Verano, besos y otros problemas!

CAPÍTULO 18 : Complicidad de hermanas

El sol de la mañana entraba tibio por la ventana, pero yo llevaba media hora sentada en el borde de la cama, mirando la pantalla encendida de mi celular por décima vez.

En la pantalla brillaba el último mensaje de la madrugada:

Manuel: Buenas noches, rojita... Voy a soñar contigo.

Me mordí el labio inferior, sintiendo un cosquilleo dulce que me recorría la espalda. Todavía sentía el rastro del beso de Manuel. La sensación de su boca buscando la mía bajo la chapa del cobertizo, la vibración de su voz al confesarme que nunca había habido nadie más y ese apretón firme de sus dedos entrelazados con los míos a oscuras en la camioneta. Habíamos llegado a la finca tarde, empapados y esquivando las miradas de los adultos, refugiándonos en nuestros cuartos sin poder decirnos nada más en persona, pero ese mensaje a las dos de la mañana lo había cambiado todo.

Unos golpecitos suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos.

—¿Se puede? —preguntó una voz finita desde el pasillo.

Antes de que pudiera responder, Greta abrió la puerta y se deslizó al interior de la habitación. Llevaba una pijama de ositos, los rizos dorados hechos un nido sobre la cabeza y esa mirada sabia y curiosa que la hacía parecer bastante mayor para sus doce años.

—Hola, Greta —saludé, bloqueando rápido la pantalla del teléfono para disimular la cara de distraída—. ¿Pasa algo?

—Necesito que me prestes una camiseta de las tuyas —dijo, caminando directo a mi armario con absoluta desenvoltura—. Tu mamá dijo que hoy vamos a almorzar afuera porque llegan tus tíos, y la ropa que traje para salir está arrugada.

—Toma la que quieras del segundo cajón —asentí, viéndola revolver mis playeras.

Greta sacó una camiseta blanca holgada, se la apoyó sobre el pecho para medirse el largo frente al espejo y luego se giró despacio hacia mí. Se cruzó de brazos, entornó los ojos claros y me clavó una mirada analítica que me puso en alerta.

—¿Qué pasa? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Nada. Solo que tienen que dejar de disimular —soltó Greta como si nada, con una naturalidad aplastante—. Se les nota a kilómetros.

Sentí que un chorro de agua helada me caía por la espalda. Me congelé en la cama, buscando una respuesta rápida mientras las mejillas me empezaban a arder.

—¿De qué hablas, Greta? No sé de qué...

—Por favor, Oli —interrumpió ella, rodando los ojos con exageración—. Manuel bajó a desayunar hace veinte minutos con cara de tonto, sonriéndole al pan tostado. Y tú llevas media hora pegada al celular con la misma cara. Ayer volvieron de la tormenta en la camioneta de mi papá callados como dos estatuas, pero se estaban mirando como si el mundo se fuera a acabar. No soy ciega.

—Greta, de verdad, solo fuimos a buscar refugio por la lluvia y...

—Ajá, sí, claro, el cobertizo —sonrió con picardía, dándome un golpecito divertido con el hombro al pasar a mi lado—. Mira, no te voy a sacar información porque eres mi amiga, pero te voy a dar un consejo de hermana menor: dejen de dar vueltas.

Me quedé mirándola con la boca entreabierta, aguantándome la risa nerviosa.

—Si no das el paso tú o no lo da él de una vez —siguió Greta, volviéndose seria en la puerta con la camiseta bajo el brazo—, alguien más se va a cruzar. En el pueblo hay mil chicas esperando que Manuel vuelva de Madrid, y Nico no va a estar esperando eternamente a que te decidas. Así que espabilen.

Antes de que pudiera protestar, Greta me guiñó un ojo y disaparecio por el pasillo, cerrando la puerta tras de sí y dejándome sola con el corazón batiéndome a mil por hora.

Para el mediodía, la casa era un torbellino de movimiento.

La tormenta de la noche anterior había dejado el aire fresco y limpio. En la galería principal, mi mamá y Candela terminaban de preparar unas jarras de limonada fresca para recibir a los recién llegados antes de salir a almorzar al parador del pueblo, mientras mi papá y Sebastián conversaban tranquilos bajo la sombra del emparrado.

De pronto, el sonido de una bocina alegre resonó desde la entrada de la finca, seguido por el crujido de las ruedas sobre la grava.

—¡Ya llegaron! —gritó Fermín desde el portón, saliendo disparado hacia la entrada.

Un auto compacto plateado se detuvo junto a la sombra de los olivos. De la puerta del conductor bajó el tío Gabriel, el hermano menor de mi papá: alto, de risa fácil, vistiendo una camisa de lino clara y unas gafas de sol enganchadas en el cuello. Del lado del copiloto bajó Julián, su pareja desde hacía cuatro años, trayendo dos bolsos de viaje y esa calidez natural que siempre iluminaba la casa cada vez que venían de visita desde Madrid.

—¡Miren qué recibimiento! —exclamó Gabriel con los brazos abiertos, esquivando a Fermín para darle un abrazo fuerte a su hermano que hizo que hasta mi papá soltara una carcajada contagiada.

—¡Gabi, no hagas escándalo tan temprano! —se sonrió Francisco, dándole un par de palmaditas afectuosas en la espalda antes de volverse hacia Julián para saludarlo con dos besos cálidos.

—Julián manejó todo el camino desde Madrid como un abuelito para cuidar la tarta de almendras que les trajimos —bromeó Gabriel, abrazando a mi mamá y luego a Candela con el mismo entusiasmo de siempre.




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