A las once y cincuenta y ocho, salí de mi habitación con la discreción de un ladrón y los nervios de alguien que estaba a punto de cometer un delito.
Técnicamente, no iba a robar nada.
Solo iba a encontrarme con Olivia en la casita del árbol donde habíamos pasado buena parte de nuestra infancia.
Habíamos quedado en vernos en el patio de los naranjos, pero, poco antes de medianoche, me había llegado un mensaje suyo.
Mejor en la casita del árbol. Allí nadie nos molestará.
No le pregunté por qué había cambiado de idea. Después de todo, teniendo en cuenta que su padre era Francisco Vega, entendía perfectamente la necesidad de buscar un escondite.
Francisco no necesitaba cámaras de seguridad. Le bastaba con sentarse en el porche, cruzarse de brazos y mirar en tu dirección para que reconsideraras todas las decisiones que habías tomado desde tu nacimiento.
Y si el asunto tenía que ver con su hija, la situación empeoraba.
La última vez que me encontró a solas con Olivia, me recordó que tenía una colección de herramientas en el cobertizo, una pala en perfecto estado y suficiente terreno como para que nadie hiciera demasiadas preguntas.
Lo dijo mientras cortaba tomates para la ensalada.
Con una tranquilidad que todavía me quitaba el sueño.
Yo sabía que era una broma. Más o menos.
El problema era que Francisco tenía la clase de rostro que te hacía preguntarte si estaba bromeando o si ya había calculado cuánto tardaría en cavar una zanja.
Por eso, cuando crucé el jardín y comprobé que no había señales de él, respiré con alivio.
Al menos, mi posible desaparición no tendría que ser explicada antes del desayuno.
La casita del árbol seguía donde la recordaba, escondida entre las ramas de la vieja encina, con la escalera de madera que habíamos subido cientos de veces cuando éramos niños. El paso de los años se notaba en las tablas desgastadas y en la pintura descascarada, pero seguía siendo nuestro refugio.
El lugar donde habíamos jugado a tener una casa, inventado aventuras imposibles y discutido por quién tenía derecho a sentarse junto a la ventana.
Olivia siempre ganaba esa última batalla.
No porque tuviera razón, sino porque sabía llorar de mentira hasta que yo terminaba cediendo.
Y porque, incluso entonces, ya me costaba demasiado verla triste.
Subí los últimos escalones y asomé la cabeza por la entrada.
Ella ya estaba allí.
Sentada sobre una manta, con las piernas recogidas y una sudadera demasiado grande cubriéndole las manos. Tenía el cabello suelto, los rizos desordenados sobre los hombros y la mirada perdida en la pequeña ventana.
Al escucharme, levantó la cabeza.
—Pensé que no vendrías.
—Llegué dos minutos antes.
—Un récord. ¿Te encuentras bien?
—Estoy arriesgando mi integridad física para estar aquí. Creo que merezco un poco más de respeto.
Sonrió.
Y yo sentí esa estúpida satisfacción que siempre me provocaba conseguir que lo hiciera.
—Puedes sentarte, Manu. No muerdo.
—Eso decías antes de intentar arrancarme un dedo durante una partida de cartas.
—Hiciste trampa.
—Estaba ganando.
—Precisamente.
Me senté a su lado, dejando una distancia prudente entre nosotros.
Una distancia ridícula, considerando que conocía cada una de sus expresiones, que había compartido con ella tardes enteras en aquella casita y que, hasta hacía poco más de un año, no me lo pensaba dos veces antes de abrazarla.
Ahora calculaba los centímetros como si fueran una cuestión de vida o muerte.
Olivia miró el espacio que nos separaba.
—¿Tienes miedo de que te contagie algo?
—Depende. ¿Sigues siendo portadora de esa enfermedad que te hace hablar durante tres horas sin respirar?
—Es incurable. Lo siento.
—Lo sospechaba.
Se rio bajito y volvió a mirar por la ventana.
Habíamos quedado en encontrarnos para hablar. Sin hermanos, sin padres, sin bromas de por medio. Solo nosotros dos y todas esas cosas que llevábamos demasiado tiempo evitando.
Y, de repente, no encontraba la manera de empezar.
Era irónico. De niños, aquella casita había sido nuestro lugar favorito para hablar de cualquier cosa. Nuestros secretos, nuestros miedos, las tonterías que jurábamos que serían importantes cuando creciéramos.
Ahora estábamos sentados en el mismo sitio, con varios años más y un secreto que ninguno de los dos había sabido cómo manejar.
—Olivia.
Ella volvió a mirarme.
—¿Qué?
Editado: 03.11.2026