Verano, besos y otros problemas!

PRÓLOGO : El pacto del muelle

El problema de las fiestas de pueblo no es el calor sofocante de agosto, ni los altavoces retumbando en la plaza, ni el polvo que se te mete en las sandalias cada vez que intentas bailar.

El verdadero problema es mi papá. O, mejor dicho, el radar de cobertura de trescientos sesenta grados que activa en cuanto pisamos cualquier evento social.

—Cinco metros —murmuró Manuel a mi lado, inclinándose para que solo yo lo escuchara—. Te juro que recortó la distancia. Hace diez minutos estaba allá, junto al puesto de churros, y ahora está a exactamente cinco metros.

Solté una risita contra el borde de mi vaso de limonada y miré de reojo hacia las mesas de madera. Ahí estaba Francisco Vega: alto, imponente, con su copa en la mano y la mirada gris clavada en la nuca de Manuel.

—No te está mirando a ti —mentí—. Revisa si la cerca de la plaza tiene buen soporte estructural. Es un vicio de arquitecto.

—Rojita, me está midiendo la distancia con los ojos —insistió Manu, ajustándose la gorra hacia atrás con esa sonrisa de medio lado que le marcaba el hoyuelo—. Si me acerco medio centímetro más, saca un plano y me clava un permiso de construcción en la frente. Ese hombre es capaz de hacer que mi cuerpo desaparezca en el arroyo y que parezca un accidente de kayak.

No alcancé a responder porque una sombra imponente se proyectó sobre la mesa.

—¿De qué se ríen tanto ustedes dos? —preguntó una voz grave y seria a nuestras espaldas.

Manu se puso rígido como un poste al instante y dio un paso prudente hacia atrás. Nos giramos para ver a mi papá, parado frente a nosotros con los brazos cruzados y una ceja alzada, inspeccionando el espacio milimétrico que nos separaba.

—De... de nada, tío Francisco —se apresuró a decir Manu, tragando saliva—. Le contaba a Olivia sobre el entrenamiento de fútbol.

—Ah, fútbol —repitió mi papá, sin aflojar la mirada de halcón—. Parecía más bien que conspiraban para quemar la plaza. Manuel, te recuerdo que la última vez que te vi sonreír así, terminaste rompiéndome un rosal.

—¡Francisco, por favor! —interrumpió una voz llena de risa.

Mi mamá apareció como un ángel salvador entre la multitud, radiante con su vestido de verano. Pasó un brazo por la cintura de mi papá y le quitó la copa de la mano con una soltura que solo ella tenía.

—Deja de acosar al pobre Manuel y ven a bailar conmigo —dijo, dándole un tirón suave del cuello de la camiseta—. Están tocando la canción que nos gusta.

—Joa, estoy vigilando el perímetro... —intentó protestar el gran arquitecto, pero mi mamá ni siquiera lo dejó terminar.

Lo arrastró de la mano hacia el centro de la pista de baile. Mi papá intentó mantener su postura seria medio segundo más, pero en cuanto mi mamá le pasó los brazos por el cuello y le sonrió, se desarmó por completo. La tomó de la cintura con esa mirada intensa que solo tenía para ella y la pegó a su cuerpo, olvidándose por completo del resto del mundo.

Manu y yo soltamos el aire al mismo tiempo.

—Gracias al cielo por la tía Joa —suspiró Manu, pasándose una mano por el pecho como si hubiera sobrevivido a un ataque.

—Es insoportable —protesté, mirándolos desde lejos con una mezcla de risa y calidez—. Tienen casi cincuenta años y parecen adolescentes cuando están juntos. Me da un poco de vergüenza ajena, te lo juro.

—¿Vergüenza? Por favor, mira a los míos —se burló Manu, señalando hacia el otro lado de la plaza.

Giré la cabeza y vi al tío Seba y a la tía Cande riéndose a carcajadas en medio de la pista, bailando sin ningún tipo de ritmo y dándose un beso torpe en medio de la gente.

—Definitivamente estamos atrapados en una familia de enamorados ridículos —reí, dándome aire con la mano sobre el cuello—. Me estoy ahogando de calor. ¿Nos vamos a la finca?

—Te sigo la corriente, Vega. Antes de que tu papá recuerde que existo.

Le hice una seña discreta a mi mamá a la distancia. Ella nos vio entre la multitud, nos guiñó un ojo con total complicidad y nos hizo un gesto con la mano para que nos escabulléramos tranquilos.

Nos escurrimos entre la gente, pasamos por detrás de los puestos de comida y nos metimos por el camino de tierra que llevaba hacia los olivares. En cuestión de tres minutos, la música de la plaza se convirtió en un murmullo lejano, reemplazado por el canto de los grillos y la brisa fresca del arroyo.

La luna llena iluminaba el camino con un tono plateado hermoso. Caminamos uno al lado del otro en silencio. Un silencio cómodo, pero que poco a poco comenzó a cargarse de una electricidad sutil.

Nuestras manos comenzaron a rozarse.

Primero fue un choque accidental de nuestros nudillos. Luego, la yema de sus dedos buscó los míos. Sentí un chispazo rápido que me erizó los brazos. Manu no alejó la mano; rozó su piel tibia contra la mía en un vaivén lento que me hizo dar un vuelco en el estómago.

El pulso me empezó a retumbar en la garganta. Me puse nerviosa de golpe. Inexplicablemente nerviosa con el chico con el que me había criado toda la vida.

Ni loca voy a dejar que note que me tiemblan los dedos.




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