El problema de tener la mano de Manuel entrelazada con la mía era que empezaba a parecerme demasiado fácil quedarme.
Hacía apenas unos minutos había apoyado la cabeza en su hombro, convencida de que, si me movía demasiado, iba a romper algo. Una tregua. Una promesa que ninguno de los dos se había atrevido a formular. O esa pequeña parte de mí que llevaba diez meses intentando fingir que Manuel García ya no podía ponerme nerviosa.
Y ahora estaba allí, sentada a su lado en el muelle, con los dedos encajados entre los suyos y la sensación absurda de que no necesitaba nada más.
Lo cual era peligroso.
Porque todavía tenía preguntas. Demasiadas.
Quería saber cómo habían sido sus días en Madrid, por Micaela, si alguna vez había pensado en llamarme. Quería preguntarle qué había pasado en el depósito, por qué me había mirado de aquella manera y si él también había sentido que, de haber tardado un segundo más en apartarnos, nos habríamos besado.
Pero no pregunté nada.
Después de tantos meses esquivándonos, aquella calma me parecía demasiado frágil para arriesgarla con una pregunta equivocada.
Así que me quedé junto a él, escuchando el agua y tratando de memorizar la sensación de sus dedos alrededor de los míos.
—¡Ejem!
Nos separamos de golpe.
O, mejor dicho, intentamos hacerlo.
Nuestras manos se soltaron tan rápido que terminé golpeándome los dedos contra la madera. Manuel dio un respingo a mi lado y se giró hacia el sendero con una expresión que habría resultado sospechosa hasta para un niño de cinco años.
Yo no estaba mucho mejor.
—¿Se puede saber qué hacen ustedes dos despiertos a estas horas?
Mamá.
Por supuesto que tenía que ser mamá.
Joaquina estaba al comienzo del muelle, envuelta en su bata y con los lentes ligeramente torcidos. Nos observaba con una expresión demasiado tranquila para alguien que acababa de descubrir a su hija y al chico al que prácticamente había criado juntos sentados a solas en mitad de la noche.
Una sonrisa amenazaba con escapársele.
Quise desaparecer.
—Buenas noches, Joaquina —saludó Manuel.
El muy traidor había recuperado la voz antes que yo.
Se pasó una mano por el pelo, intentando acomodarse los rizos. El gesto solo consiguió despeinarlos todavía más.
—No podíamos dormir —añadió.
Mamá levantó las cejas.
—Eso veo.
—Mamá...
—¿Qué? No he dicho nada.
Precisamente ese era el problema. Cuando mamá no decía nada, significaba que estaba pensando demasiado.
Se ajustó los lentes y miró nuestras caras, después el espacio que nos separaba y, por último, mis pies descalzos.
Yo habría jurado que podía escuchar sus conclusiones formándose una por una.
—Vi la luz de la galería encendida y salí a comprobar que no hubiera ningún perro rondando por aquí —explicó—. No esperaba encontrarme una reunión clandestina.
—Estábamos tomando el aire —dije.
La respuesta salió demasiado rápido.
Mamá me miró.
Yo la miré.
Manuel tuvo la decencia de permanecer callado.
—Claro, Olivia. El aire —repitió ella, con una seriedad que no engañaba a nadie—. Espero que al menos sea fresco, porque a estas horas no se me ocurre otra razón para que estén aquí.
—Es bastante fresco —intervino Manuel.
Lo miré, horrorizada.
¿De verdad estaba intentando hacer chistes?
Mamá soltó una risa bajita.
—Tú no me ayudes, Manuel.
—Perdón.
No parecía arrepentido en absoluto.
Mamá señaló el sendero con la barbilla.
—Cinco minutos. Después, cada uno a su habitación. Y procuren no despertar a Francisco, porque si se levanta a beber agua y los encuentra aquí, no pienso inventarles una excusa.
—Entendido —respondió Manuel.
—Y no pongas esa cara de inocente. Te conozco desde que eras así de pequeño.
Levantó una mano a la altura de la cintura.
Manuel sonrió.
—Sigo siendo inocente.
—Sí, claro. Y yo tengo veinte años.
Esta vez no pude contener la risa.
Mamá me señaló con un dedo.
—Tú tampoco te rías, señorita.
—No me estoy riendo.
—Por supuesto que no.
Se dio la vuelta, todavía sonriendo, y comenzó a caminar hacia la casa.
Antes de desaparecer por el sendero, añadió por encima del hombro:
Editado: 03.11.2026