Nuestra pequeña tregua

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 10

PRISCILA.

Han pasado un par de semanas desde la discusión con la acompañante de la habitación 214 y, aunque al principio pensé que aquella tregua con Antón no iba a durar ni dos días, contra todo pronóstico hemos conseguido mantenerla.

No significa que hayamos dejado de discutir. Eso sería demasiado pedir para dos personas como nosotros. Seguimos teniendo nuestras diferencias, seguimos llevándonos la contraria y él continúa teniendo esa facilidad desesperante para decir la última palabra, pero hemos aprendido a dejar algunas cosas fuera cuando entramos en la habitación de Valentina.

Y quizá lo más extraño de todo es que, durante estas dos semanas, Antón y yo hemos terminado creando una rutina sin darnos cuenta.

Por las mañanas, uno de los dos suele llegar antes y comprobar cómo ha pasado la noche. Si Valentina está despierta, siempre pregunta por el otro. Si está dormida, el que ha llegado primero suele quedarse un rato a su lado hasta que aparece el segundo.

También hemos conseguido que se ría más.

Antón sigue empeñado en hacerle dibujos horribles en las hojas que encuentra por el hospital y Valentina se ha acostumbrado a corregirlos. Según ella, sus corazones parecen patatas y sus animales tienen cara de estar enfadados.

—No sé qué problema tienes con mis dibujos —le dijo ayer mientras él intentaba dibujar un conejo.

—Eso no es arte.

—Es un conejo.

—Parece un perro.

—Porque es un conejo moderno.

Yo estaba sentada al otro lado de la cama y no pude evitar reírme.

—No la engañes, Antón. Eso no es un conejo.

Él levantó la mirada hacia mí.

—Tú estás de parte de ella.

—Por supuesto.

—Traición.

—Supera el golpe.

Valentina se rio tanto que terminó tosiendo y los dos nos quedamos pendientes de ella inmediatamente.

Son pequeños momentos, pero se han ido acumulando durante estos días.

Y también hay otras cosas que no sé muy bien cómo explicar. Como que Antón ya no necesita preguntarme cómo toma el café. Como que yo sé cuándo está cansado aunque intente ocultarlo. Como que él sabe cuándo estoy preocupada aunque no diga nada.

Como que, cuando Valentina se queda dormida, muchas veces terminamos sentados en silencio en la misma habitación sin sentir la necesidad de discutir.

Eso es lo que más me desconcierta.

Porque sigo sin confiar en él.

No he olvidado lo que ocurrió entre nosotros ni he cambiado de opinión sobre Marcela. Tampoco he olvidado aquella noche ni lo fácil que fue para mí creer que, al final, yo nunca había significado lo suficiente.

Pero estos días han demostrado que trabajar con él es mucho más sencillo de lo que esperaba.

Y eso no me gusta.

Porque cuanto más fácil resulta estar a su lado, más difícil es recordar que no debo bajar la guardia.

Esta mañana llego al hospital unos minutos antes de lo habitual. Valentina está despierta y desayuna sentada en la cama, mientras la hermana Clara intenta convencerla de que coma un poco más.

—No quiero más.

—Solo dos cucharadas.

—Una solo.

—Dos.

—Una y media.

La hermana Clara me mira al verme entrar.

—¿Lo has oído?

—Todo. —Valentina me sonríe.

—He ganado.

—Todavía no. —Dejo el bolso en la silla—. La hermana Clara es muy insistente.

—Y tú también lo eres. Eso dice Antón.

—Antón dice demasiadas cosas.

—Pero tiene razón.

Me río y me acerco a ella.

—Buenos días, pequeña.

—Buenos días.

Le doy un beso en la frente y compruebo cómo está.

—¿Has dormido bien?

—Sí.

—¿Y has dejado dormir a la hermana Clara?Valentina mira hacia ella.

—Más o menos.

—Eso significa que no ha podido dormir nada.

La hermana Clara sonríe.

—Es que ha tenido una pesadilla.

La expresión de Valentina cambia ligeramente y le acaricio el pelo.

—Pero ya ha pasado.

Ella asiente y vuelve a mirar hacia la puerta.

—¿Antón no viene?

—Todavía no.

—Siempre llega después que tú.

—Porque yo llego antes.

—Pues dile que llegue antes.

—Se lo diré.

Valentina sonríe y vuelve a su desayuno.

La hermana Clara se levanta para recoger la bandeja y, cuando termina, se queda unos segundos junto a la ventana. Tiene una expresión diferente esta mañana, una que no había visto antes.

—Doctora...—La miro seria ya que le dije que porfavor me tutee. —Priscila, necesito hablar contigo.

La miro.

—Claro —digo y ambas nos apartamos disimuladamente de Valentina.

—He recibido una notificación esta mañana.

El tono en que lo dice consigue que me ponga seria.

—¿De quién? —La hermana Clara mira hacia Valentina antes de responder.

—De Servicios Sociales.

Siento que algo se me revuelve por dentro.

—¿Qué ha pasado?

—Han decidido activar el protocolo de protección de menores.

—¿Por qué ahora?

—Por el tiempo que lleva ingresada y porque todavía no han podido localizar a ningún familiar. —Hace una pausa—. Como su padre ha fallecido y su madre murió al nacer ella, legalmente no hay nadie que pueda ejercer su representación.

Miro a Valentina.

Ella está entretenida con una de las cucharas, sin prestar atención a nuestra conversación.

—Pero usted hermana Clara...

—Yo puedo acompañarla, puedo estar con ella y puedo hacer todo lo necesario dentro del hospital, pero no puedo asumir su representación legal. Cuando la acogimos, nos dijeron que solo sería hasta que localizaran a la familia...

—¿Qué significa eso exactamente?

—Que Servicios Sociales va a enviar a una persona para hacerse cargo de esa parte. Quieren reunirse con nosotros esta mañana.

—¿Con vosotros?

—Sí.

—¿Y qué van a hacer con Valentina?

La hermana Clara baja la voz.

—Eso es lo que me preocupa. En la notificación hablan de establecer una medida de protección y de asignar un referente externo durante el ingreso.




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