En alguna parte del mundo...
El viento soplaba con fuerza sobre las montañas heladas de los confines del norte, levantando la capa blanca de nieve y cubriendo los pies de los dos viajeros con un manto gélido. El silencio era casi sagrado, solo interrumpido por el crujir de las botas sobre el hielo y las respiraciones contenidas. Kath caminaba unos pasos por delante, con el rostro oculto tras la capucha y la mirada clavada en un horizonte que parecía siempre igual de lejano. Kanon la seguía sin decir palabra, cargando con el peso de sus pensamientos y del tiempo que parecía volverlos extraños.
—No hay rastros— murmuró ella deteniéndose de golpe— Otra vez, nada.
Kanon apretó los dientes. Su frustración crecía con cada jornada sin resultados, con cada puerta cerrada, con cada lugar que no traía noticias de Alicor. Había comenzado como una promesa, un objetivo claro, pero ahora sentía que estaban atrapados en una espiral sin salida.
—No es tu culpa— dijo él, intentando sonar firme— Deimos y Fobos son expertos en ocultarse.
—¿Y eso qué cambia?— la voz de Kath sonó aguda, quebrada por dentro— Cada segundo que perdemos, ella está más lejos.
Kanon la miró. Sabía lo que esa duda le hacía. A ella, que una vez fue una diosa y que ahora era una humana, limitada y rota en pedazos.
—No digas eso. No puedes rendirte. No ahora.
—¿Y por qué no?— se giró bruscamente, la rabia les atravesaba los ojos— ¿Qué me queda, Kanon? Perdí mi divinidad, mi templo, mi propósito. Ahora ni siquiera puedo sentir el cosmos de mis hermanos. ¡No sé si están vivos o muertos!
—¡No estás sola!— su voz fue un grito seco que se perdió en el viento.
El silencio que siguió fue demoledor. Kath bajó la mirada, mordiendo su labio con fuerza para contener las lágrimas. Kanon respiró hondo y se acercó a ella, con pasos cautelosos como si temiera espantarla.
—Kath... yo sé que duele. Sé que no es justo. Pero tienes que dejarme ayudarte. No me alejes otra vez.
—No quiero alejarte, pero tampoco puedo fingir que estoy bien. Tu... no entiendes— su voz se quebró finalmente— Cada noche, Kanon. Cada noche vuelvo a ese lugar. A todo lo que Hypnos me hizo.
El caballero dorado sintió una punzada en el pecho. Cerró los ojos un instante y maldijo habérselo recordado.
—Perdón— susurró él, bajando la cabeza—. Nunca quise que te lastimara. No voy a dejar que te vuelvan a hacer daño. Te lo juro.
Kath tembló. Quiso abrazarlo, decirle que lo amaba, que lo necesitaba... pero su cuerpo se tensó al sentir su cercanía. Dio un paso atrás, y la distancia volvió a ser un abismo.
—No puedo, Kanon... no todavía.
—Lo sé. No voy a forzar nada. Pero tampoco voy a irme. Porque si algo tengo claro, es que quiero estar contigo. Aunque me grites, aunque me empujes. No me pienso rendir.
Ella lo miró por primera vez en mucho tiempo. Y por un instante, vio al Kanon que la sostuvo cuando lloró por primera vez tras perder su divinidad. Al que la ayudó a caminar cuando no podía levantar ni su cuerpo ni su espíritu.
—Eres tan terco como siempre.
—Y tu tan orgullosa— respondió con una leve sonrisa.
Rieron, brevemente. Compartieron un instante de intimidad leve, una mirada que decía más de lo que las palabras podían. El impulso de un beso flotó entre ambos, casi como un eco del pasado. Pero Kath se apartó otra vez, no por miedo a él, sino por miedo a ella misma. A lo que sentía. A lo que podría perder.
Kanon no insistió. Solo le susurró:
—Cuando esto termine, vamos a estar bien. Te lo prometo.
Pero en el fondo de su alma, el miedo a perderla lo carcomía. Sabía lo que significaba enfrentarse a Deimos y Fobos sin la protección divina. Sabía lo crueles que eran. Y sobre todo, sabía que si Kath caía, no podría soportarlo.
Mientras tanto, el cielo comenzaba a oscurecerse. Una tormenta se avecinaba en el horizonte. Como un presagio. Era necesario encontrar refugio.
(...)
La cabaña era pequeña, precaria. Alguna vez fue un refugio de pastores en medio de las montañas, pero ahora ofrecía más que paredes de piedra y un techo de madera: silencio, calor, y una tregua momentánea al dolor.
Kath estaba sentada frente al fuego, con las piernas cruzadas, el mentón apoyado en las rodillas. La luz anaranjada dibujaba sombras en su rostro, haciéndola parecer tan etérea como frágil. A su lado, Kanon acomodaba unas mantas, sin hablar. El crujir de la leña era el único sonido entre ellos.
—¿Alguna vez piensas en cómo hubiese sido todo si no hubiéramos sido dioses o caballeros?— preguntó ella, rompiendo el silencio con voz baja.
Kanon la miró de reojo, sorprendido por la pregunta.
—Sí... a veces. En esas noches donde todo se siente demasiado grande, demasiado inabarcable.
Kath esbozó una sonrisa pequeña, rota.
—Yo también. Me imagino viviendo en una casa perdida en el bosque. Sin cosmos, sin guerras, sin recuerdos. Siendo solo yo... una mujer. Con cicatrices, sí. Pero libre.