Las heridas que no se ven

Capítulo 17:  no se dice

No me muevo lo suficientemente rápido como para que parezca natural.
Ni lo suficientemente lento como para poder dar la vuelta y fingir que no la he visto.

Ara sigue ahí.

Apoyada contra la pared del pasillo, con esa forma suya de estar quieta que no parece espera, pero lo es. Como si el tiempo no le molestara. Como si supiera que, tarde o temprano, yo iba a salir.

Trago saliva.

El cuerpo todavía está raro después de la sesión. Como si algo dentro hubiera quedado abierto y el aire entrara distinto.

Doy un paso.

Luego otro.

No pienso demasiado, porque si pienso demasiado, me quedo donde estoy.

Ara me mira cuando me acerco. No sonríe de inmediato. No hace ese gesto fácil que la gente hace cuando quiere aliviar algo.

Solo está.

—Hola —dice.

Su voz no empuja.

No exige.

Y eso, de alguna forma, es lo que más me desarma.

—Hola —respondo.

Silencio.

Uno de esos silencios que no incomodan, pero pesan.

Me cuesta sostenerle la mirada.

Porque ahora sé lo que he dicho ahí dentro. Lo que he dejado caer. Lo que no puedo recoger como si nada.

—¿Has terminado? —pregunta.

Asiento.

No digo “bien” porque no sé si ha sido bien. No digo “mal” porque tampoco ha sido eso.

Solo… ha sido.

Ara se aparta un poco de la pared.

—Te estaba esperando.

La frase debería sonar normal. Lo es.

Pero en mí no lo es.

Porque nadie espera sin pedir algo a cambio.

O eso he aprendido.

—No hacía falta —digo, casi automático.

Y en cuanto lo digo, me arrepiento.

Ara ladea la cabeza.

—Ya.

No suena ofendida.

Solo… como si entendiera algo que yo todavía estoy intentando ordenar.

Caminamos.

No sé en qué momento empezamos a hacerlo juntas, pero el pasillo se queda atrás.

El edificio también.

El aire de fuera es distinto. Más frío. Más real.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta.

Esa pregunta.

Otra de esas preguntas que parecen sencillas y no lo son.

Abro la boca para responder con algo vacío. “Bien”. “Normal”. “Como siempre”.

Pero no sale.

Y eso ya es nuevo.

—He hablado —digo al final.

Ara no me interrumpe.

—De cosas que no sabía que podía decir en voz alta.

Siento cómo me tiembla un poco el pecho al admitirlo.

Como si decirlo lo hiciera más verdadero.

—Eso suena… importante —dice ella.

No dice “bien”.

No dice “qué valiente”.

No lo convierte en algo grande que me obligue a sostenerlo.

Solo lo deja ahí.

Importante.

Y eso es suficiente.

Caminamos un poco más.

Mis manos están frías.

Las meto en los bolsillos.

—Me ha dicho que no estoy rota —suelto, sin mirarla.

Lo digo como si todavía no lo creyera del todo.

Ara tarda un segundo.

—¿Y tú qué piensas?

La pregunta me frena un poco por dentro.

Porque no es la que esperaba.

No es “qué te han dicho”.

Es “qué piensas tú”.

—No lo sé —respondo.

Honesta.

Cansada de intentar responder bien.

—Creo que… he pasado mucho tiempo creyendo que sí.

Ara asiente, despacio.

Como si eso tuviera sentido.

Como si no necesitara más explicación.

El viento mueve un poco su pelo.

No me mira de forma intensa. No intenta atravesarme.

Solo está conmigo en esto.

Y eso, otra vez, me descoloca.

—Hoy te he visto salir —dice entonces.

Me tenso un poco.

—No ha sido nada.

Ara niega suavemente.

—Sí lo ha sido.

Silencio.

Siento ganas de cambiar de tema. De escaparme de mí misma un segundo.

Pero no lo hago.

—Me ha dado miedo —confieso.

La palabra cae entre las dos como algo pesado.

Ara no pregunta “por qué”.

Solo pregunta:

—¿Miedo a qué?

Y ahí se abre todo.

Podría mentir.

Podría irme.

Podría reducirlo a algo pequeño.

Pero hoy no.

—A acostumbrarme —digo.

Respiro.

—A que estés… y luego no estés.

Ara no responde enseguida.

No rellena el hueco.

No lo tapa.

—Eso no es algo que puedas controlar —dice al fin.

Y no lo dice como reproche.

Lo dice como hecho.

Eso me molesta un poco.

Porque tiene razón.

—Ya lo sé —respondo más seco de lo que quería.

Ara no se encoge.

No se aleja.

—Pero puedes elegir qué haces con eso —añade.

Me paro.

Literalmente.

El cuerpo se detiene antes que la cabeza.

—No lo entiendes —digo, más bajo.

Y ahora sí.

Ahora se nota lo que llevo dentro.

—Si te dejo entrar… si te dejo quedarte… si empiezo a creer que no te vas a ir…

Trago saliva.

—Entonces va a doler más cuando lo hagas.

Ara me mira.

Esta vez no esquiva.

No suaviza.

—Sí —dice.

Solo eso.

Sí.

Y no intenta arreglarlo.

El silencio que sigue es distinto al de la sesión.

Este tiene aire frío.

Real.

—No voy a prometerte que no me iré nunca —añade.

Asiento sin mirarla.

Porque eso ya lo sabía.

—Pero sí puedo decirte que ahora estoy aquí.

Me quedo quieta.

No sé qué hacer con eso.

Porque mi cabeza busca la trampa. El giro. La parte donde todo cambia y se rompe.

Pero no llega.

Solo está su voz.

Y el hecho de que no se va.

—Eso no es suficiente —susurro.

Y no sé si lo digo para ella o para mí.

Ara da un paso más cerca.

No invade.

Pero reduce la distancia.

—Puede que no lo sea para siempre —dice—. Pero hoy sí.

Hoy.

Esa palabra se queda flotando.

No arregla nada.

Pero tampoco rompe nada.

Solo existe.

Y por primera vez no la rechazo del todo.

Seguimos caminando.

No sé cuánto tiempo.

No hablamos mucho más.

Pero no hace falta.

Porque algo ha cambiado de forma mínima, casi invisible.



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En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

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