Four Kingdoms

Queridas Conteslaciones IV

Cómo había mencionado antes, correr no era mi fuerte. En serio, de regreso a casa, me obligaría a mi misma a hacer un poco más de ejercicio. Aunque eso no evitará que las pinzas de Cáncer pelliscarán mi maldito trasero o que los dientes de Leo parecieran irreales.

Quise llorar, quería ver a los zodiacos pero no de ésta forma. No con mi vida peligrando.

Tem agarró mi brazo y me obligó a doblar en un esquina.

— Vamos a dividirnos. Deben querer la estrella. Entreguemela, los perderé y nos veremos en la entrada — aquel plan sin lógica no me gustó

— No digas tonterías. No podemos poner tu vida en peligro. Debe haber una forma de perderlo

— Jueza...— el gritó de Monarca fue maravilloso. Ver sus alas revolotear sobre nosotras fue bueno, a tal punto que le plan de Tem no me pareció tan malo y sin pensarlo, le lancé la estrella.

— ¡Monarca, atrapa!— tal como Tem había dicho, las estatuas centraron su atención en la osa, mientras empujaba a mi compañera hacia un lado y veía como las estatuas cambiaban su rumbo intetando atrapar a Monarca quién se elevaba demasiado alto para ellas.

De repente, Tem me empujón obligándome a alejarme de ella. Me dió una última mirada y saltó. Pero no fue un salto normal, no. La piel naranja desapareció y en cambio, un humo conocido tomó su lugar.

Viento del Este

A una velocidad absurda se dirigió a la osa con mi estrella a la vista

— ¡Monarca!¡Cuidado!— grité como una loca. Suspiré aliviada cuando logró esquivarla — ¡Lanza! — dije mientras corría en dirección contraria

Puede que mi resistencia fuera una mierda pero atrapaba decentemente. No hay necesidad de mencionar que tenía a las estatuas tras de mí. Aunque aquello, también fue beneficio, a Viento del Este se le impidió esquivarla o pasar sobre ellas, casi como un muro protector.

Monarca, que parecía toda una experta, logró moverse en un ángulo perfecto y atraparme entre sus brazos para elevarme del suelo. Dou no tardó en aparecer en escena. Su rostro, que lucía magullado, no tenía una buena expresión.

— Tememos que salir de aquí — le dije.

Apreté mis labios con rabia. Muy dentro de mí lo sabía. Siendo me imposible confiar en ellos. Nunca habían sido mis amigos. Padre Muerte me lo había advertido, con poca antelación por supuesto. Había visto a través del disfraz y yo no, dos veces.

¿Qué demonios quería Viento del Este de mi?¿Era la piedra de Primavera o la estrella?¿Por qué hacía todo esto?Acaso, ¿ella también me culpaba de las guerras?¿De mi tardía llegada?¿Por qué?¿Por qué? Me atormentaba.

De una forma u otra, Monarca voló directo a la puerta, bajo por las escaleras con dificultad y regresó al desierto. Y ni así se detuvo. Solo siguió porque, para mala suerte, Viento del Este nos seguía los talones. En un segundo, volvió a convertirse en un tornado, arrastradonos dentro de ella. Mi cuerpo cayó en una dirección totalmente distinta a la de Monarca y mis huesos crujieron con dolor.

Intenté ponerme de pie. Arrastrarme por la arena

— Jueza, no haga esto más difícil. Deme la estrella.

—¿Por qué? — logré farfullar

— Es mejor sino lo sabe. Es mejor mantenerse exenta de toda esta situación.

— No, es mía. Necesito... — A Viento del Este no le importó lo dolorida que estaba o que fuera incapaz de darle una pelea adecuada. La ráfaga de aire me golpeó con entusiasmo. Rodé varios metros más y las lágrimas escaparon de mi rostro

— Humana estúpida. Tú y tu especie no hacen más que causar problemas. Estamos cansados de este terrorismo psicológico. ¿Por qué tenemos que pelear sus batallas? ¿Alguna vez nos han preguntado si estamos de acuerdo con sus idea? Y vosotros los jueces, OS creéis tanto. Si tu antecesor hubiese sido la mitad de listo que tú, quizás, nunca hubiéramos llegado a este punto. No me disculparé por lo que hice. Ahora, muestras soy amable. Mientras te brindo una muerte pacífica, entrega la estrella

— Yo — mis palabras quedaron sin terminar. Una barrera de raíces se levantó entre mi y Viento del Este — Clavis — dije y mis ojos los buscaron. Más los único que logré ver fue la suela de su calzado cuando lo escuché decir:

— Realmente, ¿qué puedes hacer sin mi, eh, jueza?

Clavis no me abrazó, ni se acercó a lamer mis heridas. Se lanzó sobre Viento del Este con todo lo que tenía. Su rostro mostruoso, su abejas que no sabía cómo las había recuperado, su raíces y leanas. Sobre todo, las espinas, que como la rosa que era, no dejaría que nadie lo cartara con facilidad.

Viento del Este se movía como una bailarina. Una sin forma y apariencia física. Las raíces de Clavis no le hacían nada y a cada minuto que la batalla de extendía, mi príncipe lucía más agotado. En algún punto, Monarca, con un ala rota y visiblemente herida, intentó alejarme del caos apoyándonos hombro con hombro.

El grito de Clavis me devolvió a la realidad sobre la mente nublada que quería arratrame a la inconsciencia.

— Clavis — murmuré — Clavis — repetí —¡Clavis! — grité. Fue muy tarde, el viento cortó su pecho. El líquido verdoso que se confundía con la tela de su traje y escapaba por su boca se hallaba lejos de lucir como sangre, pero estaba segura que lo era. Viento del Este, también en condiciones pésimas, decidió lanzar un último ataque —¡Detente!¡No te muevas!¡Es una orden! — grité. Aquello lo salió de mí con un pensamiento ligero, sino, el instinto más puro que sentí en toda mi vida.

Tal como la primera vez, cuando Calvis y los otros Vientos, Cuento del Este quedó pretificada. Justo como las figuras del Zodiaco.

Corrí, otra vez, solo que poseída por la locura de ver cómo Calvis sufría.

— No, por favor, no — sollozé. — ¡No me abandones! — me senté a su lado, presionado la sangre que no paraba de brotar

—¿Qué me hiciste?

—¡No hables! No, por favor, no gastes fuerzas. ¡Monarca! — Pero mi compañera no podia volar por ayuda y menos, cargar con Clavis.




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