Hay cosas que no vuelven a ser como antes.
Y otras que sí vuelven.
Pero distintas.
Más suaves.
Más conscientes.
Hoy no pienso en si estoy bien.
Eso ya no es una pregunta constante.
Hoy simplemente… estoy.
Y eso, hace un tiempo, habría sido impensable.
Luna me abraza antes de decir nada.
Un abrazo de esos que no piden permiso a la cabeza.
Solo llegan.
Y yo lo dejo pasar sin tensión.
Sin esa incomodidad antigua.
—Estás más tú —dice ella cuando se separa.
Suelto una risa pequeña.
—Eso es una frase peligrosa.
—Ya —responde Luna—. Pero es verdad.
Nos sentamos en el suelo, como tantas veces antes.
Pero hoy no hay peso.
Hay historia.
Y algo más ligero entre todo eso.
—He estado pensando en todo lo que ha pasado —digo.
Luna me mira, en silencio.
—Y creo que… no era solo dolor.
Pausa.
—Era también la forma en la que intentaba no sentir nada peor.
Luna asiente despacio.
—Eso tiene sentido en ti.
No lo dice como diagnóstico.
Lo dice como comprensión.
Y eso cambia todo.
—Ya no necesito estar en ese sitio —añado.
—¿En cuál?
—En el que todo era demasiado o nada.
Luna sonríe un poco.
—Bienvenida al medio.
Esa palabra.
El medio.
No perfecto.
No extremo.
Solo vida.
Cuando salgo más tarde, el aire está frío.
Pero no me pesa.
Camino sin prisa.
Sin revisar el móvil.
Sin anticipar nada.
Solo caminando.
Ara me espera en el mismo sitio de siempre.
Pero yo ya no llego igual.
No corro.
No busco.
Solo llego.
Ella levanta la mirada cuando me ve.
Y no hay urgencia en su gesto.
Ni en el mío.
Nos encontramos en ese punto que ya no es caída.
—Hola —dice.
—Hola —respondo.
Y ya.
No hace falta más.
Nos quedamos un momento en silencio.
Pero es un silencio distinto a todos los anteriores.
No lleno de miedo.
No lleno de necesidad.
Solo lleno de presencia.
—Hoy he pensado en ti —dice Ara.
No suena a dependencia.
Suena a vida.
Asiento.
—Yo también.
Nos miramos.
Y no hay esa tensión de antes.
La de “si esto se rompe”.
La de “si esto se va”.
Porque ya no estamos ahí.
—¿Te acuerdas de cómo era todo al principio? —pregunta ella.
No hace falta decir cuándo.
Lo sabemos.
Asiento.
—Sí.
Pausa.
—Ya no se siente como nosotros.
Ara sonríe apenas.
—No.
Silencio.
Pero uno bueno.
Uno que sostiene.
Nos sentamos.
Más cerca que antes.
Pero no pegadas.
No fusionadas.
Solo cerca.
—No fue fácil —digo en voz baja.
Ara niega.
—No.
Pausa.
—Pero no todo lo difícil era malo.
Esa frase se queda entre nosotras.
Sin necesidad de arreglarla.
El viento mueve un poco el aire.
Y por primera vez no siento que el mundo me empuje hacia algo.
Solo que está.
Ara busca mi mano.
Sin duda.
Sin miedo.
Y la toma.
Y yo no me tenso.
No huyo.
No me pierdo.
Solo la dejo quedarse.
—No sé qué somos ahora —dice ella.
La miro.
Y esta vez no necesito una definición urgente.
—Somos esto —respondo.
Pausa.
—Y ya está bien.
Ara asiente.
Y sonríe.
Pequeño.
Real.
Más tarde, cuando camino sola un tramo corto, me doy cuenta de algo.
No estoy intentando sostenerme en una sola cosa.
No en Ara.
No en Luna.
No en la idea de estar bien.
Solo estoy… en medio de todo eso.
Y no me caigo.
El recuerdo de Eren sigue ahí.
No ha desaparecido.
Pero ya no lo llena todo.
Ya no es el lugar desde el que vivo.
Es parte de la historia.
No la historia entera.
Cuando llego a casa, no me siento vacía.
Tampoco completa.
Solo… aquí.
Y por primera vez, eso no me da miedo.
Y entiendo algo muy simple.
No he vuelto a ser quien era.
No he perdido quién era.
Solo he aprendido a quedarme.