Verano, besos y otros problemas!

CAPÍTULO 24 Cómplices en la sombra

Nunca había pensado que tener un secreto pudiera ser tan divertido. Tampoco que resultara tan complicado.

Sobre todo cuando el secreto en cuestión tenía nombre, apellido, el pelo castaño alborotado y una sonrisa que me hacía perder el hilo de los pensamientos a mitad de una frase. Manuel. Mi mejor amigo. Mi nuevo problema favorito.

Llevábamos apenas unos días intentando descifrar cómo comportarnos después de lo que había pasado entre nosotros. No habíamos tenido una conversación oficial sobre qué éramos, ni habíamos decidido airearlo ante el mundo. Simplemente habíamos empezado a buscarnos. Y, por alguna razón, eso bastaba para que cada día se sintiera diferente.

El lunes, por ejemplo, descubrí que Manuel podía pasarme la mermelada en el desayuno y conseguir que olvidara cómo se sostenía una tostada. El martes, me mandó un mensaje antes de que me levantara. El miércoles, casi me atraganto cuando me guiñó un ojo desde el otro extremo de la mesa. Y el jueves entendí que ocultar algo así en medio de una familia numerosa era un deporte de alto riesgo.

Especialmente si uno de los integrantes se llamaba Fermín.

—¿Me estás escuchando o estás astralmente desconectada en otro planeta? —soltó mi hermano de repente, soltando el tenedor contra el plato como si acabara de presenciar un crimen.

Parpadeé, volviendo a la realidad a toda prisa.

—Por supuesto que te estoy escuchando.

—A ver, iluminación de mi vida, ¿qué acabo de decir sobre la trágica composición del menú de hoy?

Miré su plato medio vacío. Después su cara de mártir.

—Que tienes hambre.

—Eso lo sabe cualquiera con dos dedos de frente, Olivia. Ese no es el punto. Mi alma está vacía, pero tú ni siquiera miras mi sufrimiento. Demuestra que no me estabas prestando atención.

—Entonces no entiendo para qué me preguntas si ya sabes la respuesta.

Fermín entrecerró los ojos con un dramatismo digno de teatro independiente. Se inclinó sobre la mesa, bajando la voz como si revelara un secreto de Estado.

—Estás rara. Estás sospechosa. Estás... flotando.

—Estoy comiendo ravioles, Fermín.

—Estás mirando a Manuel como si fuera una obra de arte en el Louvre —murmuró, exagerando los gestos con las manos.

Casi se me cae el tenedor directo al plato. Me incliné hacia adelante, buscando que mi voz no viajara más allá de medio metro.

—¡No estoy mirando a Manuel! —siseé entre dientes, con los ojos abiertos de par en par.

Manuel, sentado a mi derecha, inclinó la cabeza apenas hacia mí y replicó en el mismo tono de susurro urgente, con una inocencia tan ensayada que daban ganas de golpearlo:

—¿De qué se me acusa en voz baja? ¿De existir demasiado fuerte?

—De nada —respondí al instante, pegando los codos al cuerpo.

—Eso suena a conspiración —susurró Fermín de vuelta, entornando los ojos y apuntándonos a ambos con el cuchillo sin filo—. Tienen un pacto. Lo huelo. Mis sensores artísticos detectan una vibra extraña entre ustedes desde esta mañana.

Le lancé a Manuel una mirada asesina por debajo de las pestañas. Él bajó la vista hacia su comida, mordiéndose el labio con fuerza para ocultar una sonrisa burlona. Un traidor de primera categoría.

—Últimamente están los dos muy payasos —sentenció Fermín de repente, retomando su tono normal y llevándose una mano al pecho como si el ambiente familiar lo asfixiara.

—Es que nos rodea gente con demasiado tiempo libre y una vocación no resuelta por la tragedia griega —respondió Manuel con una tranquilidad pasmosa, sirviéndose un poco más de agua.

Fermín se echó hacia atrás en la silla, horrorizado.

—¿Me estás llamando desocupado y teatrero? ¡A mí, que le aporto color a esta casa llena de grises!

—No quería ser tan directo, pero ya que abriste el debate...

—¡Mamá! —dramatizó Fermín, girándose hacia el otro extremo de la mesa—. ¡Manuel está agrediendo mi sensibilidad artística y Olivia es su cómplice silenciosa!

Mi mamá soltó una carcajada desde el otro extremo de la mesa. Yo aproveché para beber agua y recuperar algo de dignidad. Y justo en ese instante, sentí un roce contra my zapato.

Miré hacia abajo. El pie de Manuel había buscado el mío. Un segundo después, volvió a hacerlo.

Lo miré de reojo. Él seguía cortando su carne como si el mundo entero le importara un bledo. Apreté los labios para no sonreír. Su pie volvió a presionar el mío con suavidad, esta vez quedándose ahí, quieto.

De pronto, almorzar se convirtió en una misión de supervivencia: tenía que atender a mi mamá, responderle a Greta y fingir que no estaba temblando entera por el simple contacto de un zapato debajo de la mesa.

—Olivia, ¿me pasas el agua?

—Sí, claro.

Tomé la botella y se la acerqué a Fermín.

—Gracias. De paso, ¿por qué estás tan roja?

Cerré los ojos un segundo, maldiciendo mentalmente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.