—Ni loco te dejo sola, rojita.
La frase quedó suspendida entre los dos, temblando en el aire espeso de la noche. Olivia me miraba con los ojos desorbitados, despeinada, con la respiración entrecortada y sosteniéndome la mirada con esa mezcla de orgullo, dolor y rabia que siempre lograbas desarmarme por completo.
Estaba ahí, a un metro de mí, y el impulso de acortar esa distancia me estaba destrozando el pecho.
Iba a hablar, iba a pedirle perdón por la imbecilidad de mis celos en el club, por la forma en que actué toda la tarde y por haber sido un cobarde que no supo cómo buscarla. Quería explicarle que la chica de la barra no significaba absolutamente nada, que podía haber mil personas alrededor y yo solo tenía ojos para ella.
Pero un trueno seco, ensordecedor, retumbó justo sobre nuestras cabezas.
El cielo nocturno de Córdoba se rasgó de golpe con un relámpago violeta que iluminó la oscuridad con la violencia de una explosión.
—Mierda… —murmuré, alzando la cara de golpe.
Un segundo después, el cielo se vino abajo.
Fue una tormenta de verano pura, de esas crueles y repentinas de Andalucía que caen como una cortina helada. Las primeras gotas, gruesas y pesadas, impactaron contra la tierra seca levantando ese olor a barro fresco. En menos de cinco segundos, la lluvia nos golpeó de lleno, empapándonos la ropa, pegándome los rizos a la frente y haciendo que el camino de los olivares comenzara a transformarse en un barrizal.
—¡Manuel, nos vamos a ahogar! —gritó Olivia, intentando cubriste la cara con los brazos mientras el agua le caía a cántaros.
No lo pensé. Le tomé la mano con fuerza, entrelazando mis dedos con los suyos en un agarre firme, desesperado, sin dejarle margen para soltarse.
—¡Por acá! ¡Hay un cobertizo viejo a unos metros!
Eché a correr tirando de ella entre las hileras oscuras de los olivos. Los relámpagos iluminaban el suelo a intervalos casi ciegos. A unos cincuenta metros, recortada contra la cortina de agua, divisé la pequeña caseta de madera que usaban para guardar herramientas.
Llegamos tropezando, con las zapatillas resbalando en el lodo. Empujé la puerta desvencijada con el hombro y cedió con un chirrido seco. Nos colamos al interior justo cuando otro estruendo hizo temblar la tierra, y cerré la puerta de golpe, atrancándola con un listón de madera.
El ruido de la lluvia golpeando con furia contra el techo de chapa era ensordecedor, un repiqueteo salvaje que aislaba ese pequeño espacio del resto del universo.
Adentro reinaba una penumbra tibia, apenas iluminada por los destellos azulosos de los rayos que se colaban por las rendijas. El aire olía a paja, a madera vieja y, sobre todo, al aroma de Olivia multiplicándose con la humedad.
Ella estaba parada en el centro de la caseta, abrazándose a sí misma. Llevaba la blusa verde pegada al cuerpo por el agua y los rizos oscurecidos goteando sobre sus hombros. La vi temblar. Un temblor fuerte, involuntario, que le recorría toda la espalda por el cambio repentino de temperatura.
Verla tiritar me dolió en el alma. Fue el detonante que destruyó cualquier intento de cordura que me quedaba.
Corté la distancia entre los dos en dos zancadas. No pedí permiso. Pasé mis brazos con fuerza por detrás de su cintura y la pegué a mi cuerpo, envolviéndola en un abrazo voraz, desesperado, pegándola a mi pecho para transferirle todo el calor de mi piel.
Olivia ahogó un pequeño jadeo contra mi cuello. Durante un milisegundo se quedó rígida por la sorpresa, pero luego todo su cuerpo cedió. Se aferró a mí. Hundió la cara en el hueco de mi hombro, soltando el aire en un suspiro tembloroso, y sus manos mojadas buscaron mi espalda, agarrándose de mi camiseta húmeda como si yo fuera su único punto de agarre en medio del caos.
Me apretó contra ella. Y en ese instante, el mundo entero dejó de existir.
Sentí el calor de su piel atravesando la tela mojada, quemándome el pecho. Sentí su corazón batiéndose desbocado dentro de sus costillas, latiendo exactamente al mismo ritmo salvaje y descontrolado que el mío. La estreché más fuerte, escondiendo mi rostro en sus rizos mojados, respirando el aroma de su cuello, perdiendo la cabeza por completo.
Nos quedamos así, apretados el uno contra el otro, resguardados de la tormenta que destruía el mundo allá afuera.
Despacio, con una lentitud que me hacía temblar las manos, fui despegando mis brazos de su cintura para mirarla. Olivia alzó la cara. Tenía las mejillas encendidas, los labios entreabiertos y húmedos, y las pestañas cargadas de diminutas gotas de agua que brillaban con la luz parpadeante de la noche. Tenía un par de mechones mojados pegados a la piel suave de la mejilla.
Estiré la mano. Mis dedos, torpes y temblorosos por la intensidad de lo que sentía, le acomodaron el pelo detrás de la oreja. No me detuve ahí. Dejé que la yema de mi pulgar acariciara la curva de su pómulo y descendiera lentamente hasta su barbilla, rozando la piel tibia de su cuello.
Olivia cerró los ojos un segundo ante el contacto, soltando un hilo de aire caliente que me rozó los labios.
Nos miramos en un silencio absoluto, envueltos únicamente por el estruendo constante del agua sobre la chapa.
Editado: 03.11.2026