Verano, besos y otros problemas!

CAPÍTULO 12 : La irrupción de Nico

El sol de las cuatro de la tarde caía implacable sobre el Club de Campo. Después del calor sofocante de la mañana en la finca, el lugar era un hervidero de movimiento: chicos del pueblo corriendo con raquetas, grupos en las tumbonas de la piscina y el olor persistente a hierba cortada mezclado con protector solar.

Estaba sentada en una de las mesas de madera bajo la sombra de la pérgola, con una botella de limonada helada entre las manos y la sudadera gris de Manuel guardada en mi bolso. Desde que nos levantamos esa mañana, una electricidad extraña y dulce flotaba entre nosotros. No habíamos vuelto a hablar de lo que pasó en el muelle, pero cada vez que nos cruzábamos en el pasillo o en la cocina, el recuerdo de sus dedos buscando mi meñique a oscuras me ponía el pulso al revés.

A unos cincuenta metros, en la cancha de fútbol, los chicos jugaban un partido improvisado.

Manuel llevaba una playera blanca arrugada por el sudor, los rizos despeinados pegados a la frente y la piel encendida por el esfuerzo. Se movía con la fluidez de siempre, esquivando rivales con esa confianza natural que solía desesperarme. Cada tanto, entre pase y pase, su mirada se desviaba levemente hacia las mesas de la pérgola. Hacia mí.

—¿Sigue corriendo con las mismas ganas el recién llegado de Madrid?

La voz masculina sobre mi cabeza me hizo dar un pequeño salto en la silla.

Giré la cara y me encontré con la sonrisa ancha y libre de Nico. Llevaba una camiseta sin mangas, la pala de pádel colgada del hombro y una toalla sobre el cuello. Era alto, simpático y tenía esa desenvoltura relajada de quien no le teme a nada. Desde que coincidimos en la entrada de casa el día que Manuel llegó, cuando Nico pasó a saludar a mi papá, los dos habían cruzado apenas un par de miradas heladas.

—Hola, Nico —saludé, acomodándome un rizo detrás de la oreja con torpeza—. Sí, parece que todavía le queda energía.

—Eso veo —sonrió Nico, apoyando una mano en el respaldo de la silla vacía a mi lado—. Estás muy bronceada, Oli. Te sienta bien el verano.

—Gracias —murmuré, sintiendo un calor repentino en las mejillas.

Él no tardó ni dos segundos en tomar asiento sin pedir permiso, acercando la silla para quedar de frente a mí.

—Justo te vi sola y vi la oportunidad de hablar a solas un rato —dijo Nico, bajando la voz a un tono más cercano, cómplice—. Desde que llegaron no había tenido espacio para acercarme sin que tu grupo te acapare.

—Sí, la finca siempre es un caos cuando llegan todos —sonreí apenas, acomodando la botella de limonada entre mis manos.

—Se nota —se rió Nico, apoyando los codos sobre la mesa de madera e inclinándose un poco hacia mí con una mirada directa que no disimulaba su interés—. Oye, con unos amigos vamos a estar en el parador del río más tarde, cuando baje un poco el sol. Hay buena música y está tranquilo. Ven conmigo a tomar algo fresco, anda.

—Ah... no sé, Nico, seguro en la casa tenemos planes para más tarde y...

—Vamos, Oli, no seas aburrida. Es solo un rato —insistió con una sonrisa encantadora, estirando la mano para dar dos golpecitos juguetones sobre la mesa, peligrosamente cerca de la mía—. Te paso a buscar si quieres, o caminamos por la sombra. Prometo devolverte entera antes de la cena.

Iba a responderle cuando un sonido seco y ensordecedor sacudió el ambiente.

¡BANG!

La cerca de alambre tejido que delimitaba la cancha de fútbol retumbó con una violencia tremenda, justo a medio metro de la cabeza de Nico. El impacto del balón hizo vibrar la estructura metálica con un zumbido agudo que nos hizo saltar a los dos de la mesa. Nico se echó hacia atrás por instinto, levantando los brazos con los ojos abiertos de par en par.

—¡Mala mía! —resonó una voz desde el centro del campo.

Giré la cabeza de golpe.

Manuel estaba parado a la mitad de la cancha, con las manos en las caderas y el pecho subiendo y bajando a ritmo acelerado. Tenía la cara seria, la mirada clavada directamente en la mano de Nico sobre mi mesa y ni el más mínimo rastro de arrepentimiento en los ojos.

—¡Se me fue el pie! —gritó Manuel, caminando despacio hacia la cerca sin quitarle la vista de encima a Nico—. ¿Todo bien por allá?

Nico acomodó la pala sobre su hombro, soltando un resoplido molesto mientras se ponía de pie y se limpiaba el polvo que había saltado de la reja.

—Casi me vuelas la cabeza —retrucó Nico con tono picado.

—Por eso preguntaba —respondió Manuel con una calma falsa que no se creía ni él mismo, llegando hasta el límite del alambre y apoyando los brazos sobre la parte superior de la cerca. Paseó la mirada de la mano de Nico a mi cara, fijándola en mí con una intensidad y un enojo tan indisimulables que me encendió la piel—. Se terminó el partido, Oli. Ya nos vamos para la casa y tu mamá dijo que volvíamos todos juntos.

Me quedé mirándolo con la boca entreabierta, aguantándome la mezcla de molestia y risa que me subía por la garganta. Manuel estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por sonar casual, pero la mandíbula apretada, el pecho agitado y la forma en que no le quitaba los ojos de encima a Nico lo delataban por completo. Estaba ardiendo de celos y era la cosa más obvia del mundo.




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