Operación Coordinada
Valentina pasó las siguientes cuarenta y ocho horas prácticamente sin dormir, coordinando con agencias federales en tres países distintos para organizar una operación simultánea contra las tres familias del Consorcio del Pacífico.
—Interpol está colaborando con las autoridades locales en Cali, Guayaquil y Panamá —dijo, durante una videollamada con Sofía, Adrián y Gabriel, todos reunidos en el penthouse mientras esperaban noticias—. Si todo sale según lo planeado, los arrestos simultáneos ocurrirán mañana al amanecer, hora local en cada país.
—¿Y Elena? —preguntó Sofía—. ¿Está segura mientras tanto?
—La trasladamos a una ubicación protegida esta misma mañana —dijo Valentina—. Nadie fuera de un pequeño círculo de confianza sabe dónde está exactamente.
Gabriel, que había estado revisando los documentos que Elena había entregado con una atención meticulosa, finalmente levantó la vista de su laptop.
—Hay algo más aquí que deberíamos considerar —dijo—. Según estos registros, la familia de Panamá, la que maneja el lavado de dinero, tiene conexiones directas con al menos dos bancos que todavía operan activamente en Miami.
—¿Eso significa que el Consorcio todavía tiene presencia activa aquí, incluso después de todo lo que desmantelamos? —preguntó Adrián.
—Exactamente —confirmó Gabriel—. Y eso significa que, incluso si los arrestos en Sudamérica tienen éxito mañana, todavía podríamos enfrentar consecuencias directas aquí en Florida, de parte de cualquiera que quede leal a la organización.
Sofía sintió que la tensión de las últimas semanas, que apenas había empezado a aflojarse tras la confesión de Elena, regresaba con toda su fuerza.
—Entonces esto no termina simplemente con los arrestos de mañana —dijo.
—Probablemente no de inmediato —admitió Valentina—, pero es el golpe más grande que podemos dar de una sola vez. Después de esto, cualquier remanente de la organización quedará considerablemente debilitado, sin la estructura de mando que los mantenía coordinados.
Esa noche, ninguno de los tres logró dormir con facilidad, cada uno procesando a su manera la magnitud de lo que estaba a punto de suceder: el cierre, finalmente, de una conspiración que se remontaba a generaciones antes de que cualquiera de ellos hubiera nacido.
Sofía encontró a Adrián en el balcón del penthouse, pasada la medianoche, con la vista perdida en las luces de la ciudad.
—¿Nervioso? —preguntó, acercándose a su lado.
—Un poco —admitió él—. Después de todo lo que hemos vivido, es difícil creer que mañana podría ser el día en que finalmente todo esto termine de verdad.
—Sea lo que sea que pase mañana —dijo Sofía, apoyando la cabeza en su hombro—, quiero que sepas que no me arrepiento de nada de lo que hemos pasado juntos, ni siquiera de las partes más aterradoras.
Adrián se giró para mirarla, con una expresión llena de una ternura que contrastaba profundamente con la tensión de los días anteriores.
—Yo tampoco —dijo—. Y sea lo que sea que traiga el futuro, después de mañana, quiero enfrentarlo contigo, de la forma más oficial posible.
El teléfono de Adrián vibró antes de que Sofía pudiera responder a la implicación de sus palabras. Un mensaje de Valentina, con solo tres palabras que hicieron que el corazón de ambos se acelerara de inmediato:
“Operación en marcha.”
Editado: 18.09.2026