El barco hundido era un desastre porque básicamente, bueno, estaba unido en la maldita arena como sí intentará desesperadamente mantenerse a flote entre las olas de arena que lo apresaban. Apesar de estar partido justo en la proa, el resto lucía bien. Aunque al igual que el auto de mis compañeros de Verano, estaba echo de una base de un tipo de metal recubierta con algunos parches de otro tipo visiblemente oxidados. Eso no importó demasiado cuando comenzaron a tomar, añadir, reparar, montar y atornillar de una forma u otra aquellos pedazos de chatarra hasta convertirlos en una especie de trineo.
Y aunque en el inicio, la idea principal consistía en un auto, tuvimos que arreglarnos ya que el motor sencillamente decidió morir antes de siquiera probarlo. Las llantas se mostraban a punto de reventar cubiertas con tantos parches. No nos quedó de otra que adaptarnos. Fue idea de Monarca que la ultilizaramos como una especie de caballo o perro de carga y deslizamos por la arena.
No puedo decir que me sentí satisfecha, nada en aquel medio se mostraba seguro y aquello me ponía de los nervios. Tem y Dou por otro lado, sonreían gustosos después de horas de esfuerzo.
Cuando mi estómago comenzó a regir violento, sintí un poco de vergüenza y la tentación de tomar una probadita de la fruta de la mentira me atacaba duramente. Hasta ahora nunca había sentido los llamados efectos y sinceramente, el sabor era algo que de vuelta en casa extrañaría, igual que...
Cerré mis ojos y me negué a pensar en ello. Me había vuelto una total masoquista y me enojaba solo recordarlo.
Debo admitir que el hecho de que los estacionales de Verano compartieran conmigo y mis compañeros algunas raciones que habían tomado de la Plasis. No fue difícil reconocer todas las frutas que llevaban en una bolsa como un tesoro pirata de los buenos. A primera vista las bananas, melones y peras no tenían nada fuera de normal, pero el sabor, voy a admitir, era auténtico y delicioso.
Luego vino el agotamiento, que por un tiempo, pensé que me abandonaba. Esta aventura me cobraría una factura sin precedentes, pero en la próxima estación, planeaba, si todo salía bien, dormir aunque fuera una siesta pequeña.
No diré más, el
— Hora de irnos, jueza — de Monarca, resultó ser suficiente para romper la creciente tensión del adiós, porque ellos sabían o almenos se lo imaginaban, yo sabía dónde había una piedra de los deseos. No podía existir otra razón trás mi insistencia a continuar aún sabiendo que la prueba en sí no era válida. No era la verdadera Verano quién la había puesto, sino Viento del Este y necesitaba saber por qué. Pero no en ese instante, después, con todos los objetos en mi poder la confirmaría.
Ellos habían dicho que el juez está por encima de todos. Aunque no me gustará, y lo único que había hecho era dar órdenes sin ver las consecuencias, sentía, era hora de poner orden... era momento de dejar de corre, estaba harta de tantas mentiras y engaños.
Cómo última instancia, saqué el mapa, que había tomado una apariencia extraña por la humedad, pero se hallaba completamente seco y toqué el mapa, tal como la primera vez, le mostré el contenido dibujado dentro del trozo de papel. El recorrido era simple y al parecer, nos encontrábamos cerca de lo que creíamos.
°°°
Cerré mis ojos. ¡Diablos!, tuve que hacerlo. El viento se metía en mis ojos de forma violenta mientras los gritos de aparente diversión de Tem y Dou se colaban en mis oídos.
Monarca volaba, no, corría como sí compitiera contra el mismo tiempo. No tenía un agarre seguro, por lo que mis miedos de caer eran gigantescos. Me aferré al borde con fuerza, más en un segundo, Monarca tomó una curva a la derecha y chillé como una niña pequeña.
El trineo se detuvo, Monarca descendió, Tem y Dou se bajaron como dos amantes borrachos de la emoción y yo apenas logré dar dos pasos sin lamentablemente, caer en bruces contra el suelo.
Escupí la arena que se coló en mi boca y con dificultad me puse de pie. Me quedé muda al ver marco que evocaba la entrada de una habitación con una escalera mecánica dentro moviéndose hacia arriba.
— Muy bien, jueza. Es hora de subir
—¿Subir? — pregunté a Dou
— Está es la entrada al Palacio de las contemplaciones... ¿Sucede algo?
— No — le contesté. Basta de temer, me dije. De todas formas, Tem subió primero y yo detrás
Solo por si acaso.