CAPÍTULO 7.
PRISCILA.
Milán abre la carpeta.
—Los neutrófilos han caído mucho desde esta mañana. Y las plaquetas también.
Antón coge la hoja que le tiende y la revisa con el ceño fruncido. La ironía de hace un momento desaparece de su cara por completo.
—¿Cuánto?
—Está ahí, en rojo. Hematología ya lo sabe, pero he preferido venir yo para que os enteraseis antes. Por el sistema es más lento.
Me enseña la cifra y siento que se me encoge el pecho por dentro.
—Es la médula —digo, más para ordenar mis propios pensamientos que para explicárselo a nadie—. Los blastos la están invadiendo tan rápido que no le queda espacio para fabricar el resto.
—Va a necesitar plaquetas ya —añade Antón, devolviéndole la hoja a Milán.
—Banco de sangre está avisado. Las tenéis arriba en diez minutos.
—Voy a ponérselas yo mismo.
Milán asiente.
—Con las defensas tan bajas, aislamiento estricto. Nada de visitas sin lavado de manos, mascarilla para todo el que entre, y cualquier décima de fiebre se trata como una urgencia, no como un aviso.
—Ya lo sé —digo.
—Sé que lo sabes. Lo digo para que quede dicho en voz alta, porque en un rato esto va a moverse rápido y no quiero que nadie dé nada por hecho.
Milán se marcha hacia el control de enfermería, y Antón y yo volvemos hacia el box, esta vez sin ningún paso de más, solo el mismo ritmo apretado.
Entramos y la encontramos despierta, mirando el techo con esa quietud que tienen los niños cuando notan en el ambiente que pasa algo, aunque no sepan qué es.
—¿Qué pasa? —pregunta, sin levantar mucho la voz, como si intuyera que hay que hablar bajo.
Antón se acerca primero a la vía, comprueba que sigue bien colocada, y solo entonces se sienta en el borde de la cama.
—Tus defensas están un poco bajas, así que te vamos a poner algo por la vía para ayudarte, ¿vale? No duele, solo vas a notar el goteo.
—¿Como el suero?
—Parecido.
Valentina asiente, tranquilizada por la simpleza de la explicación, y vuelve a fijar la vista en el techo mientras la enfermera entra con la bolsa de plaquetas y Antón la conecta al gotero con la misma concentración con la que revisa cualquier informe.
Me quedo un paso atrás, observando cómo le habla, cómo baja el tono justo lo necesario para que suene a explicación y no a orden médica, y pienso que, discusiones aparte, hay una ternura natural en él cuando está con ella.
La hermana Clara aparece en la puerta del box con el teléfono todavía en la mano y una expresión que no había visto antes en su cara.
—Doctora, ¿tiene un momento?
Salgo al pasillo con ella, dejando a Antón pendiente del goteo.
—¿Va todo bien?
—Me acaban de llamar del centro. Hay un problema con otra menor, algo urgente, y necesitan que vuelva ahora mismo.
—¿Se va? ¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Puede que vuelva esta tarde. Puede que no vuelva hasta mañana.
Mira hacia el box, hacia Valentina, con esa culpa silenciosa que quien tiene que repartirse entre varias personas a la vez.
—No me gusta nada tener que dejarla sola justo hoy, menos con todo lo que está pasando con las plaquetas y...
—No está sola —digo, y me sorprende lo segura que me sale la frase—. Estamos nosotros. Vaya tranquila, hermana. Nosotros nos hacemos cargo de ella todo el tiempo que haga falta.
La hermana Clara me mira un momento, como si buscara alguna grieta en lo que acabo de decir, y no la encuentra.
—Gracias, doctora. Volveré en cuanto pueda.
—Avísenos si necesita algo. Y nosotros la avisaremos si hay cualquier cambio.
Asiente, coge el abrigo que tenía colgado junto a la puerta del box y se despide de Valentina con un beso rápido en la frente antes de irse por el pasillo con paso apurado.
Vuelvo a entrar en el box. Antón sigue vigilando el gotero, aunque ya ha empezado a mirar el reloj, y sé exactamente en qué está pensando: en la planta hay otros ocho pacientes que también lo necesitan.
—¿Dónde está la hermana Clara? —pregunta Valentina, buscándola con la mirada.
Me acerco y me siento al otro lado de la cama, frente a Antón.
—Ha tenido que irse un rato, cariño. Pero va a volver.
—¿Cuándo?
—No lo sabemos todavía. Puede que hoy, puede que mañana.
Valentina frunce un poco el ceño, ese gesto tan de adulto en su carita tan pequeña, sopesando la noticia.
—¿Y quién se queda conmigo?
—Nosotros vamos a estar entrando y saliendo todo el rato —digo—. No podemos quedarnos aquí sentados sin movernos, porque hay otros niños que también nos necesitan, pero vamos a venir a verte muchísimas veces. Más que a nadie.
—¿Y si os necesito y no estáis?
—Le decimos a la enfermera que esté pendiente, y en cuanto ella nos avise, venimos corriendo —dice Antón—. Aunque estemos al otro lado de la planta.
Valentina no responde enseguida. Se queda mirando el gotero, y luego a Antón, con los ojos empezando a brillarle de una forma que no tiene nada que ver con el sueño ni con las plaquetas.
Antón se inclina un poco hacia ella.
—Eh. Mírame.
Valentina levanta los ojos, ya al borde del llanto, y Antón le sostiene la mirada un momento sin decir nada, con una expresión tan clara que no hace falta traducirla: "sé que tienes miedo, y no pasa nada, y no te voy a mentir diciéndote que no me voy a mover de aquí, pero vas a estar bien."
—Vale —dice ella al final, en voz muy baja, tragándose el llanto antes de que llegue a salir del todo.
—Vale —repite él.
La bolsa de plaquetas termina de pasar unos minutos después. Antón retira el gotero, comprueba la vía una última vez y se levanta.
—Tengo que ir a ver a otro paciente, pero vuelvo antes de que te dé tiempo a aburrirte.
—¿Y Priscila?
—Yo me quedo contigo un poco más —digo.
—Y luego, yo vengo a buscarte para que veas la tele un rato si te apetece —le asegura Antón.