Verano, besos y otros problemas!

CAPÍTULO 17 : La interrupción del destino

El aire se me había escapado del pecho por completo.

«No hay nadie más, rojita. Nunca hubo nadie más. Eres tú. Siempre fuiste tú».

Las palabras de Manuel se me quedaron flotando en el aire, derribando de golpe los diez meses de distancia, de orgullo y de miedo que nos habían separado. Lo miré a los ojos en medio de la penumbra del cobertizo, sintiendo cómo se me deshacía ese nudo amargo que llevaba guardado desde que él se fue a Madrid.

—A mí también, Manuel… —susurré, y la voz se me cortó mientras el agua de la lluvia me corría por la cara—. Pasé todo este año intentando convencerme de que a ti no te importaba nada.

Manuel soltó un suspiro corto y la mirada se le llenó de una mezcla de alivio y torpeza que me oprimió el corazón.

—Perdóname, Oli… —murmuró, pasándose una mano mojada por la nuca—. Fui un tonto. No sabía cómo hablarte sin arruinarlo.

Se inclinó despacio y me besó.

Fue un beso dulce, tembloroso al principio, de esos que nacen de los nervios de no saber muy bien qué hacer con las manos después de tanto tiempo. Pero en un segundo la distancia se borró. Le pasé los brazos alrededor del cuello, sintiendo sus rizos mojados entre mis dedos, y Manuel me rodeó la cintura con firmeza para pegarme a él.

Olía a lluvia, a tierra húmeda y a ese aroma suave que era solo suyo. El ruido del diluvio sobre el techo de chapa parecía haber quedado lejos, como si el mundo entero se hubiera pausado para dejarnos recuperar el tiempo perdido. Sus labios buscaban los míos sin prisa, con una ternura tan real que sentí que las piernas se me hacían de gelatina.

Estábamos abrazados en medio del refugio cuando dos luces blancas, enormes, iluminaron las maderas de la caseta.

—¡Manuel! ¡Olivia! ¡¿Están ahí adentro?! —resonó la voz de Sebastián desde el camino de barro, acompañada por el motor de la camioneta y un bocinazo seco.

El susto nos hizo dar un salto a los dos.

Nos separamos en un milisegundo. Manuel dio un paso atrás a ciegas, pasándose la mano por el pelo mientras soltaba una risa nerviosa entre dientes. Yo me pegué de espalda contra las tablas de madera, tocándome las mejillas ardiendo y tratando de acomodarme la ropa para que no fuera tan evidente lo que acababa de pasar.

Manuel tardó un par de segundos en recuperar el aliento, caminó hacia la puerta y quitó el listón para abrirla.

La camioneta de sus padres estaba parada a unos metros en el barrizal, con los faros encendidos y los limpiaparabrisas moviéndose a toda velocidad. La puerta del copiloto se abrió de golpe y Sebastián nos miró desde adentro con una mezcla de alivio y bronca paternal.

—¡Suban rápido, por favor! —gritó por encima del ruido de la tormenta—. ¡Llevamos media hora buscándolos! ¡Su madre casi se muere del susto en la casa!

—¡Ya vamos! —respondió Manuel, con la voz un poco rasposa.

Se giró un segundo hacia mí y me extendió la mano para ayudarme a salir del cobertizo. Tenía la camiseta pegada al cuerpo por el agua y los rizos cayéndole sobre la frente, pero al cruzar su mirada con la mía me dedicó una sonrisa pequeña, casi invisible, que me encendió la cara de vuelta.

Salimos corriendo bajo el agua y nos subimos a la parte trasera de la camioneta.

El cambio fue rotundo. Adentro estaba todo tibio, olía a cuero húmedo y la calefacción estaba encendida a tope. En el asiento delantero, Candela se giró de inmediato para pasarnos un par de toallas secas.

—¡Pero miren cómo están! ¡Empapados hasta los huesos! —exclamó con preocupación—. Cuando Nico avisó en la plaza que te habías ido caminando sola, Olivia, a tu papá casi le da algo. Menos mal que Manuel fue a buscarte.

—Estamos bien, mamá… —murmuró Manuel desde su esquina, envolviéndose la toalla alrededor del cuello.

—Séquense bien el pelo antes de que se resfríen —insistió Candela mientras la camioneta avanzaba despacio por el camino lleno de pozos.

Me envolví en la toalla, bajando la cabeza para disimular lo roja que tenía la cara.

A mi lado, pegado a la puerta, estaba Manuel.

El espacio atrás era chico y la tensión entre los dos se podía sentir en el aire. Cada vez que la camioneta agarraba un pozo en el barro, sus hombros o sus piernas rozaban los míos. Él miraba por la ventana hacia la oscuridad, disimulando frente a sus padres, pero con una postura relajada que no tenía hacía meses.

Por debajo de la toalla que nos cubría las piernas, sentí el roce suave de sus dedos.

Buscó mi mano en la oscuridad y entrelazó los suyos con los míos en un agarre firme, apretado. Le devolví el apretón con la misma fuerza, disimulando una sonrisa pequeñita que me llenaba el pecho.

Sebastián nos había interrumpido en el cobertizo, pero mientras volvíamos a la finca bajo la tormenta, sintiendo el calor de sus dedos guardado en los míos, supe que las cosas entre nosotros ya habían cambiado para siempre.




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