Las heridas que no se ven

Capítulo 13: las cosas que sostienen

Han pasado cuatro días.

No he vuelto a hablar en grupo.

Ni a llorar delante de nadie.

Pero me dejo abrazar cuando Inés me lo ofrece.

Y eso ya es algo.

Hoy me desperté antes del desayuno.

Sin pesadillas.

Sin nudos en la garganta.

Solo con ese vacío que ya conozco demasiado bien.

Ese que no asusta, pero cansa.

Encontré un sobre en la repisa, junto a mi pastillero.

Sin nombre.

Sin remitente.

Solo un pequeño dibujo en la esquina: una luna dibujada a lápiz.

La reconocí al instante.

Luna tiene esa forma de trazar curvas como si estuviera tocando la piel de alguien.

Me encerré en el baño.

No porque fuera un secreto.

Sino porque necesitaba leerla sola.

Con las manos temblando.

Con el corazón tenso.

---

“Mía,

No sé si esto te llega un buen día, o uno de esos en los que respirar duele más de la cuenta.

No sé si quieres saber de mí, si me odias un poco, o si no tienes fuerzas para contestar.

Y está bien. No escribo para que respondas. Escribo porque quiero quedarme, incluso cuando no me ves.”

“Hay cosas de ti que me asustan.

No porque seas peligrosa.

Sino porque te pareces demasiado a mí cuando tenía miedo de vivir.”

“Nunca supe cómo acompañar a alguien que sangra sin que se le note.

Pero contigo quiero aprender.”

“El otro día soñé que te reías.

No como cuando finges que estás bien,

sino de esa forma tuya, torpe y ruidosa,

como si el mundo te olvidara por un segundo.”

“A veces me pregunto si recuerdas todo lo que has sobrevivido.

Porque yo sí.”

“Y aunque no sepas todavía cómo quererte,

yo sí quiero hacerlo.

A mi manera.

Sin urgencias.

Sin exigir nada que no puedas dar.”

“Solo quería que lo supieras.”

“Aquí sigo.”

“Luna.”

---

Cuando terminé, me di cuenta de que tenía las mejillas mojadas.

Pero no era esa clase de llanto que te aplasta.

Era distinto.

Más tibio.

Como si alguien, desde algún lugar, me hubiera tejido una mantita diminuta solo con palabras.

Salí del baño.

Me miré en el espejo del pasillo.

Y no me odié.

No me amé tampoco.

Pero por primera vez, en mucho tiempo, no sentí vergüenza de estar viva.

Inés me encontró en la sala común.

Estaba escribiendo.

Nada importante.

Solo un par de frases.

Solo para mí.

—¿Te apetece salir un rato? —preguntó.

Asentí.

Y esta vez, era verdad.

Nos sentamos en el banco de siempre.

Ese que da justo al muro con las bugambilias secas.

Hacía calor.

Pero no molestaba.

Era un calor suave.

De esos que no queman, solo acompañan.

Inés no dijo nada al principio.

Solo me pasó una botella de agua y cruzó las piernas como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Y tal vez, por un momento, lo teníamos.

—¿Quieres hablar? —preguntó al cabo de un rato.

—No lo sé.

—Vale.

—Pero sí quiero estar aquí.

—También vale.

Nos quedamos así.

Mirando las plantas que no terminaban de morir.

Que se aferraban, aunque nadie las regara.

—Hoy leí una carta —dije al fin.

—¿De Luna?

Asentí.

—Me hizo llorar. Pero… no me rompió.

—¿Y qué te hizo sentir?

—Como si no tuviera que demostrar nada para que alguien se quedara.

Inés sonrió.

Una de esas sonrisas que no celebran, pero sostienen.

—Eso que sientes se llama vínculo, Mía.

—¿Y si no sé qué hacer con eso?

—Entonces no hagas nada.

Solo quédate.

Y deja que te quieran un rato.

Me apoyé hacia atrás.

Cerré los ojos.

Escuché el murmullo de otras voces al fondo, el canto de un pájaro que no vi, el crujido leve del banco bajo nuestro peso.

Y por un instante, no pensé en Rocky.

Ni en lo que perdí.

Solo en lo que podría quedarse.

—Inés…

—¿Sí?

—¿Crees que algún día va a dejar de doler?

Ella no respondió de inmediato.

Y lo agradecí.

Las respuestas lentas son las que duelen menos.

—Creo que hay dolores que no se van,

pero dejan de doler igual.

Porque aprendes a vivir alrededor de ellos.

Me quedé en silencio.

Pero algo dentro de mí se aflojó.

Como un hilo demasiado tenso que, al fin, encuentra la forma de no romperse.

---

Volví a mi habitación justo antes de la cena.

La carta seguía donde la había dejado.

Arrugada.

Pero intacta.

Encendí el móvil.

Lo tuve entre las manos unos minutos.

No era tarde.

Tampoco temprano.

Simplemente… era el momento.

Busqué su nombre.

Luna 🌙

Marqué.

—¿Mía? —respondió con voz temblorosa.

—Sí.

—¿Estás bien?

—No lo sé.

Pero estoy aquí.

Escuché cómo contenía el aliento.

Y luego, una risa entrecortada.

Como si no supiera si llorar o celebrar.

Y yo, sin quererlo, sonreí.

—Gracias por quedarte —le dije.

—Siempre —respondió—. Aunque no me veas.

Y por primera vez en muchos días,

no sentí miedo de cerrar los ojos.



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En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

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