El problema de despertarte después de haberle confesado a tu mejor amigo que llevabas un año entero pensando en su beso era que, a la mañana siguiente, no tenías la menor idea de cómo actuar.
Antes podía verlo despeinado, con cara de sueño y una camiseta vieja, y lo único que se me pasaba por la cabeza era decirle que necesitaba una ducha urgente. Ahora me preguntaba si recordaría que me había dormido en su hombro, si le daría vueltas a lo que habíamos hablado en la casita del árbol o si, al verme, tendría ganas de sonreír.
O peor: si intentaría besarme otra vez.
Esa última duda me tuvo mirando las vigas del techo de mi habitación durante veinte minutos. Era una estupidez. Habíamos cruzado esa línea dos veces, así que tampoco estábamos descubriendo una especie animal nueva. Pero cuando bajé a desayunar y lo vi sentado a la mesa, me costó un esfuerzo ridículo caminar como una persona normal.
—Buenos días —dijo, levantando la cabeza del plato.
Me miró. Sonrió. Casi me tropiezo con la pata de una silla.
—Buenos días —respondí, procurando que la voz no me saliera chillona.
Manuel apartó la silla de al lado para que me sentara. Un gesto simple. Lo había hecho mil veces. ¿Por qué de pronto parecía el protagonista de una película?
—¿Dormiste bien? —preguntó.
—Sí. Perfecto. —Mentira total. —¿Tú?
—Más o menos.
Lo miré de reojo. Él me estaba mirando a mí. Apartamos la vista al mismo tiempo, directo a la mesa. Íbamos a morir de tensión antes del almuerzo.
—¿Por qué están tan raros? —soltó Greta desde el otro lado, untando mantequilla en una tostada.
Casi me ahogo con el jugo de naranja.
—¿Quiénes? —disimulé.
—Ustedes dos. Tienen una cara rarísima.
—Estamos desayunando, Greta —contestó Manuel, sirviéndose café.
—Qué observación tan profunda, hermano.
—Gracias. Hago lo que puedo.
Greta entrecerró los ojos con desconfianza. Yo me concentré en mi tostada con la precisión de un cirujano. Cuando Greta ponía esa cara, significaba que acaba de abrir un expediente de investigación. Y no podía enterarse por nada del mundo de que la noche anterior su hermano y yo nos habíamos tomado de la mano a oscuras.
Por suerte, mi mamá apareció en la cocina con una lista en la mano.
—Necesito que alguien vaya al pueblo vecino —anunció—. Faltan detergente, bombillas para el pasillo y varias cosas para la despensa.
Mi papá ni levantó la cara del periódico.
—Que vaya alguien capaz de leer la lista sin traer la mitad de la tienda.
—Entonces Fermín queda descartado —dije.
—¡Te escuché, Olivia! —gritó Fermín desde el patio.
—Esa era la idea.
Mi mamá suspiró, acostumbrada al ruido diario.
—Olivia, ¿puedes ir tú en el coche?
—Claro.
—Yo voy con ella —se ofreció Manuel, juntando las tazas vacías. Lo dijo tan tranquilo que me dio un vuelco el estómago.
—Buenísimo, así no tardan tanto —asintió mi mamá—. Traigan también el pan.
—Y helado —agregó Greta.
—El helado no está anotado —le marcó él.
—Qué aburrido eres, Manuel.
—Y aun así aquí estás, desayunando conmigo.
—Porque mamá no me deja venderte por internet.
Me reí y Manuel me miró. Por un segundo volvimos a ser los mismos de siempre. Los de toda la vida.
Hasta que mi papá apoyó la taza de café con un golpe seco sobre la mesa.
—¿Van los dos solos?
Manuel se congeló con la jarra en la mano. Yo me quedé quieta. Mi papá nos examinó con esa cara que nunca dejaba saber si estaba a punto de regañarte o si simplemente pensaba en sus asuntos.
—Sí —intervino mi mamá—. ¿Pasa algo, Francisco?
Él miró a Manuel. Después me miró a mí.
—Nada —hizo una pausa tensa—. Conduzcan despacio.
—Vamos aquí cerca, papá. No nos vamos a otra provincia.
—Regresen antes del mediodía.
—Sí, señor —respondió Manuel con una seriedad militar impecable. Tuve que morderme el labio para no soltar la carcajada.
Mi papá volvió a su periódico, pero justo cuando salíamos por la puerta trasera, lo escuché rezongar:
—Y no se olviden de las bombillas.
El silencio en el coche duró exactamente diez minutos. Diez minutos en los que me dediqué a mirar por la ventanilla, a juguetear con el cinturón de seguridad y a notar cada vez que Manuel cambiaba de marcha.
Era ridículo. Salíamos juntos a todas partes desde los siete años, pero ahora la presencia de los dos a solas en un espacio tan pequeño se sentía cargada de electricidad.
—Puedes hablar, ¿sabes? —dijo Manuel sin quitar la vista de la carretera—. No muerdo.
Editado: 03.11.2026