Nuestra pequeña tregua

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 2.

PRISCILA.

Veo cómo Antón se queda dando instrucciones a un par de enfermeras mientras aprovecho para beber un poco de agua.

Cuando vuelvo a entrar en el box, Valentina sigue sentada en la cama exactamente igual que antes, con las piernas colgando y las manos sobre la manta, aunque esta vez levanta la cabeza en cuanto me ve aparecer y mantiene la mirada fija en mí durante unos segundos.

La Hermana Clara se aparta un poco para dejarme sitio y yo me siento en la silla junto a la cama, dejando la tablet a un lado.

—Me han dicho que preguntabas por mí.

La niña no responde, pero mueve apenas la cabeza, muy poco, lo justo para que entienda que sí, que estaba esperando que volviera.

—Bueno, eso significa que ya empezamos a conocernos.

Valentina baja la vista hacia la manta y juega distraídamente con una esquina mientras yo intento no presionarla más de la cuenta.

—Dentro de un rato van a hacerte algunas pruebas, pero voy a estar aquí contigo, ¿vale?

La puerta se abre antes de que pueda seguir hablando y no necesito girarme para saber quién es.

Antón entra en el box con la bata puesta y el historial en la mano, aunque esta vez no viene arrasando como suele hacer cuando entra en cualquier sitio. Reduce el paso al ver a la niña observándolo y se queda a cierta distancia de la cama antes de hablar.

—Hola, Valentina.

Ella levanta un poco más la cabeza.

—Soy Antón.

No hay miedo ni rechazo. Simplemente sigue mirándolo fijamente mientras él mantiene la calma y se acerca despacio hasta el otro lado de la cama, echando un vistazo rápido a la tablet antes de volver a centrar toda su atención en ella.

—Vamos a tener que hacerte unas cuantas pruebas más, pequeña.

—Antón… —murmuro sin apartar la vista de Valentina.

Me entiende enseguida, no por lo que digo, sino por cómo lo digo.

La niña vuelve a encerrarse un poco en sí misma y él cambia ligeramente el gesto, apoyando una mano en el borde de la cama mientras se inclina apenas hacia ella.

—¿Te gustan los dibujos?

Parpadeo porque no esperaba que saliera por ahí.

Valentina tarda unos segundos en reaccionar, pero al final mueve ligeramente la cabeza.

—¿Y cuáles te gustan?

La niña aprieta un poco la manta entre los dedos antes de responder con una voz tan baja que casi se pierde.

—Azules.

La Hermana Clara suelta el aire despacio desde el otro lado de la habitación y yo noto cómo algo se relaja dentro de mí al escucharla hablar por primera vez.

—¿Los dibujos azules? —pregunto con calma.

Valentina asiente otra vez.

Antón baja la vista hacia el pulsioxímetro que han dejado sobre la cama y lo coge para colocárselo, pero en cuanto acerca la mano, la niña le agarra dos dedos de golpe.

El movimiento es tan rápido e inesperado que hasta él se queda quieto.

Miro automáticamente hacia Antón y veo cómo baja la vista hacia la pequeña mano que lo sujeta con fuerza mientras tarda un segundo más de la cuenta en reaccionar.

No se aparta.

Ni intenta soltarse.

Simplemente se queda ahí, dejando que Valentina siga agarrándolo como si necesitara comprobar que continúa presente.

Y eso me descoloca un poco, porque conmigo ha conectado, sí, pero esto es distinto. Más inmediato, más instintivo.

Levanto la vista hacia él y me encuentro con su expresión completamente seria, aunque hay algo diferente en ella, algo menos rígido, menos preparado.

—Vaya… —murmura la Hermana Clara casi para sí misma.

Antón termina sentándose en la silla libre sin retirar la mano, colocándole el aparato con la otra mientras Valentina sigue aferrada a sus dedos.

—Eso significa que ya le caes mejor que yo —comento, intentando aliviar un poco la tensión rara que acaba de instalarse en el box.

Él levanta apenas la mirada hacia mí.

—No era difícil.

Ruedo los ojos automáticamente.

—Cinco minutos y ya estás insoportable otra vez.

—Cinco minutos contigo, querrás decir.

La Hermana Clara disimula una sonrisa apartándose hacia la ventana mientras yo niego con la cabeza, aunque Valentina, por primera vez desde que he entrado, deja de mirar la manta y alterna la vista entre los dos como si estuviera intentando seguir la conversación.

Antón baja otra vez la mirada hacia ella y mueve apenas la mano, lo justo para acomodar mejor sus dedos entre los suyos sin que lo parezca, pero lo veo. Claro que lo veo.

Y creo que él también se da cuenta de que lo he visto, porque al levantar la cabeza nuestras miradas chocan durante un instante demasiado largo.

Hay algo extraño en ese momento, algo tranquilo. Y casi que eso me incomoda más que las discusiones.

—¿Te duele algo ahora mismo, princesa? —le pregunta él a Valentina con un tono mucho más suave de lo habitual.

La niña tarda unos segundos, pero al final niega muy despacito sin soltarlo.

—Bien —asiente Antón—. Entonces vamos a ir poco a poco, ¿de acuerdo? Ahora vendrá la comida. Sí algo no te gusta, me lo dices y veré que puedo hacer —acaba haciéndole un guiño—.

Valentina no responde, aunque sigue sujetándolo como si la conversación hubiera terminado ahí para ella.

Yo me cruzo de brazos observándolos a los dos y noto una sensación extraña en el pecho, porque llevo toda la mañana intentando encontrar la forma de acercarme a esa niña sin presionarla y Antón, que normalmente tiene la delicadeza emocional de una piedra, acaba de entrar aquí y ella ha decidido confiar en él sin más. No tiene sentido y, aun así, ahí está.

—Creo que le gustas —dice la Hermana Clara en voz baja.

Antón suelta una pequeña exhalación por la nariz, algo parecido a una risa mínima.

—No suele pasarme con facilidad.

—Será porque los niños no soportan a la gente falsa —respondo antes de pensarlo.

Él levanta una ceja.

—¿Y eso ha sido un cumplido o un ataque?




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