No dormí bien.
No fue una mala noche como las otras.
Fue distinta.
Como si mi cabeza no hubiera sabido cerrar algo que se había quedado entreabierto.
Me desperté varias veces sin motivo claro.
Solo esa sensación de que había algo ocurriendo incluso en silencio.
Y lo primero que pensé no fue en la comida.
Ni en el día.
Fue en ella.
Eso me irritó un poco.
Porque no debería ser lo primero.
Porque no debería ser tan automático.
Pero lo fue.
Me quedé mirando el techo un rato.
Sin moverme.
Intentando convencerme de que no era importante.
Que ayer había sido solo un momento.
Solo una conversación.
Solo un tramo de calle.
Pero el cuerpo no estaba de acuerdo.
Y eso era lo peor.
Porque el cuerpo no discute.
Solo siente.
Me levanté tarde.
No porque quisiera dormir más.
Sino porque no quería empezar el día todavía.
En la cocina todo estaba en su sitio.
Demasiado en su sitio.
El silencio también.
Abrí un armario sin pensar.
Lo cerré.
Lo volví a abrir.
Nada tenía sentido, pero todo parecía normal desde fuera.
Y eso era lo más extraño.
Como si la vida siguiera igual aunque dentro algo estuviera moviéndose.
Me apoyé en la encimera.
Respiré.
Una vez.
Otra.
Y pensé en lo que dijo la terapeuta.
“Tu cuerpo aún no lo sabe del todo.”
Tenía razón.
Porque mi cabeza ya había entendido cosas.
Pero el cuerpo seguía en otro idioma.
El móvil vibró.
Me tensé sin querer.
Miré la pantalla.
Ara.
Solo un mensaje.
“¿Hoy también vienes?”
Lo leí tres veces.
No decía “tenemos que vernos”.
No decía “responde”.
No decía nada que me empujara.
Pero estaba ahí.
Esperando espacio.
Y eso era peligroso.
Porque lo fácil habría sido no responder.
Desaparecer un día.
Volver a lo de antes.
A lo seguro.
A lo conocido.
Pero mis dedos no hicieron eso.
“Sí.”
Lo envié sin adornarlo.
Sin explicarlo.
Sin pensarlo demasiado.
Y en cuanto lo hice, me quedé quieta.
Como si hubiera cruzado algo invisible.
El resto del día pasó lento.
Demasiado lento.
Las horas no avanzaban.
Solo se acumulaban.
Como si el tiempo también estuviera dudando.
Cuando salí, el aire estaba más frío de lo que esperaba.
O quizá era yo.
No sé.
Llegué antes de lo habitual.
Sin planearlo.
Sin quererlo del todo.
El pasillo del centro tenía ese mismo olor de siempre.
Desinfectante suave.
Madera antigua.
Y algo que no sé nombrar.
Me detuve antes de entrar a la sala.
Por reflejo.
Como si el cuerpo esperara permiso.
Y entonces la vi.
Ara estaba sentada en el suelo del pasillo.
No apoyada.
No de pie.
Sentada.
Con la espalda contra la pared.
Los brazos alrededor de las rodillas.
Mirando al frente.
Como si no estuviera esperando a nadie en concreto.
Solo estando.
Cuando me vio, no se levantó de golpe.
No sonrió como si todo fuera fácil.
Solo inclinó un poco la cabeza.
—Has venido —dijo.
No había sorpresa.
Solo constatación.
Me acerqué despacio.
Otra vez ese paso que no sé si es mío o de algo más antiguo.
—He venido —repetí.
Ara asintió.
Como si eso fuera suficiente.
Y quizá lo era.
Nos quedamos en silencio.
Otra vez ese tipo de silencio nuevo.
El que ya no pesa igual.
El que todavía asusta, pero no empuja a huir.
—Hoy estás más callada —dijo ella.
No era una crítica.
Solo una observación.
Me encogí de hombros.
—No sé qué decir.
Ara apoyó la cabeza en la pared.
—No tienes que decir mucho.
Eso debería haberme molestado.
Pero no lo hizo.
Me senté frente a ella, sin pensarlo demasiado.
El suelo estaba frío.
Real.
—Me cuesta entender esto —dije al fin.
Ara me miró.
—¿El qué?
Tragué saliva.
—Que estés… sin pedir nada.
Que no te vayas cuando no sé estar bien.
Que no te asuste.
Ara tardó un segundo.
—Me asusto —dijo.
Directo.
Sin suavizarlo.
Eso me pilló desprevenida.
—Pero no me voy.
Silencio.
Siento algo moverse en el pecho.
Pequeño.
Inestable.
—Eso no es normal —susurré.
Ara soltó una risa leve.
Casi invisible.
—Quizá lo que te han hecho creer es que sí lo es.
No supe responder a eso.
Porque no había defensa fácil.
Ni contra eso.
Nos quedamos así.
Sin más.
El tiempo otra vez haciendo lo suyo raro.
Hasta que la puerta de la sala se abrió.
La terapeuta asomó.
Nos miró.
A las dos.
Y no dijo nada durante un segundo largo.
Luego solo:
—Mía, cuando quieras.
Me levanté.
Pero antes de entrar, miré a Ara.
Ella no dijo nada.
Solo estaba.
Y eso, otra vez, fue lo que más me sostuvo.
Entré.
La puerta se cerró detrás de mí.
Y por primera vez no sentí que dejaba algo atrás.
Sentí que lo llevaba conmigo.