Nuestra pequeña tregua

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 5.

PRISCILA.

La primera vez que escucho llorar a Valentina de verdad es justo cuando estoy terminando un informe. No es un llanto fuerte, ni siquiera continuo. Es peor. Es de esos que parecen escaparse antes de que consiga tragárselo otra vez.

Levanto la cabeza automáticamente al reconocer la habitación y dejo el bolígrafo sobre la mesa antes de salir del despacho casi sin pensarlo. El pasillo sigue lleno de movimiento, con residentes entrando y saliendo de consultas, teléfonos sonando y enfermeras cruzándose de un lado a otro, pero en cuanto me acerco al box de Valentina noto algo diferente. Hay tensión en el ambiente.

Laura está fuera preparando material y la Hermana Clara intenta tranquilizar a la niña desde dentro.

—¿Qué ha pasado? —pregunto mientras entro.

La monja levanta la vista hacia mí, visiblemente agotada.

—Han venido a ponerle la vía.

Miro automáticamente hacia la cama. Valentina está pegada al cabecero, abrazándose las piernas mientras niega con la cabeza una y otra vez. Está completamente pálida y tiene los ojos llenos de lágrimas.

El enfermero, pobre hombre, tiene cara de estar replanteándose todas sus decisiones vitales.

—No pasa nada, pequeña… —intenta decir para calmarla.

—No —susurra ella, apretando todavía más los brazos alrededor de sus piernas—. No.

El simple hecho de escucharla hablar ya me deja claro hasta qué punto está asustada.

—Valentina —la llamo mientras me acerco despacio hasta la cama.

La pequeña levanta la cabeza inmediatamente al escucharme y noto cómo intenta contener el llanto al verme acercar. Me siento con cuidado en el borde de la cama, procurando no invadirla demasiado.

—Eh… mírame. Solo mírame a mí.

Ella traga saliva y asiente muy poquito.

—Nadie va a hacerte daño, ¿vale?

Valentina niega enseguida.

—No quiero.

—Lo sé. Sé que no quieres.

—No quiero agujas.

El enfermero me mira desde el otro lado, claramente pidiendo ayuda, y suelto el aire despacio antes de volver a centrarme en ella.

—Escúchame, pequeña. Necesitamos ponerte esto para ayudarte a encontrarte mejor.

—No. No quiero.

Solloza de nuevo y aprieta todavía más las piernas. Cuando vuelve a mirarme, noto cómo empieza a temblarle la barbilla.

Mierda.

—Vale… vale… —murmuro intentando mantener la calma mientras acerco un poco más la mano hacia ella—. Nadie va a obligarte ahora mismo. Primero vamos a tranquilizarnos y después veremos cómo hacerlo.

Eso consigue que respire un poco mejor. Muy poco, pero algo.

Laura aparece entonces en la puerta.

—Priscila… Parece que Antón se ha enterado de lo que está pasando y viene hacia aquí.

Perfecto. Justo lo que necesitábamos.

No me da tiempo a responder porque él entra unos segundos después, con paso rápido y la expresión seria, enseguida entiende la situación. Primero mira a Valentina, después la vía y, por último, a mí.

—¿Cuánto tiempo llevamos así?

—Diez minutos —responde el enfermero.

Antón aprieta ligeramente la mandíbula antes de acercarse despacio a la cama.

—Valentina.

La niña gira la cabeza inmediatamente hacia él y algo cambia apenas en su expresión al reconocerlo. Sigue asustada, pero ya no parece completamente bloqueada. Antón se detiene al otro lado de la cama, manteniendo cierta distancia, y se agacha un poco para quedar más cerca de su altura.

—¿Qué está pasando aquí, princesa?

Ella niega otra vez mientras se limpia la cara torpemente con la manga.

—No quiero que me pinchen.

—Ya sé que no quieres —responde él con ese tono tranquilo que he empezado a descubrir cuando está con ella—. Ayer hablamos precisamente de que algunas cosas pueden darte miedo aunque necesitemos hacerlas.

Valentina lo mira fijamente y, después de unos segundos, asiente apenas.

—También te dije que no iba a mentirte —continúa Antón, sin apartar los ojos de ella—. Así que voy a contarte la verdad. La vía va a molestarte un poquito, pero la necesitamos para poder darte la medicación y ayudarte a ponerte mejor.

La niña vuelve a tensarse inmediatamente.

—No quiero estar aquí…

La frase sale tan bajita que durante un segundo nadie responde. Ni siquiera Antón, porque los dos sabemos que la pequeña no está hablando solo de la vía. Está hablando del hospital, del miedo y de estar sola.

Me acerco un poco más hasta sentarme mejor junto a ella.

—Lo sé, cariño.

Valentina baja la cabeza intentando contener otra vez el llanto y Antón levanta la vista hacia mí por encima de ella. Nos entendemos enseguida. Hay que hacerlo ahora, antes de que vuelva a cerrarse del todo.

—Eh… mírame un segundo —le digo suavemente mientras aparto un mechón de pelo de su carita—. Vamos a hacerlo juntos, ¿vale? Yo me quedo aquí contigo todo el tiempo.

Ella traga saliva.

—¿Y él?

Antón y yo nos miramos automáticamente al escucharla.

—Yo también voy a quedarme —responde él antes de que pueda hacerlo yo—. Te lo he prometido.

La niña duda unos segundos y entonces alarga la mano directamente hacia él.

Así, sin más.

Él baja la vista hacia los dedos pequeños que se extienden hacia él y durante un instante parece sorprendido otra vez, igual que ayer, aunque tarda muy poco en acercarse hasta que Valentina le agarra la mano con fuerza.

—Vale —murmura mientras se sienta mucho más cerca de la cama—. Ya está. Estoy aquí.

El enfermero nos mira esperando una señal y yo asiento despacio antes de volver toda mi atención hacia la niña.

—Mírame a mí, ¿vale? Solo a mí.

Valentina asiente nerviosa mientras aprieta todavía más la mano de Antón.

—Eso es… muy bien… —murmuro intentando mantenerla centrada en mi voz mientras le acaricio suavemente el pelo—. Respira despacio conmigo. No tienes que mirar.

La aguja apenas entra y la niña se tensa inmediatamente, clavándole los dedos a Antón con una fuerza sorprendente para alguien tan pequeña. Él ni se inmuta. Ni siquiera aparta la mirada de ella.




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