Nuestra pequeña tregua

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 4.

ANTÓN.

Cuando entro en el box, Valentina está sentada en la cama con las piernas recogidas y la mirada perdida en la ventana. La bandeja del desayuno sigue delante de ella prácticamente intacta y, aunque no está llorando, tiene esa expresión apagada que he aprendido a reconocer demasiado bien en los niños que llevan más tiempo del que deberían en un hospital.

Me acerco despacio y dejo la carpeta sobre una de las sillas.

—Buenos días, pequeña.

Valentina gira la cabeza hacia mí y hace un pequeño gesto a modo de saludo, pero enseguida vuelve a mirar por la ventana.

Me fijo en la bandeja.

—¿No te ha gustado el desayuno?

Niega con la cabeza.

—No tengo hambre.

—Entonces déjalo. Ya comerás cuando te apetezca.

Arrastro la silla hasta colocarla frente a ella y me siento, procurando quedar a su altura. No quiero empezar hablándole de médicos, pruebas ni tratamientos. Ni siquiera quiero preguntarle cómo se encuentra porque probablemente me responda que bien, aunque los dos sepamos que no es cierto.

Durante unos segundos simplemente me quedo allí.

Valentina sigue mirando hacia la ventana mientras juega distraídamente con una esquina de la sábana.

—Estás triste —digo al final.

Esta vez no responde enseguida. Se encoge un poco sobre sí misma y tarda unos segundos en levantar la mirada.

—Quiero irme —susurra.

No hace falta que me diga adónde.

—Lo sé, princesa.

—Quiero estar con mi papá — sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas.

Siento un nudo incómodo en el pecho, pero mantengo la expresión tranquila. He leído su historia en los informes de Priscila y sé que su padre ha muerto, pero escucharla decirlo así, con esa voz tan pequeña, hace que toda la información médica deje de ser simplemente información.

—Lo echas de menos.

Valentina asiente mientras se limpia una lágrima con el dorso de la mano. Me acerco un poco más, apoyando los antebrazos sobre las piernas.

—Tiene que ser muy difícil estar aquí cuando lo único que quieres es estar con él.

Ella vuelve a asentir, y durante unos segundos no dice nada.

—Yo no quiero que me cuiden —explica con la voz ahogada.

La frase me sorprende un poco, aunque enseguida entiendo el porqué.

—Me he dado cuenta de que no te hace demasiada gracia que andemos alrededor de ti. Pero estamos para ayudar.

Valentina me mira con una seriedad que no le pega nada a una niña de cuatro años.

—No me gustan los médicos.

—Eso princesita, lo sospechaba.

Una sonrisa diminuta intenta aparecer en su cara, pero desaparece enseguida.

—Pero necesitamos cuidarte porque estás enferma —le explico mientras señalo suavemente la bandeja, los cables y todo lo que nos rodea—. Sé que no es lo que quieres y que hay cosas que van a darte miedo, pero nuestro trabajo es intentar que te encuentres mejor.

— Papá no se puso mejor... ¿Y si no me pongo mejor? —cuestiona con una lágrima deslizándose por su mejilla.

La pregunta sale tan deprisa que me lleva a pensar que lleva un rato dándole vueltas.

Me quedo callado durante un instante. Podría decirle que todo va a salir bien. Sería fácil. Incluso podría hacer que se quedara más tranquila durante un rato, pero no quiero empezar nuestra relación con una mentira.

—No sé exactamente qué va a pasar, Valentina —reconozco mientras le ofrezco mi mano—. Ojalá pudiera decirte que todo va a ser fácil, pero no sería verdad. Y a mí no me gusta mentir. Lo que sí puedo decirte es que vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos para ayudarte.

Ella mira mi mano antes de cogerla con sus pequeños dedos.

—¿Tú también?

—Yo también. El primero.

—¿Y la doctora Priscila?

No puedo evitar sonreír al escucharla decir su nombre.

—Ella también va a estar contigo.

Valentina parece pensarlo un momento.

—¿Y la hermana Clara?

—Ella tampoco piensa dejarte sola.

La niña asiente despacio, como si necesitara asegurarse de que hay suficientes personas a su alrededor antes de sentirse un poco más tranquila.

—¿Y... si lloro?

—Pues lloras —respondo mientras aprieto suavemente sus dedos—. No tienes que esconderlo porque estés en un hospital. Tener miedo no significa que estés haciendo nada mal.

Valentina baja la mirada hacia nuestras manos.

—¿Aunque llore mucho?

—Aunque acabes empapando la almohada —bromeo, y esta vez sí consigo arrancarle una sonrisa pequeña.

Me quedo mirándola durante un segundo antes de continuar.

—Y si hay algo que no quieres hacer o algo que no entiendes, me lo dices. Podemos hablarlo antes de hacerlo. No voy a enfadarme contigo porque tengas miedo.

Ella parece quedarse con esa última frase y, después de unos segundos, vuelve a mirarme.

—¿Me vas a pinchar? —pregunta haciendo un puchero.

Su pregunta me hace saber exactamente qué le preocupa.

—Es posible que tengamos que ponerte una vía para poder darte la medicación que necesitas.

Su expresión cambia inmediatamente y sus dedos se cierran con más fuerza alrededor de los míos.

—No quiero...

—Ya lo sé —respondo sin intentar convencerla de lo contrario—. No voy a decirte que no lo vamos a hacer, ni que no va a molestarte, porque seguramente un poquito sí. Pero no voy a hacerlo sin explicarte antes lo que vamos a hacer y, cuando llegue el momento, me quedaré contigo.

Valentina me observa en silencio.

—¿De verdad vas a quedarte?

—De verdad.

Se queda pensando unos segundos antes de hacerme una pregunta que no esperaba.

—¿No me vas a mentir?

La miro directamente.

—No.

—¿Nunca? —Niego despacio.

—No quiero hacerlo. Si alguna vez algo va a dolerte, te lo diré. Si tenemos que hacerte una prueba, te explicaré para qué sirve. Y si tú no entiendes algo, me lo preguntas todas las veces que necesites.

Valentina baja la mirada hacia nuestras manos y empieza a mover mi dedo con el suyo.




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