Las heridas que no se ven

Capítulo 7: Gritar sin hacer ruido

Esa noche no pude dormir.

El pasillo estaba en silencio.

La luz tenue del pasillo se colaba bajo la puerta, como siempre,

y las sombras bailaban en el techo de mi habitación.

Pero no era eso lo que me quitaba el sueño.

Era todo lo que se me había quedado pegado en la piel después de la charla con Ara.

Su voz.

Sus ojos.

Su forma de decirme que no me habían dejado atrás.

Y, sobre todo, el hueco que me dejó la mención de Luna.

La distancia.

El duelo que no supe acompañar.

Me acurruqué de lado en la cama, abrazando una almohada demasiado fina,

y cerré los ojos.

Entonces, como siempre, los recuerdos entraron sin permiso.

---

Tenía quince años.

Estaba en el baño del instituto.

Tarde.

Otra vez.

Había fingido estar enferma para no entrar en clase.

No porque no pudiera con el examen.

Sino porque sentía que no podía con nada.

Llevaba semanas sin dormir bien.

Comía poco.

Me pasaba el día con dolor de estómago, la garganta cerrada, los ojos irritados de tanto llorar a escondidas.

Ese día,

me miré en el espejo.

Tenía ojeras, el uniforme me colgaba y los labios cortados de tanto morderme por dentro.

Y entonces lo hice.

Fui a orientación.

Llamé a la puerta.

Tenía la voz baja, pero me oyeron.

Entré.

Me senté.

Temblaba.

Y dije:

—Creo que algo me pasa.

La orientadora me miró por encima de las gafas.

Una mujer alta, rígida, con una sonrisa que no llegaba nunca a los ojos.

—¿A qué te refieres?

—No estoy bien —respondí—. No duermo. No como. Me cuesta respirar en clase. Lloro sin motivo.

Y… a veces pienso que sería más fácil si desapareciera.

Ella no reaccionó como yo había imaginado.

Ni horror, ni preocupación.

Solo frunció el ceño.

—¿Te han pegado? —preguntó.

—No.

—¿Tienes problemas familiares graves?

—No lo sé —respondí. Y eso era lo más sincero que podía decir.

—Entonces… —dijo, suspirando—. Puede que solo estés pasando por una etapa de sensibilidad.

Los adolescentes a veces son así.

Te voy a recomendar que te apuntes a un taller de relajación.

Y que te esfuerces un poquito más por ver lo positivo.

¿Vale?

Salí de allí como si me hubieran devuelto a empujones a la oscuridad.

Recuerdo perfectamente que pensé:

"Nunca más.

Nunca más voy a decir que me pasa algo."

Y así fue.

Durante años,

cada vez que estuve mal, me lo tragué.

Cada vez que quise hablar, me callé.

Cada vez que grité, lo hice por dentro.

---

Volví al presente cuando escuché un leve golpe en la pared.

Dos toques.

Daniela.

Respondí con otros dos,

más suaves.

Y me sentí, al menos por un momento, escuchada.

Aunque fuera desde la habitación de al lado.

No dije nada en voz alta.

No escribí.

No lloré.

Pero pensé, muy fuerte:

"No fue culpa mía que nadie me escuchara.

Pero ahora que alguien sí quiere hacerlo…

quizás pueda aprender a hablar otra vez."

A la mañana siguiente, mientras esperaba en el pasillo para entrar a revisión con la psiquiatra, Inés se sentó a mi lado.

No dijo nada al principio.

Ni siquiera me miró.

Solo tenía las manos apretadas entre las piernas,

los hombros caídos

y el cuello encogido como si intentara desaparecer dentro de sí misma.

La reconocí por la voz.

La del grupo.

La que dijo que odiaba sonreír porque parecía que estaba bien.

—Hola —le dije, bajito.

Me miró un segundo, con los ojos demasiado grandes para tanta tristeza.

Y respondió:

—Hola.

Guardamos silencio unos minutos.

Yo no esperaba que dijera nada más.

Pero entonces, sin mirarme, dijo:

—Ayer… cuando tú leíste esa frase… “Mi cuerpo es mi enemigo”…

sentí que me estabas leyendo a mí.

Me quedé quieta.

Sintiéndolo todo, sin saber cómo responder.

—También me pasa eso —añadió—.

Pero con mi voz.

Con mi garganta.

Con lo que nunca dije cuando debí decirlo.

Se me formó un nudo en el pecho.

Levanté la mirada hacia ella.

Y no dije “lo siento”, ni “yo también”, ni nada.

Solo puse mi mano cerca de la suya, sin tocarla.

Ella la miró.

Y, muy despacio, la acercó.

Hasta que nuestros dedos se rozaron apenas.

No era un abrazo.

Ni una promesa.

Pero era algo.

Un puente.

Un gesto.

Una forma de decir: “Yo también estoy aquí.”

Nos llamaron.

Cada una entró a su consulta.

Y mientras caminaba, pensé:

"A veces las conversaciones más sinceras no tienen muchas palabras.

Tienen temblores.

Gestos mínimos.

Y una presencia que no se va corriendo cuando ve lo que hay."

Ese día no grité.

Pero me sentí escuchada.

Y, por primera vez,

respondida.



#133 en Joven Adulto
#907 en Otros
#13 en No ficción

En el texto hay: historia amor, hospital, salud mental

Editado: 22.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.