Verano, besos y otros problemas!

CAPÍTULO 13 Ataque de celos POV: Manuel

Estuve a punto de romperme los nudillos contra la reja de la cancha.

No lo hice porque, además de celoso, no pensaba convertirme en el idiota que terminaba la tarde con la mano hinchada por culpa de otro tipo.

Aunque, sinceramente, no estaba muy lejos de hacerlo.

Caminé hacia la entrada del club con los puños apretados dentro de los bolsillos del pantalón corto y la mandíbula tan tensa que empezaban a dolerme los dientes.

La imagen de Nico sentado frente a Olivia no dejaba de repetirse en mi cabeza.

Su sonrisa.

La silla que había acercado a la mesa.

Su mano a centímetros de la de ella.

Y, sobre todo, la manera en que Olivia se había reído.

Con él.

Como si no llevara días poniéndome nervioso con una sola mirada. Como si no hubiera pasado la noche anterior con los dedos entrelazados con los míos, apoyada en mi hombro, pidiéndome que no la soltara todavía.

¿Quién demonios se creía Nico?

Llegaba, se sentaba frente a ella y la invitaba al parador como si nada. Como si yo no estuviera a pocos metros, intentando recordar cómo se jugaba al fútbol mientras lo veía coquetear con la chica que llevaba diez meses intentando olvidar.

Diez meses.

Y había bastado una tarde para descubrir que seguía siendo igual de fácil perder la cabeza por Olivia.

Genial.

Simplemente genial.

Cuando llegué a la pérgola de la entrada, ella ya estaba allí, esperándonos junto a la barandilla de madera, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Los demás todavía andaban repartidos por el club. Desde la zona de la piscina llegaban las risas de los mellizos y, a lo lejos, Greta protestaba porque Fermín le había quitado las chancletas.

Una tarde normal.

Todo el mundo parecía estar pasándoselo bien.

Todo el mundo menos yo.

Olivia levantó la mirada en cuanto me acerqué.

Y sonrió.

No una sonrisa dulce ni de esas que me hacían olvidar por qué estaba enfadado. Era una sonrisa pequeña, ladeada, demasiado satisfecha para mi tranquilidad.

La reconocí al instante.

Estaba disfrutando de aquello.

—¿Vas a quedarte ahí con cara de perro rabioso o piensas contarme qué te pasa?

Me detuve a su lado.

—No me pasa nada.

Olivia soltó una risa breve.

—Claro. Y yo soy la reina de España.

—No empieces, Oli.

—¿Que no empiece qué? ¿A preguntarte por qué llevas media hora mirando a Nico como si estuvieras decidiendo dónde enterrarlo?

Aparté la mirada hacia la carretera.

Los olivos se mecían suavemente con la brisa de la tarde. Por alguna razón, me parecieron muchísimo más interesantes que la conversación que estaba a punto de tener.

—Estás exagerando.

—Manuel, casi le arrancas la cabeza con un balón.

—Se me fue el pie.

—Claro.

—¡Se me fue el pie! —repetí, volviéndome hacia ella.

Olivia alzó las cejas.

—¿Y también se te fue la cabeza cuando decidiste que teníamos que regresar a casa dos horas antes de la cena?

Abrí la boca.

La cerré.

Maldita fuera.

—Tu madre dijo que volviéramos juntos.

—Mi madre no dijo nada de eso.

—Bueno, lo dijo Fermín.

—Fermín estaba jugando al fútbol contigo.

—Entonces lo dije yo.

Olivia me observó durante unos segundos.

Después negó despacio con la cabeza.

—Eres increíble.

No sonó como un cumplido.

—Gracias.

—No era un cumplido, idiota.

—Lo había sospechado.

Se le escapó una sonrisa, pero desapareció enseguida.

Y ahí estaba otra vez esa sensación absurda en el pecho. La misma que me había acompañado desde que regresé de Madrid: las ganas de hacerla reír y el miedo a descubrir qué significaba para ella que yo lo intentara.

Solo que ahora tenía a Nico en medio.

Nico, que no parecía tener ningún problema para acercarse a ella, invitarla a salir y dejarle claro lo que quería.

—¿Qué te molesta tanto? —preguntó Olivia.

La miré.

—¿Qué?

—Que hablara con Nico. Que me invitara al río. Que me hiciera reír. Elige la opción que más te guste.

—No me molesta que hables con él.




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