CAPÍTULO 8.
PRISCILA.
La hermana Clara vuelve a media tarde, con el abrigo todavía puesto y el gesto de alguien que ha tenido un día más largo de lo que esperaba
La encuentro en el control de enfermería, está hablando en voz baja con Laura y en cuanto me ve, se acerca.
—¿Cómo está Valentina?
—Mejor. Le han subido las plaquetas y de momento no tiene fiebre. Esperemos que siga así.
Asiente, aliviada, y duda un momento antes de seguir hablando.
—Doctora, tengo que contarle algo que me han dicho está tarde. Desde servicios sociales creen que Valentina tiene algún familiar por parte de padre. Ha aparecido una referencia antigua en unos documentos, pero de momento no han conseguido localizar a nadie. Ni un nombre claro, ni un teléfono.
—¿Y si lo encuentran?
—Entonces se pondrán en contacto, como corresponde. Solo quería que lo supieran, por si en algún momento alguien pregunta por ella y no consta en el expediente.
—Ojalá lo encuentren. Gracias por decírnoslo.
La hermana Clara asiente y toma mis manos a modo de agradecimiento entre las suyas.
—Si os parece bien me retiro a ver a Valentina, voy a darle los saludos de sus compañeros. Y supongo que vosotras tenéis trabajo.
—Se lo agradezco.
Se dirige hacia el box y yo me quedo un momento junto al mostrador, revisando la carpeta de otro paciente, cuando una voz me detiene antes de que dé dos pasos.
—¿Es usted la que lleva a la niña esa que está con la monja?
Me giro. Es una mujer de mediana edad, vestida con un elegante traje gris de dos piezas plantada en el umbral de la 214.
—Soy una de sus médicas, sí. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Puede empezar por explicarme por qué mi padre lleva toda la mañana sin que nadie lo revise como es debido, mientras a usted la veo entrar y salir del cuarto de esa niña todo el rato.
—Entiendo la preocupación. Yo no soy la médica responsable directa de su padre, pero puedo asegurarle que...
—Ya, pero es que la he visto a usted. Con mis propios ojos, estar por aquí sin hacer nada.
—Lo que quiero explicarle es que mi especialidad es la psiquiatría. Estoy aquí como apoyo para Valentina, no porque esté descuidando a otros pacientes de la planta. Su padre tiene asignado un equipo médico diferente que...
—Me da igual cuál sea su especialidad —gruñe—. Lo que veo es que ustedes se pasan el día pendientes de una huérfana mientras que los que sí pagamos, llevamos horas esperando.
Sus palabras se me clavan de una forma que no esperaba, y durante un segundo no encuentro cómo seguir, no porque no tenga respuesta, sino porque la mezcla de rabia y sorpresa me deja momentáneamente muda.
—Señora, eso no tiene nada que ver con...
—Lo que tiene que ver es que aquí hay pacientes con familiares ahí fuera esperando, no solo niños que van a acabar en un centro de todos modos.
—¿Interrumpo?
La imponente voz de Antón llega desde el pasillo. Se coloca a mi lado, entre la mujer y yo, sin llegar a darme la espalda del todo.
—La doctora le está explicando que no forma parte del equipo que atiende a su padre. Si tiene dudas sobre su tratamiento, puede consultarlas con quien sí lo lleva, o revisarlas en el informe.
—Solo digo que hay un orden de prioridades...
—El orden de prioridades lo marca la gravedad clínica, no quién tiene a alguien sentado en la sala de espera. Y le pediría que se dirija a la doctora con el mismo respeto con el que espera que la traten a usted. Sino la invitaremos a salir de aquí.
La mujer aprieta los labios, claramente no esperaba que le respondieran con tanta contundencia, y decide retirarse hacia un terreno más manejable.
—No hacía falta ponerse así...
—Yo creo que sí hacía falta —responde Antón, sin alzar la voz, pero sin dejar ni un resquicio de duda en el tono.
La mujer nos mira y no añade nada más. Se mete de nuevo en la habitación y cierra la puerta con más fuerza de la necesaria.
Me quedo en el pasillo, todavía con la carpeta contra el pecho.
—Gracias —digo por fin.
—No hacía falta que siguieras dándole explicaciones. Esa maleducada no se las merecía.
—Lo sé. Pero prefiero intentarlo antes de perder los nervios.
Antón me mira un momento, para hablar sin la ironía de esta mañana.
—Pues yo no pienso intentar nada la próxima vez. Como se le vuelva a ocurrir hablarte así, no me va a importar lo más mínimo si tiene un familiar ingresado o no.
—No hace falta que amenaces, Antón.
—No estoy amenazando. Solo te estoy avisando a ti.
Me guardo la respuesta que se me ocurre, porque en el fondo no tengo ganas de discutir, y menos por algo que en el fondo agradezco.
—¿Vamos a ver cómo sigue Valentina? —pregunto.
—Vamos.
Caminamos juntos por el pasillo hacia el box, y aunque ninguno dice nada más, el silencio esta vez no se parece al de esta mañana.