Las heridas que no se ven

Capítulo 20:  el silencio se vuelve necesidad

No le escribí esa noche.

Pero miré el móvil demasiado.

Eso no cuenta como nada… pero tampoco es inocente.

Lo dejaba boca abajo.

Lo volvía a girar.

Lo desbloqueaba sin intención real de hacer nada.

Solo para ver su nombre donde podía aparecer.

Como si eso ya fuera suficiente.

Como si el simple hecho de que existiera una conversación posible me mantuviera en una especie de equilibrio extraño.

No dormí bien otra vez.

Pero esta vez no era inquietud.

Era espera.

Y no sé cuál de las dos cosas es peor.

Por la mañana, hice algo que no planifiqué.

Abrí el chat.

Su nombre.

Su última conexión.

El cursor parpadeando como si me estuviera desafiando.

“Hola”

Borré.

Escribí otra cosa.

“¿Estás?”

Borré.

Respiré hondo.

Y al final escribí algo más pequeño.

“¿Vienes hoy?”

Lo envié.

Y en cuanto lo hice, me arrepentí.

No porque fuera mentira.

Sino porque ya había cruzado una línea que no sabía nombrar.

Pasaron minutos.

No muchos.

Pero suficientes para que mi cabeza empezara a inventar escenarios.

Uno.

Otro.

Otro más.

Hasta que el teléfono vibró.

“Sí”

Solo eso.

Sí.

Y sentí algo en el pecho que no supe si era alivio o dependencia disfrazada.

Me vestí rápido.

Demasiado rápido.

Como si el tiempo pudiera cambiar algo.

Como si llegar antes significara algo más que estar antes.

Cuando llegué al centro, Ara no estaba fuera.

La busqué con la mirada antes incluso de entrar.

Eso fue nuevo.

Eso fue peligroso.

Porque ya no era solo “la veré”.

Era “necesito verla”.

La vi dentro del pasillo.

De pie.

Apoyada en la pared.

Como siempre.

Pero hoy no era como siempre.

Hoy mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Más rápido.

Más intenso.

Como si algo dentro dijera: por fin.

Ara levantó la vista cuando me vio.

—Has venido pronto —dijo.

Asentí.

No podía explicarlo sin sonar demasiado.

Nos quedamos ahí.

Más cerca de lo habitual.

Demasiado cerca de lo habitual.

Y aun así no suficiente.

—No sabía si ibas a venir —dije.

Y lo odié en cuanto salió.

Porque no era verdad del todo.

Era miedo.

Ara ladeó la cabeza.

—Te dije que sí.

—Ya —susurré.

Pero no es eso.

No es eso lo que quiero decir.

Es otra cosa.

Algo más feo.

Más real.

Entramos juntos.

La terapeuta aún no estaba.

O eso parecía.

El pasillo estaba vacío.

Y ese vacío me incomodó más que otras veces.

Porque no había nada entre Ara y yo.

Solo espacio.

Y el espacio ahora me pesaba.

Nos sentamos en el suelo.

Otra vez.

Pero hoy no era igual.

Hoy no era calma.

Hoy era tensión silenciosa.

—¿Estás bien? —preguntó Ara.

La pregunta me golpeó raro.

Porque no sabía qué respuesta era la correcta.

—Contigo sí —dije sin pensar.

Y en cuanto lo dije, me quedé helada.

Ara no reaccionó de inmediato.

No sonrió.

No se acercó.

Solo me miró.

Y ese silencio fue distinto.

Más serio.

—Mía… —empezó.

Pero no terminó la frase.

Y eso fue peor.

Porque me dejó sola con lo que acababa de decir.

Me llevé las manos a las rodillas.

—No lo sé —añadí rápido—. No quería decirlo así.

Ara no apartó la mirada.

—Pero lo has dicho.

Asentí.

Porque era cierto.

El aire cambió.

No mucho.

Pero lo suficiente.

—No puedes hacer eso —dijo ella al fin.

Su voz no era dura.

Pero sí firme.

Y eso me descolocó.

—¿El qué?

—Ponerme a mí como condición para estar bien.

Silencio.

Me dolió más de lo que esperaba.

Porque no lo había visto así.

O no quería verlo.

—No lo he hecho a propósito —susurré.

Ara bajó un poco la mirada.

—Ya lo sé.

Pero sigue siendo lo que ha pasado.

Sentí algo incómodo en el pecho.

No rabia.

No tristeza.

Algo peor.

Necesidad.

—Es que… —me costó hablar— cuando estás tú es más fácil.

Ara respiró hondo.

—Eso no es lo mismo que estar bien.

Lo sé.

Lo sé.

Pero no puedo deshacer lo que siento.

—No quiero que te alejes —dije más bajo.

Y ahí estaba.

Sin filtro.

Sin defensa.

Ara se quedó en silencio unos segundos largos.

Y luego:

—No voy a dejar de estar contigo porque te cueste estar bien.

Eso debería haberme calmado.

Pero no lo hizo del todo.

Porque mi cabeza no escuchó la primera parte.

Solo escuchó la posibilidad de la segunda.

“dejar de estar contigo”.

Y eso fue suficiente para que el miedo se instalara.

La puerta se abrió.

La terapeuta entró.

Nos miró a las dos.

Y por un segundo su expresión cambió.

No mucho.

Solo lo suficiente para notar que había visto algo que no estaba antes.

—Mía —dijo.

Y yo me levanté.

Pero antes de entrar, miré a Ara.

Como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Que no se había ido.

Que no iba a desaparecer mientras yo cruzaba esa puerta.

Ara no dijo nada.

Pero no se movió.

Y eso, en lugar de calmarme, me atrapó más.

Porque ya no era solo alguien que estaba.

Era alguien que podía irse.

Y yo ya lo había sentido.



#133 en Joven Adulto
#907 en Otros
#13 en No ficción

En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.