El Precio del Silencio

CAPÍTULO 38

El Rastro Final

Valentina pasó las siguientes horas coordinando con su equipo técnico para intentar rastrear el número que había aparecido en la transcripción de la llamada interceptada, mientras Sofía, Adrián y Gabriel revisaban cada documento adicional que Elena y los archivos de Meridian Shipping habían dejado atrás.

—El número aparece registrado a nombre de una empresa fantasma, disuelta hace más de una década —dijo Valentina, con frustración evidente en la voz—. Pero encontramos algo interesante en los registros de la empresa antes de su disolución: un solo accionista mayoritario, con un nombre que probablemente reconocerán.

—¿Cuál? —preguntó Adrián.

Valentina giró la pantalla de su laptop para que todos pudieran ver el documento.

—Vincent Ferrante —dijo—. Según los registros, el hermano menor de Alessandro Ferrante.

Adrián sintió que el aire se le escapaba de los pulmones de golpe.

—Mi abuelo nunca mencionó tener un hermano —dijo, con la voz apenas audible—. En todas las historias familiares que me contó sobre la construcción de la empresa, jamás mencionó a nadie más que a él mismo.

—Tal vez porque hay una razón específica para ese silencio —dijo Gabriel, con una expresión que combinaba comprensión y una creciente sensación de urgencia—. Necesitamos preguntarle a Alessandro directamente. Si alguien sabe la verdad sobre este hombre, es él.

Llamaron al centro médico penitenciario de inmediato, pero la respuesta que recibieron los dejó a todos con un nuevo nivel de inquietud.

—Alessandro Ferrante fue trasladado esta mañana a un hospital externo debido a una complicación cardíaca repentina —les informó la enfermera a cargo, con un tono profesional que no lograba disimular la gravedad de la situación—. Está estable por ahora, pero los médicos recomiendan que cualquier visita se posponga hasta que su condición se estabilice completamente.

—¿Podemos hablar con él aunque sea brevemente? —preguntó Adrián, con una urgencia que la enfermera pareció notar de inmediato.

—Voy a consultar con el médico a cargo —dijo ella—, pero no puedo prometer nada dado su estado actual.

Cuando colgó, Adrián se quedó mirando el teléfono con una expresión que mezclaba preocupación genuina por la salud de su abuelo y una frustración creciente por la cronología imposible de esta nueva revelación.

—Necesitamos otra fuente —dijo Sofía, tratando de mantener la investigación avanzando a pesar del contratiempo—. Si Vincent Ferrante existió realmente, tiene que haber algún registro de su vida en algún lugar, más allá de esta única empresa fantasma.

Gabriel, ya de vuelta en su laptop, encontró algo minutos después que hizo que su expresión se tensara considerablemente.

—Encontré un registro de nacimiento —dijo—, en los archivos históricos del condado. Vincent Ferrante, nacido cinco años después que Alessandro. Y encontré también un certificado de defunción, oficialmente registrado hace treinta años.

—Entonces está muerto —dijo Sofía, sintiendo una mezcla de alivio y confusión.

—Oficialmente, sí —dijo Gabriel, con una expresión que sugería que la respuesta no era tan simple como parecía—. Pero el certificado de defunción tiene la misma irregularidad exacta que encontramos en el de Alessandro antes de descubrir que seguía vivo.




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