CAPÍTULO 6.
PRISCILA.
Salgo del box y cierro la puerta con cuidado detrás de mí.
Necesito unos segundos antes de volver al trabajo.
Me quedo junto a la pared, respirando despacio mientras miro la carpeta que todavía llevo entre las manos. La vía ya está puesta, Valentina se ha tranquilizado y la enfermera está terminando de recoger el material que ha utilizado. Todo ha salido bien, pero todavía tengo la tensión metida en el cuerpo.
Quizá porque verla llorar así me ha afectado más de lo que esperaba.
O quizá porque he tenido que compartir ese momento con Antón.
No debería darle importancia a que Valentina haya buscado su mano. Es una niña de cuatro años que acaba de pasar un momento difícil y se ha agarrado a la persona que tenía más cerca y en la que se sentía segura.
Eso es todo.
—¿Estás bien?
La voz de Laura me hace levantar la cabeza. Está junto al control de enfermería, revisando unas anotaciones.
—Sí. Solo necesito terminar este informe.
Me acerco hasta el mostrador y dejo la carpeta sobre la superficie.
—¿Cómo está?
—Más tranquila. La hermana Clara se ha quedado con ella y la enfermera ha dicho que la vía está funcionando bien.
Asiento.
—Perfecto.
Abro la carpeta y vuelvo a revisar los últimos datos, aunque mi cabeza sigue en el box.
—Antón sigue dentro —comenta Laura después de unos segundos.
Levanto la mirada.
—¿Todavía?
—Valentina se lo ha pedido.
Bajo los ojos de nuevo.
—Entonces que se quede.
Intento que no se note nada raro en el tono de mi voz. Laura no dice nada más y agradezco que no lo haga. Continúo leyendo hasta que escucho abrirse la puerta del box.
Antón sale acompañado de la enfermera. Hablan unos segundos y ella se marcha por el pasillo con el material que ha recogido. Él consulta algo en el teléfono antes de guardárselo en el bolsillo y acercarse.
—He hablado con Hematología.
—¿Qué te han dicho? —Cierro la carpeta con el informe.
—Quieren repetir la analítica dentro de unas horas y adelantar la valoración. Los resultados han empeorado y no pienso esperar a que la situación vaya a peor para empezar a mover las cosas.
Su seguridad me irrita incluso antes de que termine de hablar.
—¿Y eso cuándo sería?
—Todavía no hay una hora concreta. Intentarán encajarla antes de la reunión de esta tarde.
Asiento.
—Podrías haberme avisado antes de solicitarlo.
Antón arquea una ceja.
—Acabo de salir de la habitación. He hablado con Hematología y, en cuanto me han contestado, he venido a decírtelo.
—Podrías haberme buscado antes de hacer esa llamada.
—Podría haberlo hecho. También podría haber esperado a que tú terminaras el informe, luego a que Hematología estuviera disponible y después a que alguien decidiera si teníamos permiso para hacer algo tan sencillo como pedir una valoración.
Su tono es tranquilo, pero la ironía deja claro lo que piensa.
—No hace falta que seas tan dramático.
—No estoy dramatizando. Estoy evitando perder tiempo.
—Valentina no es solo un caso médico, ni un número más.
—Nunca he dicho ni he pensado que lo sea.
—Entonces deberías tener en cuenta que también hay una parte emocional que tiene muy dañada.
Antón me sostiene la mirada.
—La tengo en cuenta. Pero ahora mismo esa niña tiene unos resultados que están empeorando y necesita que nos movamos. Para eso me han contratado.
Aprieto los labios.
—Estamos trabajando juntos.
—Sí. Y trabajar juntos no significa que tengamos que pedirnos permiso para respirar.
Lo miro fijamente.
—No te estoy pidiendo que me pidas permiso.
—Pues es lo que parece.
—Antón, te estoy pidiendo comunicación.
—Y te estoy comunicando lo que he hecho. Si hubiera tomado una decisión sobre el tratamiento sin hablar contigo, tendrías motivos para molestarte. Pero solo he solicitado una segunda valoración. Nada más.
No me gusta que tenga una respuesta para todo, y mucho menos que, en el fondo, tenga razón.
—Solo digo que no quiero enterarme de las cosas cuando ya están en marcha.
Antón ladea ligeramente la cabeza.
—Entonces tendrás que acostumbrarte a que, cuando vea algo que no me gusta, voy a actuar. No he venido aquí para esperar a que alguien me dé permiso para hacer mi trabajo.
—Qué considerado. —Ironizo y una sonrisa breve aparece en su rostro.
—Procuro serlo.
Niego con la cabeza.
—Sigues siendo igual de arrogante.
—Y tú sigues teniendo la misma facilidad para molestarte conmigo.
La respuesta me deja unos segundos en silencio.
—No todo gira alrededor de ti.
—En este momento llevamos varios minutos hablando de lo que hago yo, así que perdona si me cuesta creerlo. —Entrecierro los ojos.
—Eres tan insoportable.
—Pues no estoy haciendo ningún esfuerzo.
A pesar de mí misma, casi se me escapa una sonrisa, pero desaparece enseguida. No pienso dejar que convierta esto en una broma.
—Llevas dos días aquí y ya estás consiguiendo que todo sea complicado.
—Yo no he hecho complicado nada.
—Claro que no...
—Priscila, si quieres discutir conmigo porque no te gusta tenerme cerca, al menos ten la decencia de admitirlo y no utilices a Hematología como excusa.
Su frase me deja completamente quieta.
—No tienes ni idea de lo que pienso.
—Entonces explícamelo.
—No tengo nada que explicarte.
Antón guarda silencio durante unos segundos.
—Esas respuestas también las conozco. Parece un "dejavu".
Siento que la conversación se está acercando demasiado a un terreno minado que ninguno debería pisar en mitad del hospital.
—No voy a hablar de nada personal aquí. —Esta vez no insiste, pero tampoco parece dispuesto a retirar lo que acaba de decir. Cojo la carpeta del mostrador y la sujeto contra mi cuerpo. —Estamos trabajando.