Verano, besos y otros problemas!

CAPÍTULO 14: La fiesta de la espuma

Lo peor de discutir con Manuel era que, incluso cuando tenía razón, lograba dejarme dándole vueltas a la cabeza durante horas.

Estaba frente al espejo de mi cuarto poniéndome perfume en las muñecas, pero todavía escuchaba su voz resonándome adentro.

«No es mi culpa que me vuelva loco verte con él».

Cerré los ojos un segundo. Rabia pura.

Maldito Manuel. Había pasado diez meses en Madrid y, en lugar de volver siendo una persona normal, parecía decidido a complicarme la vida de todas las formas posibles. Primero regresaba sin saber ni cómo saludarme. Después me tomaba la mano en el muelle a oscuras. Luego casi nos besamos en el depósito y, cuando por fin parecía que iba a decirme qué demonios le pasaba, le entraban unos celos ridículos porque Nico me invitaba a tomar algo.

Y lo peor de todo era que yo estaba acá, parada frente al espejo, pensando en él. En cómo me había mirado cuando le pregunté qué tipo de chico necesitaba. En el silencio pesado que se armó entre los dos. En todo lo que quería decirme y se le quedaba atascado en la garganta.

Me aparté del espejo de golpe.

No. Ni loca iba a pasarme el viernes a la noche intentando descifrar el manual de instrucciones de Manuel García. Tenía diecisiete años, estaba de vacaciones y en la plaza del pueblo organizaban la Fiesta de la Espuma. Había música, amigos y un cañón gigante listo para cubrir a todo el mundo de blanco.

Me puse un pantalón corto de mezclilla, una blusa verde oliva y me dejé los rizos sueltos. Guardé el teléfono en el bolso y bajé corriendo las escaleras.

La sudadera gris de Manuel seguía doblada sobre la silla de mi cuarto. No se la había devuelto. Tampoco pensaba llevársela ahora. Una cosa era estar confundida y otra muy distinta alimentarle el ego.

En el salón, mis padres estaban tranquilos. Papá leía un libro de historia y mamá terminaba de acomodar unas revistas.

—Mamá, me voy a la plaza con las chicas —anuncié, agarrando las llaves.

Joaquina levantó la vista de inmediato.

—Espera, Olivia. Llévate a Manuel.

Parpadeé, frenándome en seco.

—¿A Manuel? Mamá, no creo que tenga ganas de ir a una fiesta de la espuma.

—Que decida él. Además, lleva todo el día encerrado en el cuarto o dando vueltas por el patio como alma en pena. A los diecisiete años no se pasa un viernes mirando las paredes.

Desde el sillón, papá bajó el libro unos centímetros.

—A los diecisiete años uno debería estudiar, comer y dormir. Lo demás son distracciones.

Mamá lo miró despacio, con esa sonrisa que anunciaba peligro.

—Francisco, ¿quieres que recuerde lo que hacías tú a los diecisiete? Porque yo me acuerdo perfectamente de cierta fiesta en la que volviste a casa sin zapatos.

Papá cerró el libro de golpe.

—Olivia, llegas antes de la medianoche.

—¡Si ni siquiera salí todavía!

—Por eso mismo, vamos bien con el tiempo.

Mamá se rió, quitándole el libro de las manos para dejarlo en la mesa, mientras yo aprovechaba para escapar hacia la puerta.

—Manuel ya baja —avisó ella.

—¿Cómo que ya baja? —protesté.

—Le dije que ibas a salir y que los acompañaras.

Escuché los pasos en la escalera antes de poder reclamarle nada. Manuel apareció en el último escalón con una camiseta negra, el pelo medio húmedo y las manos en los bolsillos. Tenía los rizos peinados hacia atrás, aunque algunos ya se le caían sobre la frente.

Nuestras miradas se cruzaron y la tensión volvió a instalarse en el aire como si nunca se hubiera ido.

—¿Nos vamos? —preguntó, con esa sonrisa pequeña y de lado que tanto me molestaba.

—Fantástico —refunfuñé.

—Yo también me alegro de verte, rojita.

Le lancé una mirada asesina, pero la risa baja que soltó mientras abríamos la puerta me dejó claro que, después de diez meses, todavía sabía perfectamente qué botones tocar para volverme loca.

La plaza era un descontrol hermoso. La música sonaba fortísima desde unos parlantes gigantes, las luces de colores brillaban entre los árboles y el cañón lanzaba montañas de espuma sobre la gente que bailaba.

—Voy a buscar a las chicas —le dije a Manuel en cuanto pisamos el centro.

—Dale. Nos vemos después.

Me alejé antes de que a mi cabeza se le ocurriera buscar una excusa para quedarme parada a su lado. Encontré a mis amigas cerca de la pista y en cinco minutos ya tenía la cabeza y los hombros llenos de espuma.

Nico apareció poco después con dos vasos de limonada. Era divertido, atento y fácil. Con él no había que medir cada palabra ni ponerse a descifrar silencios raros. Estuvimos bailando, riéndonos y esquivando a la gente que se resbalaba en el suelo.

Durante un buen rato, logré olvidarme de Manuel.

Hasta que miré hacia la barra.




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