No me había dado cuenta de cuándo había empezado a contar.
No en números.
En minutos.
En señales.
En cosas pequeñas.
Cuánto tardaba en responder.
Cuánto tiempo pasaba sin mirarme.
Cuánto tardaba en aparecer en un pasillo que antes no esperaba con tanta atención.
Y lo peor es que no lo hacía de forma consciente.
Simplemente… ocurría.
Como respirar.
Como un hábito que no recuerdas haber aprendido.
El móvil estaba encima de la mesa.
Boca arriba.
Como si pudiera cambiar algo solo por estar visible.
No lo tocaba.
Pero lo miraba.
Demasiado.
Ara no había respondido aún.
No hacía tanto.
Pero en mi cabeza ya era demasiado.
El día se estaba volviendo raro sin que pasara nada raro.
Esa era la parte más inquietante.
Nada externo estaba mal.
Pero yo sí.
Me senté.
Me levanté.
Volví a sentarme.
El cuerpo no encontraba un sitio.
Y el pensamiento sí encontraba todos.
¿Y si hoy no viene?
¿Y si cambia de idea?
¿Y si ayer fue el último día en que fue fácil?
No era lógico.
Pero tampoco era nuevo.
Solo que ahora tenía un nombre distinto dentro de mí.
No soledad.
Algo más afilado.
Más específico.
Ansiedad.
El mensaje llegó cuando ya había dejado de mirar el móvil durante exactamente dos minutos.
Como si lo supiera.
“Hoy llego un poco más tarde.”
Lo leí una vez.
Luego otra.
Y otra.
“Un poco más tarde” no es una hora.
No es un límite.
No es algo que pueda agarrar.
Es espacio.
Y el espacio, ahora mismo, no me sienta bien.
No respondí.
Me quedé mirando la pantalla.
Como si contestar pudiera hacer que el tiempo cambiara.
Pero no lo hizo.
Así que esperé.
Y esperar empezó a parecerse demasiado a otra cosa.
A necesitar.
Llegué antes.
Otra vez.
No porque lo decidiera.
Sino porque no supe hacer otra cosa.
El pasillo estaba vacío cuando entré.
Demasiado vacío.
El mismo banco.
La misma pared.
Pero sin ella, el lugar no era el mismo.
Y eso me molestó más de lo que quería admitir.
Porque significaba algo incómodo:
que no era el sitio.
era ella.
Me senté.
Primero normal.
Luego más al borde.
Luego me levanté.
Volví a sentarme.
Miré la puerta.
Nada.
El reloj del móvil.
Nada.
El sonido de otros pasos en el pasillo me hizo girarme dos veces.
Ninguno era el suyo.
Y cada vez que no era ella, algo dentro se tensaba un poco más.
No era dramatismo.
Era físico.
Como si el cuerpo no entendiera que “más tarde” sigue siendo “va a venir”.
La terapeuta aún no había llegado.
Eso tampoco ayudaba.
Porque sin sesiones, sin Ara, sin estructura… el tiempo se volvía demasiado libre.
Y yo no sabía qué hacer con él.
Me encontré abriendo el chat.
Sin intención clara.
Solo mirando.
Su nombre.
La conversación.
El último mensaje.
El cursor parpadeando otra vez.
Como ayer.
Como siempre.
Escribí:
“¿Dónde estás?”
Lo borré antes de enviarlo.
Respiré.
Otro intento.
“¿Vienes?”
Borré.
El corazón me iba demasiado rápido para algo que no estaba pasando.
Y aun así lo sentía como si sí.
Guardé el móvil.
Lo dejé boca abajo.
Como si así pudiera controlarlo.
Pero no funcionó.
Volví a girarlo.
Otra vez.
Y entonces me di cuenta de algo que no me gustó nada:
no estaba esperando su llegada.
estaba intentando evitar su ausencia.
La puerta del pasillo se abrió.
Me levanté demasiado rápido.
Demasiado evidente.
Ara apareció.
No corriendo.
No tarde de golpe.
Solo… entrando.
Como si nada hubiera pasado.
Como si yo no hubiera estado aquí desarmándome por dentro.
—Hola —dijo.
Normal.
Simple.
Viva.
Yo no respondí de inmediato.
Porque el cuerpo estaba tardando en volver a estabilizarse.
—Has venido —dije al fin.
Y me sonó mal.
Como acusación.
Ara me miró un segundo más largo de lo habitual.
—Te dije que venía.
Asentí.
Sí.
Lo sé.
Pero no es eso.
No es eso lo que me estaba pasando.
Nos sentamos.
El suelo otra vez.
El sitio otra vez.
Pero hoy no era igual.
Hoy yo no estaba igual.
Y eso lo cambiaba todo.
—Estabas rara por mensaje —dijo Ara.
Me tensé.
—No.
Mentira.
Pequeña.
Instintiva.
Ara no insistió.
Pero tampoco lo dejó pasar del todo.
—Mía —dijo solo.
Y ese tono fue suficiente.
Tragué saliva.
—Es que… no sabía cuándo venías.
Lo dije rápido.
Como si así fuera menos importante.
Ara me observó.
Sin juicio.
Sin suavizarlo demasiado.
—Te dije que más tarde.
Asentí.
—Ya.
Silencio.
Pero no se resolvía.
Porque no era un problema de información.
Era otra cosa.
—No me gusta cuando no sé —añadí más bajo.
Ara no respondió de inmediato.
Y ese espacio vacío fue suficiente para que todo lo demás creciera.
—¿Qué pasa cuando no sabes? —preguntó al fin.
Me costó mirarla.
—Me quedo esperando.
La frase salió simple.
Pero no lo era.
Ara apoyó los codos en las rodillas.
—Eso no es malo.
Negué con la cabeza.
—Sí lo es.
Porque no es solo esperar.
Es otra cosa.
Pero no la digo aún.
No sé si puedo.
—Siento que… —me detengo.
Porque si lo digo, se vuelve real.
Pero ya lo es.
—Siento que si no estás, algo se rompe.
Silencio.
Ahora sí.
Denso.