El agua del arroyo nos llegaba al pecho, pero yo sentía que me quemaba la piel.
Llevaba las manos apoyadas en los hombros de Manuel, el pelo empapado pegado al cuello y el corazón batiéndome tan rápido que me daba vergüenza. Nos habíamos separado apenas unos centímetros después del beso, pero ninguno de los dos se animaba a dar un paso atrás.
Él tenía la frente apoyada contra la mía, con los ojos cerrados y una sonrisa de medio lado, respirando a la par conmigo.
—Dime que no vas a decir que fue un error —susurró Manuel, abriendo los ojos despacio. Esos ojos oscuros que conocía de memoria, pero que ahora me miraban distinto.
Le di un empujón suave en el pecho, aunque en vez de alejarlo, le dejé la mano apoyada ahí, sintiendo sus latidos a cien por hora.
—No fue ningún error...
—¿Segura? —insistió, achicando los ojos con esa chispa picante que le volvía la cara—. ¿Ni la corriente del río, ni el calor, ni nada?
—Cállate —me reí, sintiendo cómo el rubor me subía por las mejillas—. Esta vez no hay excusas.
La sonrisa le creció entera. Se inclinó sin pedir permiso y me plantó un beso corto en la punta de la nariz que me hizo arquear la espalda del susto.
—¡Manuel! —protesté, soltando una carcajada dulce.
—Es para asegurarme de que no estás soñando, rojita.
De pronto, desde la ribera, el ladrido lejano de un perro rompió nuestra burbuja. A lo lejos se escuchaba la voz del tío Gabriel riéndose fuerte en la galería y a mi mamá gritando que la limonada se estaba calentando. El mundo real seguía ahí, pero a mí me daba igual.
Manuel deslizó sus manos por mis brazos bajo el agua. Me buscó los dedos y los entrelazó con los suyos en un apretón firme, tibio, imposible de soltar.
—Nos van a ir a buscar si no volvemos —murmuró, aunque sus dedos apretaron los míos con más fuerza.
—Greta ya sabe todo —le confesé en un susurro, mirándolo a los ojos mientras la corriente suave nos mecía—. Se dio cuenta esta mañana y casi me muero.
Manuel abrió los ojos de par en par, poniendo cara de pánico instantáneo mientras tragaba saliva.
—Dime que me estás molestando... —rogó en un susurro divertido, aunque se le notaba el miedo real en la cara—. Como Greta hable y mi tío Francisco se entere, me entierra vivo bajo los olivos y no me encuentra nadie hasta el verano que viene. Greta tiene que guardar el secreto sí o sí.
Me reí despacio por la expresión de terror que puso, pero el nerviosismo dulce en mi estómago no se fue.
—Esta noche nos encontramos —dijo él, volviéndose serio de golpe y clavándome una mirada tan intensa que me dejó sin aliento—. En el patio de los naranjos. Cuando toda la casa esté dormida.
—Ahí estaré —prometí en un susurro, sintiendo que el corazón se me salía del pecho.
—Sin rodeos, Oli. Esta noche hablamos de todo.
—Sin rodeos.
Nos quedamos un segundo más así, mirándonos como dos tontos en medio del arroyo, con las manos agarradas a escondidas y la certeza absoluta de que en unas horas estaríamos a solas en la oscuridad, sabiendo que entre nosotros ya no había vuelta atrás.
Editado: 03.11.2026