No aguantaba un segundo más en esa fiesta.
La música retumbaba en la plaza, la espuma me caía sobre los hombros y, al lado de la barra, Manuel se reía con la rubia como si yo no hubiera pasado toda la tarde intentando entender qué demonios nos estaba pasando.
Ella se le acercó otra vez al oído. Él le sonrió.
Y se me terminó la paciencia.
—Nico, me voy —le dije, alzando la voz por encima de los parlantes.
Nico se giró hacia mí, sorprendido, con los dos vasos de limonada en las manos.
—¿Cómo que te vas? Si recién empieza.
—Me empezó a doler la cabeza —mentí. Me dolía algo más en el pecho, pero ni loca me ponía a explicárselo ahí en el medio de la plaza.
—¿Quieres que te acompañe?
—No, no hace falta. Le aviso a mi mamá y me vuelvo a casa. Quédate, nos vemos mañana.
No le di tiempo a insistir. Me despedí con la mano y me abrí paso entre la gente a los empujones, esquivando a dos chicos que bailaban como si los estuvieran atacando las avispas.
No miré hacia la barra. Ni de reojo. Sabía que si me daba la vuelta y me encontraba a Manuel mirándome, era capaz de cometer la estupidez de quedarme. Y de estupideces ya iba bien servida por hoy.
Al salir de la plaza, el retumbo de la música quedó amortiguado. El aire fresco me dio de lleno en la cara, aunque no logró borrarme la imagen de Manuel con esa chica. Me frené junto a una farola, saqué el teléfono y le mandé un mensaje rápido a mi mamá avisándole que ya volvía caminando para la finca, antes de que le diera por llamarme a interrogarme.
En lugar de tomar la calle principal, doblé directo hacia el camino de los olivares. Era más corto, estaba oscuro, pero necesitaba estar sola. Conocía ese sendero desde chica; podía recorrerlo con los ojos cerrados esquivando piedras y raíces.
El silencio me envolvió de golpe. A los dos lados del camino, los olivos se extendían bajo la luna y las ramas se movían despacio con el viento.
Respiré hondo, tratando de tragarme la rabia.
Manuel podía bailar con quien quisiera. Podía sonreírle a todas las chicas del pueblo y aceptar las invitaciones que le diera la gana. No éramos novios. Ni siquiera habíamos tenido una conversación seria desde que volvió de Madrid.
Anoche me agarró la mano en el muelle. Esta tarde le dieron unos celos ridículos por Nico. ¿Y ahora estaba ahí, riéndose con otra como si no pasara nada? ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo? ¿Quedarme parada como una tonta esperando a que se decida?
Me apreté el bolso contra el costado. Me daba una rabia enorme haberme ilusionado. Y me daba más rabia todavía que una parte de mí siguiera esperando que apareciera detrás, que me llamara por mi apodo y me explicara algo de todo este desastre.
Qué vergüenza me daba estar así. Había sobrevivido diez meses sin él; podía sobrevivir a una noche.
Un ruido a mis espaldas me hizo frenar en seco.
Pensé que era el viento en las ramas. Pero no. Eran pasos. Rápidos. Acelerados.
Me di la vuelta, agarrando el bolso como si pudiera usarlo de escudo.
—¿Hola?
Los pasos se sintieron más fuertes y el corazón se me disparó a mil por hora. De pronto, alguien gritó en medio de la noche:
—¡Olivia!
Reconocería esa voz en cualquier parte.
Manuel apareció corriendo por el sendero. Tenía la camiseta negra arrugada, los rizos vueltos un desastre sobre la frente y tuvo que frenar a dos pasos míos, doblándose por la mitad con las manos en las rodillas para poder respirar.
Lo me quedé mirando, helada. ¿Se estaba burlando de mí?
—¿Te volviste loca? —soltó entre bocanadas de aire.
Y ahí se me pasó el susto y me saltó la chispa.
—Buenas noches a ti también.
Manuel levantó la cabeza, agitado.
—¿Qué haces caminando sola por acá a estas horas?
—Volviendo a casa, Manuel. Es lo que hace la gente cuando se quiere ir de un lugar.
—Olivia, hablo en serio.
—Y yo también —me crucé de brazos, mirándolo desde arriba.
Él se incorporó despacio, todavía intentando recuperar el aliento. Tenía la cara roja por la corrida y los rizos pegados a la frente por el sudor. Por un segundo, un solo segundo, me distraje mirándolo. Después me acordé de la rubia de la barra y me volvió toda la amargura de golpe.
—¿Se puede saber qué te pasa por la cabeza? —insistió, frustrado—. Este camino está a oscuras y no hay nadie. ¿Y si te pasa algo?
—Conozco este camino desde los siete años. No necesito que me cuides.
—No dije que necesitaras que te cuide.
—Bueno, entonces no entiendo cuál es tu problema.
Se pasó una mano por el pelo, exasperado.
—¡El problema es que te fuiste sin avisar!
—Le escribí a mi mamá.
Editado: 03.11.2026