La casa de Ara es vieja, pero acogedora.
Llena de esquinas con historias, fotografías que no conozco y ese olor a madera y pan tostado que solo tienen las casas que han sido habitadas con amor.
Estamos en el salón.
Ella ha puesto música bajita —una lista de cantautoras que no conozco pero que parecen entender lo que siento sin haberme preguntado.
Luna duerme en una colchoneta, agotada del viaje.
Y nosotras dos compartimos una manta en el sofá, sin hablar mucho.
Ara tiene los pies fríos.
Se los mete debajo de mis piernas y sonríe.
—No pienses que es una señal de amor. Es pura supervivencia —dice.
—Ya, claro —respondo, sonriendo también.
Pero mi cuerpo no está en modo defensa.
Está curioso.
Quieto.
A la espera.
Pasamos un rato viendo una película.
Pero yo no presto mucha atención.
Estoy demasiado centrada en el roce leve de su pierna contra la mía.
En la forma en que me habla con los ojos.
En lo bien que me siento sin hacer nada.
Y eso me da miedo.
Porque no lo reconozco.
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De pronto, algo en su expresión cambia.
—¿Te has dado cuenta de que es la primera vez que salimos juntas, solo nosotras dos, en un lugar que no es un hospital?
Asiento.
Y luego lo suelto.
—Contigo no tengo miedo.
Y eso…
no sé si me gusta o me asusta más.
Ella baja la mirada.
Y no responde.
Solo apoya su cabeza en mi hombro.
Y se queda ahí.
Sin pedir más.
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Y es entonces cuando me viene el recuerdo.
Uno nítido, con olor a cloro y lágrimas.
Tendría catorce años.
Había ido a casa de Rocky, como tantas veces.
Dijo que íbamos a ver una peli.
Me había puesto una sudadera suya, me hacía ilusión.
Él me tocó.
Y yo no dije que no.
Pero tampoco quería que pasara.
Solo quería que me mirara sin romperme.
Cuando salí de allí, me senté en una plaza vacía durante horas.
No tenía a quién llamar.
No sabía cómo contar algo que ni siquiera entendía.
Lo único que supe fue que mi cuerpo no me pertenecía.
Que estaba disponible para lo que otros quisieran.
Que yo no era una persona a la que se abrazaba sin intención.
Y ahora…
ahora Ara me abraza así.
Sin exigencia.
Sin prisa.
Sin manos que roban.
Solo… estar.
Y me doy cuenta de algo tan simple que duele:
Esto nunca me había pasado.
Y eso cambia todo.
La película había terminado.
Luna seguía dormida, profundamente.
Y la casa estaba en ese estado raro de silencio nocturno con olor a manta usada y piel tranquila.
Ara seguía pegada a mí.
Cabeza en mi hombro.
Respiración suave, igual de acompasada que la mía.
Nos habíamos acomodado sin darnos cuenta:
yo con el brazo alrededor de su espalda,
ella con los dedos rozando el borde de mi camiseta, distraídamente.
Parecía que ninguna tenía prisa por hablar.
Pero yo…
yo tenía preguntas ardiendo.
Y miedo.
No miedo de ella.
Sino miedo de mí.
De lo que estaba sintiendo.
De que no fueran solo nervios, o ternura, o compañía.
Sino deseo.
De ese que no sabe si tiene nombre.
De ese que se parece más a la confianza que al hambre.
—¿Tú lo supiste siempre? —pregunté, bajito.
No “¿te gusto?”
No “¿te pasa algo conmigo?”
Solo eso:
¿Lo supiste?
Ara levantó la cabeza muy despacio.
No se separó, pero me miró a los ojos.
—¿El qué?
—Que te gustaban las chicas.
Ella lo pensó unos segundos.
—No.
No lo supe.
Lo sentí.
Una vez.
Y luego otra.
Y luego no lo quise negar más.
Tragué saliva.
Sentí que el corazón se me encogía de golpe,
como si lo apretaran con las dos manos.
—Tengo miedo —confesé—.
De no saber cómo se hace esto.
De que me estés gustando y que no sea real.
De que me esté confundiendo porque tú eres buena conmigo
y yo no sé distinguir cariño de afecto…
de amor.
Ella no se rió.
Ni intentó besarme.
Ni me corrigió.
Solo me abrazó.
Fuerte.
Y me dijo:
—No tienes que llamarlo de ninguna forma.
Solo tienes que sentirte segura.
Y si conmigo lo estás, entonces ya estamos bien.
Me mordí el labio.
No lloré.
Pero me permití apoyar mi frente contra la suya.
Cerrar los ojos.
Respirar despacio.
Y pensar por primera vez:
"Quizá sí.
Quizá esto es eso que nunca me dejaron sentir."
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No dijimos más.
Subimos a la habitación en silencio.
Nos acostamos en colchones en el suelo.
Luna al medio.
Yo a un lado.
Ara al otro.
Y en la oscuridad,
antes de dormir,
una mano rozó la mía.
Y la dejé quedarse ahí.