CAPÍTULO 1.
PRISCILA.
Dejo la carpeta sobre el mostrador de control de enfermería mientras repaso por encima un par de datos que en realidad ya tengo claros, y cuando levanto la vista, me encuentro a Laura mirándome desde el otro lado con una expresión de tristeza que no necesita explicaciones. Nuestro trabajo, por desgracia, es así.
Por su expresión, no es algo grave aún, pero tampoco es algo que pueda esperar.
—Ha entrado un caso nuevo en el área de pediatría —dice bajando la voz, apoyándose en el borde del mostrador—, la paciente es una niña que viene del orfanato Santa Ramona.
Frunzo ligeramente el ceño sin apartar la mirada de ella, notando cómo algo dentro de mí se tensa solo con saber eso.
—¿Qué edad tiene?
—Cuatro años… —Hace una pequeña pausa antes de continuar— y, por lo que sé, hay sospecha de leucemia.
No digo nada durante un segundo, solo asiento despacio mientras cojo la tablet otra vez, porque con lo que ha dicho, es suficiente para entender que no es un caso más.
—¿Dónde está ahora?
—En urgencias pediátricas, box tres.
Me aparto del mostrador y camino por el pasillo a un ritmo algo más rápido del habitual, esquivando a un par de residentes que pasan sin mirar, hasta que llego a la puerta de los box de urgencias, donde bajo ligeramente la velocidad, respiro profundamente y, antes de entrar, dejo que mi expresión se suavice.
Cuando abro la puerta, lo primero que veo es a una monja. Está de pie al lado de la cama, con las manos entrelazadas y la postura firme, pero con un cansancio que no se esconde, y a su lado está la niña.
Es pequeña, más de lo que me esperaba. Está con los pies colgando de la cama sin llegar al suelo y con las palmas de las manos apoyadas en el colchón. Está completamente quieta, demasiado quieta para una niña de su edad en un sitio como este.
—Hola —digo al acercarme a ellas—, soy Priscila.
—Soy la Hermana Clara —responde ella con una leve inclinación de cabeza—. Y ella es Valentina.
Asiento suavemente, dejando que el nombre se me quede.
Valentina.
Me acerco un poco más hasta quedarme a su altura antes de inclinarme ligeramente, apoyando una mano en el borde de la cama sin invadir demasiado su espacio.
—Hola, Valentina.
No responde, ni con un gesto ni con una palabra, solo gira un poco la cabeza y me mira; lo hace de una forma que no encaja con su edad, sin nervios, sin curiosidad, sin nada que pueda identificar fácilmente, solo me observa.
—Ha hablado muy poco desde que falleció su padre —añade la hermana Clara—; por lo que sé, antes tampoco era una niña especialmente habladora, pero ahora prácticamente no dice nada.
Asiento despacio sin apartar la mirada de ella.
—¿Cuándo fue?
—Un accidente de tráfico hace unas tres semanas.
Aprieto ligeramente los labios, porque es demasiado reciente como para esperar otra cosa.
—¿Y su madre?
—Falleció en el parto. —Cierro los ojos un instante muy breve antes de volver a mirarla, recolocando lo que tengo sin necesidad de decirlo en voz alta.
—Valentina —vuelvo a decir con un tono más suave, intentando bajar un poco más a su nivel—, ¿sabes dónde estás?
Nada, ni siquiera baja la mirada, se queda ahí, observándome como si estuviera esperando algo que no termino de entender.
—¿Te duele algo? —añado, manteniendo el mismo tono.
Sigue sin responder, pero tampoco se cierra, no se aparta, y eso, en una niña así, ya es algo.
—¿Quién la ha traído? —pregunto sin dejar de mirarla.
—Yo misma —responde la hermana Clara—, en el orfanato empezó con fiebre persistente y lo poco que habla solo se queja de estar muy cansada; la llevamos a una revisión con el médico del centro y nos derivaron aquí en cuanto vieron los resultados.
Asiento mientras paso la vista por la tablet, confirmando lo que ya sé, pero mi atención vuelve a la niña enseguida, porque hay algo que no encaja. No es solo el diagnóstico físico lo que la tiene así, es cómo está ella, demasiado contenida, siempre en silencio.
Me incorporo despacio y miro a Sor Clara.
—Voy a hablar con el equipo que la está atendiendo para organizar algunas pruebas más y valorar también como está emocionalmente. Veremos cómo empezamos, pero necesito que alguien esté con ella en todo momento.
—No voy a dejarla sola —responde y asiento, agradeciéndole más de lo que dejo ver.
Antes de salir, vuelvo a mirar a Valentina una vez más, esperando algún gesto, cualquier movimiento, pero ella sigue igual, tranquila, observando, como si todo esto no fuera con ella, como si hubiera aprendido a no reaccionar.
Salgo del box cerrando la puerta con cuidado detrás de mí, y en cuanto doy un par de pasos por el pasillo, noto cómo todo lo que estaba conteniendo vuelve a mí.
—¿Qué tal? —pregunta Laura al verme volver.
—Mal —respondo sin rodeos—, no es solo la leucemia, hay algo más.
—¿A qué te refieres?
—A cómo está —niego ligeramente con la cabeza—, no habla y no reacciona como debería. Está completamente cerrada, y nadie se ha preocupado ni está mirando eso. —Laura frunce el ceño.
—¿Crees que…?
—Creo que ha perdido demasiado en muy poco tiempo y que esto le viene grande —la corto—, y si no tenemos en cuenta su estado desde el principio, el tratamiento va a ser un infierno para ella. Necesito hablar urgentemente con quien lleve el caso.
Se hace un pequeño silencio entre nosotras, pero dura poco.
—Bueno… —dice entonces—, pues en eso tienes suerte.
—¿Por? —Levanto la vista.
—Porque el nuevo oncólogo está aquí.
No necesito preguntar quién es; noto como se me tensa la mandíbula antes siquiera de girarme, y aun así lo hago.
Desde el fondo del pasillo, avanzando con esa seguridad que no ha cambiado en absoluto, con la bata perfectamente colocada y la mirada fija en lo que tiene delante, está Antón, caminando como si siempre hubiera estado trabajando aquí, como si este fuera su sitio desde el primer momento.