El problema de regresar de una cita con tu mejor amiga era que, técnicamente, no podías contarle a nadie que habías tenido una cita.
Sobre todo si habías pasado la última media hora tomándole la mano, compartiendo un helado y sonriendo como un idiota cada vez que ella te miraba.
No era que me arrepintiera. Ni un poco. El problema era que tenía que regresar a la finca, sentarme a comer con su familia y fingir que mi mañana se había resumido estrictamente en comprar bombillas y detergente. Una misión perfectamente normal. Sin besos furtivos en el pasillo del supermercado. Sin manos entrelazadas en la plaza. Sin una chica de rizos rojizos apoyando la cabeza en mi hombro mientras yo deseaba que el tiempo se detuviera.
Facilísimo.
—Deja de sonreír —soltó Olivia desde el asiento del copiloto.
La miré de reojo mientras frenaba cerca del portón.
—No estoy sonriendo.
—Manuel, tienes una sonrisa de comercial de crema dental.
—Así es mi cara.
—Tu cara normal parece la de alguien que acaba de recibir una multa de tránsito.
—Gracias por el cumplido.
Se rio y volvió a mirar por la ventanilla. Yo intenté poner cara de póquer, pero la sonrisa regresó sola. Había algo ridículo en estar tan feliz por una mañana en la que no había ocurrido nada fuera de este mundo. No habíamos decidido que éramos novios. Ni siquiera habíamos hablado de qué significaba exactamente lo que estaba pasando entre nosotros.
Solo nos habíamos tomado de la mano. Y por alguna razón, eso me alcanzaba para andar todo el día con cara de despistado.
—Oye —murmuró Olivia.
—¿Qué?
—Cuando bajemos, nos comportamos como siempre.
Asentí.
—Por supuesto.
—Nada de miradas raras.
—Jamás.
—Nada de sonreírnos sin motivo.
—No sé de qué me hablas.
—Y, por favor, no hagas ninguna de tus cosas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosas?
—Las que haces cuando te pones nervioso.
—Yo nunca me pongo nervioso.
Olivia soltó una carcajada.
—Claro. Y mi papá es un hombre relajado.
Mencionar a Francisco me hizo recordar que estábamos a punto de pisar terreno minado.
—¿Crees que sospeche algo?
Ella dejó de reírse.
—¿Mi papá?
—No, el jardinero. Sí, tu papá.
—No tiene por qué sospechar nada.
—Eso no responde a mi pregunta, Rojita.
Olivia se quedó pensando un segundo.
—Bueno... ayer me preguntó por qué estabas tan callado durante la cena.
—¿Y qué le dijiste?
—Que estabas cansado.
—¿Y se lo creyó?
—Me miró durante diez segundos sin parpadear.
Tragué saliva.
—Estamos muertos.
—No seas dramático.
—Tu papá tiene una pala en el cobertizo, Olivia.
—Mi papá tiene muchas herramientas.
—Ese es justamente el problema.
Ella volvió a reírse y, antes de abrir la puerta del coche, me dedicó una sonrisa que me hizo olvidar cualquier sospecha.
En cuanto bajó del auto, estiró la mano hacia mí por pura costumbre, como habíamos hecho toda la mañana en la plaza. En cuanto sus dedos rozaron los míos a la vista de la casa, reaccionó como si hubiera tocado un cable de alta tensión y retiró la mano de golpe, mirando hacia el porche con pánico.
—Iba a darte la mano —susurró, poniéndose roja hasta las orejas.
—Ya me di cuenta.
—No me mires así. Fue un reflejo.
—Un reflejo bastante interesante.
—Cállate, Manuel. Como mi papá nos haya visto, le echas la culpa al sol.
Se dio la vuelta a toda prisa y echó a andar hacia el porche. Yo fui detrás, sonriendo otra vez. Y ahí cometí mi primer error.
Francisco estaba en el porche. Por supuesto que estaba en el porche. Sentado en su silla de mimbre, con una taza de café en la mano y un libro abierto, parecía un hombre disfrutando de una mañana tranquila. Pero yo conocía esa mirada. Era la mirada de un fiscal de tránsito que podía detectar una infracción a cincuenta metros y recordar tu nombre completo aunque te hubieras cambiado el apellido.
Olivia llegó primero a los escalones.
—¡Ya llegamos!
Francisco levantó la vista despacio por encima del papel.
—¿Encontraron todo?
—Sí, está todo en el maletero —respondió ella rápido—. Mamá tenía razón con lo de las bombillas. Las del pasillo estaban todas quemadas.
Editado: 03.11.2026