Santuario de Athena— Templo de Géminis.
Los pasos de Ainhoa eran silenciosos. Avanzaba entre túneles secretos, respirando con lentitud, concentrada en mantener su cosmos al mínimo. Su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por convicción. Tenía que llegar. Tenía que presenciar lo que estaba ocurriendo. Aunque aún no estaba lista para luchar, sentía que debía estar ahí.
—Daré lo mejor de mí, maestro... y te sentirás orgulloso. —susurró con la voz temblorosa de emoción contenida.
La escena que se desplegaba frente a sus ojos, al llegar al Templo de Géminis, era descomunal. Dos cosmos chocaban como gigantes: Saga de Géminis y Seirah, la guerrera celestial. Ambos heridos, agotados, pero de pie. Ninguno cedía. Como dos espíritus indomables que se negaban a caer.
—Ríndete... estarás aquí un largo tiempo —murmuró Saga.
Pero Seirah, ensangrentada, con los ojos brillando de determinación, negó con la cabeza.
—No puedo. No me rendiré. Aún debo llegar a ella. A mi hija. —Y un leve temblor en su labio la delató. El cansancio era brutal. Pero su misión la sostenía.
Saga cerró los ojos. Titubeó. Una técnica que había jurado no usar jamás regresó a sus labios:
—¡Satán Imperial!
Un instante después, la oscuridad se precipitó sobre Seirah, pero ella anticipando el peligro, respondió al instante:
—¡Torbellino feroz!
Los cosmos se cruzaron, estallando en una onda que sacudió las paredes del templo. Ainhoa, escondida entre las sombras, sintió el temblor en su pecho. Su respiración se detuvo un segundo. Sabía que Seirah no era malvada. Había algo roto en ella. Algo que dolía.
Seirah alzó la vista hacia Saga, reconoció la técnica que uso. Cuando ella aun era aprendiz de amazona, y el Patriarca.
—¿Sabes quién soy? —preguntó, con la voz cargada de melancolía.
Saga asintió lentamente, con los ojos sombríos. Si, el también la había reconocido.
—Era el Patriarca cuando desapareciste. Camus hizo bien en protegerte... aunque todo salió mal después, ¿no?
Ella tragó saliva.
—Eros me arrebató a mi hija... Me quedé con el solo para protegerla. Aunque eso implicara alejarme de todo. De Camus... de Athena. De mí misma.
La rabia de Saga no era contra ella. Era contra la injusticia de todo lo que sus ojos habían presenciado desde que aceptó ser caballero dorado. No pudo evitar sentir respeto por la mujer que tenía delante. Una madre rota. Una guerrera valiente.
—Tu voluntad es fuerte. No te dejarás vencer fácilmente.
—No soy tan débil como creíste —le respondió ella, empuñando de nuevo su cosmos—. Pero tú... tú me decepcionaste, caballero de Géminis. Tu leyenda no es más que humo.
Los cosmos volvieron a colisionar. Una explosión pequeña, vibrante, que agitó los pilares del templo. Ainhoa dio un paso al frente.
Estaba lista. Si debía entregarse para detener el conflicto, lo haría. No podía permitir que más caballeros murieran por ella.
—¡Basta! —exclamó, emergiendo de su escondite.
Seirah y Saga se giraron al instante. La niña se plantó con decisión frente a la guerrera.
—Llévame contigo si eso acaba con todo esta guerra.
Seirah abrió los ojos con asombro. El alma de Ainhoa brillaba con una luz tan pura, tan desarmante, que por un momento su cosmos titubeó.
—¿Eres tu..? —musitó Seirah—. ¿Cómo llegaste aquí?
—¡Ainhoa, vete de aquí! —gritó Saga, corriendo a protegerla. Pero la niña se soltó de su agarre.
—¡Quiero saber si esto termina con mi rendición! ¿Dejarán en paz a Athena y a los caballeros si me voy contigo?
Seirah tragó saliva. Lágrimas se le escaparon sin permiso.
—Eros... tiene a mi hija. Es la única razón por la que estoy aquí. —Su voz se quebró.
Ainhoa le tomó la mano, con ternura.
—Entonces llevame contigo. Salva a tu hija. Yo estoy dispuesta.
Saga, con el alma desgarrada, no podía moverse. Comprendía ese dolor. Pero también sabía que no podía dejarla ir.
Y entonces, una presencia apareció de golpe. Ethan de Orion, atacó Seirah por la espalda. La guerrera chocó con fuerza contra una columna. El rostro de Ethan estaba dominado por una furia distinta.
—¿¡Qué demonios haces, Saga!? ¡Ibas a dejar que se la llevará! ¿¡En qué estás pensando!?
—¡Ethan, yo quiero ir con ella! —intervino Ainhoa.
—¡No! ¡Tu lugar es con Athena!
Seirah atacó. Ethan soltó a la niña, y Saga logró atraparla antes de que cayera al suelo. Pero fue en ese instante que Seirah, al ver bien el rostro de Ethan, palideció.
—¿Mi señor...? —susurró, con un nudo en la garganta.
La mirada de Ethan se tornó fría. Terriblemente familiar.
—Lo confundí con Eros... pero no. Tú eres...
—¿Himeros...? —musitó Saga con los ojos encendidos por la comprensión y la traición.