CAPÍTULO 9
PRISCILA.
Valentina duerme cuando llegamos al box. La hermana Clara está en el sillón junto a la cama, con el rosario entre los dedos y los ojos cerrados, realmente no sé si reza o descansa. Antón se acerca al gotero, comprueba la vía y apunta algo en la hoja antes de volver a mirar a Valentina. Yo me quedo en la puerta, con los brazos cruzados.
No hemos vuelto a hablar desde antes en el pasillo. Sigo con su intromisión en la cabeza, se me ha atravesado, y sé que si lo dejo pasar no me voy a quedar tranquila.
—Antón. ¿Tienes un momento?
Levanta la vista y, después de comprobar que Valentina sigue dormida, deja el bolígrafo sobre la mesita y sale conmigo. Cierro la puerta despacio para no despertar a nadie.
—Dime, para que... —No lo dejo acabar.
—Lo de antes no hacía falta.
—¿El qué?
—No te hagas el tonto. Lo que ha pasado con la acompañante de la 214. Tenía la situación controlada.
Se apoya en la pared con los brazos cruzados y me mira con esa expresión tan arrogante y esa paciencia que me desespera.
—Te estaba faltando al respeto delante de media planta, Priscila. Y perdona que te lo diga, pero no hacías nada. Aunque por dentro estoy seguro de que la estabas mandando a freír espárragos de una forma muy poco educada.
—Me estaba provocando, y lo sabía. No quería caer en su juego. Sé perfectamente lo que hacer cuando alguien intenta sacarme de quicio, y no necesitaba que aparecieras a defenderme.
Antón inclina ligeramente la cabeza, pensando si merece la pena discutir por esto o dejarlo pasar.
—No he pensado ni por un momento que lo necesitaras. Solo he pensado que no tenía por qué quedarme quieto mientras alguien te hablaba de esa forma, y ya está.
Su respuesta me descoloca, porque esperaba ironía, y en cambio, lo dice con una naturalidad que me obliga a sostenerle la mirada.
—Puedo defenderme sola. He podido siempre.
—Lo sé. Nadie lo sabe mejor que yo.
—Entonces no vuelvas a entrometerte.
—Eso no te lo puedo prometer. —Se separa de la pared y da un paso hacia mí, sin llegar a invadirme—. Si alguien vuelve a pasarse contigo delante de mí, voy a intervenir otra vez, y tú vas a tener que aguantarte. Te guste o no.
—No necesito ningún guardaespaldas.
—Tampoco me he ofrecido para el puesto. —Una sonrisa pequeña le asoma a la boca—. Supongo que todavía no he aprendido a mirar hacia otro lado cuando se trata de ti.
Me quedo callada un momento porque no esperaba esas palabras.
—Eso es problema tuyo.
—Ya lo sé.
La facilidad con la que lo acepta me desconcierta más que si hubiera discutido. Me acerco un paso y bajo la voz para que no se oiga desde el box.
—Antón, no necesito que aparezcas a caballo para defenderme de una señora con un traje gris. No soy ninguna princesa en apuros.
—Nunca lo he pensado. —Su mirada se detiene un momento en la mía y después se suaviza apenas—. Una princesa en apuros se quedaría esperando a que alguien viniera a salvarla, y tú estabas buscando por dónde devolverle el golpe.
—No te he pedido ayuda.
—Ya lo sé. Al igual que tú sabes que no hace falta que la pidas.
No entiendo por qué el tono en el que me lo dice consigue estremecerme.
—Eres insoportable.
—Y tú llevas todo el día buscando una excusa para discutir conmigo.
—No es que busque excusas, me das motivos.
—Eso también es verdad.
Se le escapa una sonrisa y, por primera vez desde que empezamos a trabajar juntos, se me olvida la tensión que hay entre nosotros. Antón mira hacia la puerta antes de seguir.
—Ahí dentro hay una niña con las defensas por los suelos, y tú y yo llevamos desde primera hora tirándonos indirectas como si fueran piedras. No creo que este sea el momento de seguir con lo mismo.
—Yo no he tirado ninguna piedra.
—Priscila…
—Vale, yo también he tirado alguna. —Se me escapa medio resoplido, que es casi una sonrisa, y él echa la cabeza hacia atrás negando y sonriendo.
—Te propongo algo —dice ahora más serio—. Una tregua. Mientras Valentina esté delicada, nada de cuentas pendientes o reproches. Ni de intentar pasar uno por encima del otro. Trabajamos juntos, la cuidamos y, cuando esté fuera de peligro, si quieres, seguimos con esto.
—¿Una tregua? Suena a rendición.
—Suena a tener sentido común. Cosa que tú, cuando quieres, que es pocas veces, también tienes.
—Qué inicio de tregua...
—Vamos... —Me tiende la mano, sin prisa y la miro unos segundos antes de volver a sus ojos.
—¿Crees que va a ser así de fácil?
—No he dicho que sea fácil. Solo te estoy dando la oportunidad de aceptar sin tener que reconocer que tengo razón.
—Eso sí que no va a pasar.
—Entonces estrecha la mano y seguimos como si no hubiera pasado nada. Será mejor para todos los seres vivos de este hospital.
—Eres un idiota.
—Pero uno muy razonable.
Termino por estrecharle la mano firmemente y la suelto antes de que el contacto se alargue de más.
—Tregua —digo—. Pero no significa que haya cambiado de opinión sobre ti, ni que confíe en ti de nuevo.
La sonrisa se le borra de la cara y asiente con tranquilidad.
—Tampoco esperaba que lo hicieras.
Hay algo en su respuesta que me hace mirarlo un segundo de más, si no lo conociera, diría que incluso le han dolido mis palabras.
No insiste ni intenta convencerme. Lo acepta sin más y, no sé por qué, eso consigue irritarme todavía más que si discutiera conmigo o intentara hacerme cambiar de opinión.
No puedo dejarme llevar, ni permitirme sentir otra vez. Solo fue un error, lo entiendo, pero fue un error que me rompió el corazón y, para alguien tan orgullosa como yo, no es tan fácil perdonar algo así. No cuando todavía recuerdo lo que sentí y todo lo que tuve que hacer después para convencerme de que era mejor dejarlo atrás.
—¿Quieres un café? —pregunta sacándome de golpe de mis pensamientos.