Guerra por amor

Capitulo 11

Santuario de Athena

Cinco años después.

La luz del amanecer se deslizaba lentamente por las columnas blanquecinas del templo. Los primeros rayos del sol bañaban la armadura divina vacía que reposaba al pie de la gran estatua de Athena.

En el centro de la sala, en una camilla rodeada por flores marchitas y velas, yacía Seiya. Su cuerpo seguía con vida, su corazón aún latía, pero su alma flotaba entre dos mundos. Parecía dormido... Su rostro, sereno como si descansara tras una larga jornada, contrastaba con la tensión del ambiente. Era el soldado que desafió al Olimpo, reducido a un hilo de existencia.

A su lado, sentada en un banco de piedra, estaba la diosa Valen con sus cabellos dorados recogidos con descuido, las manos unidas entre sí apretadas con fuerza y sus ojos posados sobre el rostro del guerrero inmóvil.

—A veces me pregunto... —susurró, con la voz ahogada por la marea de emociones en su interior— si de verdad merezco estar aquí. Si puedo... si debo ser quien te proteja.

El peso del cosmos la envolvía como un manto. Seguía siendo una diosa. Su poder seguía intacto. Pero el miedo... ese sí había calado en lo más profundo. Era miedo a fallar. A no estar a la altura de quien alguna vez amó este mundo más que nadie: su tía, Athena.

Recordó los días posteriores a la batalla. El templo de Athena destruido en su cúpula. El suelo teñido de sangre. El llanto de los sobrevivientes, la desesperación de los que buscaban entre los escombros. Y ella... la hija de Ares, fue quien se puso de pie.

"Yo los protegeré", había dicho. Con la frente en alto, los ojos húmedos, y el alma herida. "No por mí. Por Athena."

Cada palabra fue una promesa que aún la quemaba por dentro.

Se levantó del banco y caminó, descalza, hasta la estatua de Athena que se alzaba majestuosa, con su escudo roto pero su lanza erguida. Una grieta cruzaba el rostro de mármol, y Valen se sintió reflejada en ese gesto herido.

—No sé qué hacer —murmuró, dejando caer las rodillas sobre el suelo—. No sé si estoy haciéndolo bien. No sé si estoy siendo la protectora que tú fuiste. ¿Cómo lo hacías, tía? ¿Cómo podías... amar a todos así?

Su voz se quebró. Una lágrima rodó por su mejilla y cayó sobre el mármol.

—Dame una señal —rogó, cerrando los ojos—. Porque siento que voy a estallar. No puedo más...

Un silencio más profundo que la muerte llenó la sala.

Hasta que se rompió.

—Valen —dijo una voz a su espalda, grave y cargada de emoción—. ¡No puedes rendirte ahora!

Ella no se volvió de inmediato. Reconocía esa voz. Era Shun, el nuevo Patriarca. El caballero que alguna vez representó la compasión entre la violencia. Pero hoy... en su voz, había fuego.

—¿De qué sirve seguir si Seiya se apaga día a día? —susurró Valen sin moverse— ¿Y si Ikki no lo encuentra? ¿Y si yo... simplemente no soy suficiente?

Shun avanzó unos pasos. Su túnica blanca se agitaba con la brisa del viento. En sus ojos brillaba el mismo dolor que desgarraba a Valen. Pero también, una determinación forjada en años de batallas.

—¡Seiya confía en ti! ¡Nosotros confiamos en ti! ¡Athena te eligió! ¡Y yo... yo estoy acá, a tu lado! ¡No puedes dejarte vencer! ¡No puedes dejarte consumir por el miedo! ¡Somos tu familia!

Valen alzó la cabeza, con los ojos llenos de rabia, tristeza y cansancio.

—No me hables de familia, Shun. No me hables de confianza. ¡No tienes idea de lo que significa para mí esa palabra!

Se puso de pie de golpe. El templo tembló levemente bajo sus pies.

—Mi familia está rota. ¡Fragmentada! Mi padre me crió para ser un arma. Mis hermanas están perdidas o sufriendo. Hera... la única que me dio algo, lo hizo por deber, no por amor. ¡Yo no sé lo que es tener una familia! Solo tengo a Kath, a Alicor, a Seiya... y a Athena. Y ni siquiera sé si puedo protegerlos... si puedo amarlos como se merecen... porque ni siquiera puedo amarme a mí misma.

Shun apretó los puños. La imagen de Hyoga cruzó por su mente. Su sonrisa. Su último aliento. Su cuerpo cayendo en sus brazos en la batalla final. Aún lo soñaba. Aún escuchaba su voz entre las sombras del santuario.

—Valen... —su voz se suavizó— yo también lo perdí todo. A Hyoga. A Shiryu. A tantos otros. A nuestra diosa... Mi corazón está tan vacío como el tuyo. Pero aún así estoy aquí. Porque este santuario necesita esperanza. Y tú eres esa esperanza.

El silencio se hizo espeso entre ellos.

—Confía en Ikki —continuó Shun con voz rota—. Él va a volver. Él traerá el vellocino. Porque la familia, Valen... la verdadera familia, nunca se abandona.

Ella cerró los ojos. Por un instante, el peso que llevaba pareció menos inmenso. Se volvió a Seiya. Su respiración aún seguía... aunque tenue.

Y entonces, por primera vez en semanas, Valen respiró hondo.

No era esperanza. Aún no.

Pero era el principio de la lucha por ella.

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La noche parecía eterna. Bajo el cielo estrellado, Ikki de Fénix avanzaba entre ruinas y montañas heladas, su capa desgarrada por la batalla ondeaba al viento. A lo lejos, se sentía el rugido de una tormenta acercándose, como si el mundo presintiera lo que estaba en juego. Cada paso suyo era una declaración: no había vuelta atrás. El velloncino de oro debía ser encontrado. Seiya lo necesitaba. Valen contaba con él. Y Shun... Shun aún creía en su hermano mayor.



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En el texto hay: saintseiya, mitologia dioses heroes, diosesgriegos

Editado: 23.09.2026

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