aire entre nosotras no estaba vacío.
Solo… distinto.
Más lento.
Más consciente.
Ara sigue cerca.
No demasiado.
Lo suficiente.
Y eso, en mí, ya no activa alarma.
Solo atención.
—Antes pensaba que esto iba a rompernos —dice ella en voz baja.
No pregunta.
Lo dice como si estuviera terminando una idea que llevaba mucho tiempo dentro.
Asiento.
—Yo también.
Silencio.
Pero no de esos que empujan hacia atrás.
De los que dejan espacio hacia delante.
—Ahora no lo siento así —añade Ara.
Me mira.
Y esta vez no esquiva.
No mide.
Solo está.
—Ahora siento que… si esto existe, no me está quitando nada de mí.
Trago saliva.
Porque esa frase encaja demasiado bien con todo lo que he aprendido últimamente.
—A mí tampoco —respondo.
Y es verdad.
Nos quedamos quietas.
Pero no tensas.
Hay algo nuevo en ese silencio.
Algo que no es miedo.
Ni urgencia.
Ni necesidad.
Es otra cosa.
Más simple.
Más peligrosa por lo desconocida.
Ara baja la mirada a nuestras manos.
Están cerca.
No se tocan aún.
Pero casi.
—Mía —dice.
Y mi nombre otra vez cambia de forma.
Más bajo.
Más íntimo.
—Dime.
Silencio corto.
Y luego:
—No quiero hacerlo mal contigo.
Esa frase me golpea suave.
Porque antes todo era “no perderte”.
“no romperlo”.
“no arruinarlo”.
Ahora es distinto.
—No hay una forma perfecta de hacerlo —respondo.
Pausa.
—Solo estar.
Ara asiente.
Como si eso fuera suficiente.
Pero no se mueve.
Y yo tampoco.
Hasta que lo hago.
No pienso demasiado.
No lo planeo.
Solo me acerco un poco.
Lo suficiente para que el espacio entre nosotras deje de ser “distancia”.
Ara no se aparta.
No se sorprende.
Solo respira un poco más lento.
—¿Puedo? —pregunta ella.
No sé exactamente a qué se refiere.
Pero sé la respuesta.
—Sí —digo.
Y entonces Ara se acerca.
No de golpe.
No como caída.
Como decisión.
El beso no es perfecto.
No es de película.
Es humano.
Lento.
Tímido al principio.
Como si ambas estuviéramos aprendiendo a no huir dentro del mismo gesto.
Y lo más extraño es que no siento vértigo.
No siento caída.
Siento presencia.
Cuando nos separamos un poco, no hay risa nerviosa.
No hay ruptura del momento.
Solo respiración compartida.
Ara me mira.
Y esta vez no hay miedo en sus ojos.
Solo algo muy parecido a alivio.
—Esto es nuevo —dice.
Asiento.
—Sí.
Pausa.
—Pero no malo.
Ara sonríe apenas.
Pequeño.
Real.
—No —dice—. No malo.
Nos quedamos así un rato más.
Sin necesidad de acelerar nada.
Sin necesidad de confirmar nada más.
Solo estando.
Y por primera vez, no siento que el amor sea algo que me arrastra.
Siento que es algo donde puedo quedarme sin perderme.