El sol de las cuatro de la tarde caía como un manto de oro sobre el arroyo.
Después del almuerzo familiar con mis tíos en el parador, el calor de Córdoba se había vuelto casi sofocante. El resto de la casa dormía la siesta o charlaba a la sombra en la galería, pero Olivia y yo habíamos escapado hasta la orilla del agua, donde las ramas caídas de los sauces llorones creaban una especie de refugio verde y fresco, escondido de la vista de todos.
—Si me ganas esta carrera, Serrano, te lavo los platos del almuerzo por un mes —desafió Olivia, ajustándose el chaleco salvavidas rojo y sujetándose los rizos en un rodete despeinado en lo alto de la cabeza.
Estaba sentada en su kayak individual, sosteniendo el remo con las dos manos y dedicándome esa sonrisa desafiante que siempre hacía que se me acelerara el corazón. Llevaba un traje de baño de dos piezas azul oscuro bajo el chaleco y tenía la piel dorada por el sol, salpicada por pequeñas pecas y gotas de agua.
—Vas a perder, rojita —sonreí, acomodándome en el mío y hundiendo el remo en la corriente—. Y conste que no te voy a tener lástima.
—¿Lástima? —se rió ella, echando la cabeza hacia atrás—. Sigue soñando.
Salimos disparados al mismo tiempo.
El agua del arroyo salpicaba fresca contra mi pecho mientras remábamos a la par, esquivando las rocas redondas del fondo y las sombras de los árboles. Durante doscientos metros fue una lucha cuerpo a cuerpo. Escuchaba su respiración agitada, sus risas espontáneas cuando el agua le daba de lleno en la cara, y esa determinación pura con la que manejaba el remo.
Al llegar a la curva final, cerca de la gran piedra donde la corriente se calmaba, Olivia hizo un maniobra perfecta entre los juncos y cruzó la línea imaginaria un segundo antes que yo.
—¡Gané! —gritó, levantando los brazos al cielo con un entusiasmo tan contagioso que fue imposible no contagiarme.
—Tuviste suerte con la corriente —protesté, riendo mientras acoplaba mi kayak al suyo.
—¿Suerte? Se llama talento, Manuel —retrucó con orgullo.
No aguanto la tentación. Con un movimiento rápido, me desabroché el chaleco, lo tiré sobre el kayak y me dejé caer de espalda al agua. El impacto frío me recorrió la columna, quitándome el calor de la tarde en un segundo.
—¡Manuel! —escuché que gritaba Olivia antes de que me sumergiera.
Emergí unos metros más adelante, sacudiéndome los rizos húmedos de la frente. Me di la vuelta y vi cómo Olivia, sin dudarlo ni un segundo, se quitaba su propio chaleco y se tiraba al agua tras de mí con un clavado limpio.
El arroyo en esa zona era profundo y transparente. Cuando Olivia emergió a mi lado, la corriente suave la empujó directo hacia mí.
Las risas se desvanecieron en el aire en un instante.
Nos quedamos flotando a escasos centímetros, rodeados por el murmullo suave del agua y el roce de las hojas de los sauces cayendo sobre la superficie. Olivia tenía el pelo empapado pegado a los hombros, los labios entreabiertos buscando aire y las pestañas cargadas de gotitas transparentes que brillaban bajo el sol.
Extendí los brazos por debajo del agua y mis manos encontraron suavemente su cintura, sosteniéndola a flote para que no tuviera que hacer esfuerzo.
El contacto de su piel tibia sumergida contra la mía envió una descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo entero. Olivia ahogó un pequeño suspiro, pero no se alejó. Apoyó sus manos en mis hombros descubiertos, buscando equilibrio, y me miró directo a los ojos con una intensidad que me desarmó por completo.
Ya no había excusas. No había reglas, ni miedo a que nos descubrieran, ni diez meses de distancia dándonos órdenes.
—Esa sonrisa tuya me va a matar un día de estos, Oli —susurré, y la voz me salió grave, rota por la cercanía.
—Entonces deja de mirarme así… —murmuró ella en un aliento apenas audible, aunque sus dedos se ajustaron con más fuerza en mis hombros, atrayéndome apenas un milímetro hacia ella.
—Imposible.
Llevé una mano a su nuca, enredando mis dedos húmedos en su pelo, y la atraje hacia mí.
La besé a plena luz del día, bajo la sombra protectora de los sauces.
Fue un beso profundo, lento, sumamente dulce pero cargado de una certeza tan absoluta que sentí que el mundo entero se alineaba. Sus labios sabían a agua fresca y a sol. Olivia soltó un suspiro suave contra mi boca y se pegó por completo a mí en el agua, rodeándome el cuello con los brazos mientras yo la sostenía por la cintura con firmeza, asegurándome de que supiera que no pensaba soltarla nunca más.
Nos besamos despacio, saboreando cada segundo, dejando que la corriente nos meciera suavemente. No había prisa. Cada roce de sus labios, la forma en que su respiración se mezclaba con la mía y el calor de su piel bajo el agua me confirmaban lo mismo: esto era real. Éramos nosotros, aquí y ahora.
Cuando finalmente nos separamos un par de milímetros para tomar aire, apoyé mi frente contra la suya. Olivia tenía las mejillas encendidas y una sonrisa pequeña y enamorada que le iluminaba toda la cara.
—Definitivamente —susurré, rozando su nariz con la mía en un mimo lento—, valió la pena perder la carrera.
Editado: 03.11.2026