Santuario de la diosa Athena— Templo de Géminis
La diosa Valen se estaba preparando para rescatar a su hermana. Seguía resentida con su padre por lo que le había hecho a Kath, su hermana mayor, quien lo había dado todo por obtener la aprobación de Ares. Kath, que incluso se había sacrificado emocional y físicamente por amor, terminó siendo castigada con crueldad.
En ese momento, Valen también creía que el amor estaba prohibido para los dioses. Pero ahora, tras ver en carne propia lo que sentían su hermana y Kanon, comprendía que había estado equivocada. Los humanos, aún siendo seres mortales, eran capaces de amar con una fuerza y entrega que superaba la de cualquier dios. Y Valen no dejaría a su hermana en manos de Hypnos. Iría a rescatarla y la entregaría al único que merecía estar a su lado: el caballero dorado Kanon de Géminis.
—Valen, sobrina, bienvenida a mi santuario —la voz cálida de Athena la recibió, junto a Seiya de Pegaso, completamente recuperado y deseoso de ayudar.
Valen sintió algo extraño al mirar a Seiya a los ojos. Era como un calor en el estómago, un fuego cálido que la hacía sonrojar. ¿Era eso amor? El rubor en sus mejillas no pasó desapercibido para su tía, que rió bajito al notar que Seiya también desviaba la mirada, igual de ruborizado.
—Será un honor acompañarla, diosa Valen —dijo Seiya.
—¿Qué? ¿No es tu deber proteger a Athena?
—Athena estará bien en manos de los caballeros dorados. Confiaría mi vida a ellos.
—Seiya ya se ha enfrentado a Hypnos antes. Su experiencia te será de mucha ayuda sobrina —dijo Athena.
Valen asintió, aunque aún un poco nerviosa ante la presencia del caballero.
—Será difícil, caballero —logró murmurar. Seiya le sonrió con calma.
—Estoy listo para el desafío.
En ese momento, Kanon de Géminis apareció. Se arrodilló ante Athena con solemnidad.
—Diosa Athena, permítame ir al rescate de Kath.
Athena asintió de inmediato. Conocía el corazón de Kanon y el amor profundo que sentía por la pelirroja. Sabía que ese amor era correspondido.
—Ve, Kanon. Recupérala. No la dejes ir de nuevo. Pero no irás desprotegido —Athena alzó su báculo, que comenzó a brillar. Una luz dorada envolvió a Kanon y una réplica de la armadura dorada de Géminis cubrió su cuerpo.
—Gracias, mi diosa —dijo Kanon, haciendo una reverencia.
Valen abrió un portal al Mundo de los Sueños. Kanon, Valen y Seiya se adentraron en él.
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Reino de los Sueños— Entrada
Apenas llegaron, fueron interceptados por los hijos de Hypnos: Phantasos, Morfeo, Ikelos y Oneiros. El ataque fue tan repentino como coordinado. Para evitar retrasos y asegurar el éxito de su misión, decidieron separarse. Kanon siguió adelante, dispuesto a enfrentar cualquier obstáculo. Valen y Seiya se encargaron de los hijos de Hypnos.
—Ten cuidado —le dijo Seiya a Valen, mientras ella desataba su cosmos.
—Lo mismo te digo, pegaso.
Kanon, mientras tanto, avanzaba solo por los sinuosos caminos del mundo de los sueños, hasta que fue detenido por Oneiros.
—¿Creíste que llegarías al castillo de mi padre sin problemas? —se burló el dios del sueño.
—Apártate o te destruiré.
—¿Tú? ¿Un mortal contra un dios? —Oneiros se lanzó al ataque. Kanon resistió, y contraatacó con una explosión de cosmos que dejó a Oneiros sorprendido.
—¡Nada me detendrá de llegar a ella!
Antes de que el combate se intensificara, una voz lo detuvo.
—Basta, Oneiros. Tráelo ante mí —ordenó Hypnos.
Oneiros miró a Kanon con fastidio, pero obedeció.
—Sígueme, caballero.
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Reino de los sueños— Castillo del dios Hypnos
Kanon entró al salón principal y vio a Hypnos sentado en su trono, con las manos manchadas de sangre. Su cosmos estaba alterado por la furia.
—Así que eres tú... —murmuró Hypnos al reconocerlo—. ¡Tú eres el mortal que osó poseer lo que es mío!
—¡Ella no te pertenece, maldito! —rugió Kanon, su cosmos estallo en una intensa luz dorada.
—¡Ella era pura hasta que tú la contaminaste!
—¡Ella me ama! ¡Y yo la amo a ella! ¡Pagaras por lastimarla!—Kanon lanzó su técnica más poderosa.—¡Explosión Galáctica!
El impacto estremeció el castillo. Hypnos respondió con un rayo oscuro que arrastró a Kanon contra las paredes. La batalla fue brutal. Hypnos lo golpeaba con furia desmedida, cegado por los celos y el desprecio. Kanon apenas podía mantenerse de pie, pero no retrocedía.
—¡Por ella daría mi vida mil veces! ¡Jamás será tuya! —gritó Kanon, al borde de la extenuación.
Cuando Hypnos levantó su mano para darle el golpe final, una espada lo detuvo.
—¡Detente ahora, Hypnos! —la voz atronadora de Ares retumbó en el salón. Kanon cayó de rodillas, protegido por una barrera creada por el dios de la guerra.