Guerra por amor

Capitulo 12

Santuario de Athena

El viento de la madrugada soplaba sobre las ruinas reconstruidas del Santuario. El Templo de Athena, aunque restaurado, parecía aún guardar el eco de la última gran guerra. Las columnas blanquecinas temblaban suavemente con cada ráfaga, como si presintieran que la paz era solo una ilusión momentánea.

Valen, de pie junto a la estatua de su tía, cerró los ojos con el ceño fruncido. Su cosmos, tan estable como una roca, vibró con un estremecimiento inquieto. Había sentido algo. Un estallido lejano, intenso... pero no era Seiya. Tampoco era un enemigo ordinario. Era Ikki. Y no estaba solo.

—No puede ser... —susurró.

Una energía oscura lo envolvía, una fuerza que no le era desconocida, pero que tampoco podía identificar por completo. Su corazón dio un vuelco. Alguien más estaba buscando el velloncino de oro. Y no con la misma esperanza de salvación que los guiaba a ellos.

Valen descendió rápidamente los escalones del templo. Las sandalias apenas tocaban el suelo al caminar con prisa, hasta que llegó al recinto donde el nuevo Patriarca la esperaba.

—Shun, lo sentí. Ikki acaba de enfrentarse a alguien. No está solo en esa búsqueda.

El patriarca giró lentamente hacia ella. La luz que entraba por la vidriera iluminaba su rostro melancólico, cansado. Años habían pasado desde la guerra, pero los ojos de Shun aún eran los de alguien que carga con todas las muertes de sus hermanos. Cada decisión, cada nombre en los monumentos caídos, pesaban en sus hombros.

—¿Estás segura?

—Sí. El cosmos que lo enfrentaba era fuerte, feroz... pero sentí confusión en él, también dolor. No era un simple soldado. Shun, alguien más busca el velloncino de oro. Y temo que... sea Eros.

Shun se incorporó, con ese gesto templado que no necesitaba palabras. Asintió levemente.

—Ven —dijo simplemente—. Iremos a la biblioteca del Templo de Acuario. Camus guardaba pergaminos antiguos que ni siquiera Athena había llegado a leer. Tal vez allí encontremos una respuesta.

El Templo de Acuario era un lugar frío y silencioso, pero sereno. Había un aire eterno en sus muros, como si el tiempo se hubiese congelado entre sus columnas de hielo.

Valen y Shun avanzaron con respeto, cruzando el umbral del salón que resguardaba los textos sagrados. Pergaminos, códices de cuero dorado, estatuillas antiguas y estantes infinitos cargados de saber. Un silencio denso los envolvió.

—Recuerdo que Camus mencionó un texto prohibido... algo sobre los objetos divinos sellados por los dioses del Olimpo. —Shun pasó los dedos por los lomos de los libros—. Tal vez allí esté el velloncino.

Buscaron durante horas, leyendo en silencio, revisando cada símbolo, cada palabra en idiomas ya olvidados. Hasta que Valen se detuvo en seco.

—Aquí. Shun, mira esto.

El texto estaba grabado en un idioma ancestral, pero Valen lo comprendía. Había aprendido esa lengua de los dioses cuando aun estaba bajo la tutela de Ares.

"El Velloncino de oro no solo renueva la vida, sino que contiene la chispa original de creación. Allí donde los dioses caen, puede alzarse la luz... o nacer la oscuridad."

Más abajo, una inscripción grabada con letras aún más antiguas, parecía una advertencia. O una profecía.

> "Cuando el sol agonice y las estrellas olviden su curso,
y la llama dorada despierte al que duerme bajo la nada,
el caos se alzará con rostro de amor,
y el amor, confundido, abrirá las puertas del fin."

Shun enmudeció. El silencio se volvió abrumador.

—¿"El caos se alzará con rostro de amor"...? —murmuró—. Valen... esto no habla solo del velloncino. Esto predice la llegada de un nuevo enemigo.

Valen apretó el libro contra su pecho. Sintió un temblor interno. Por un segundo, pensó en sus hermanas. En Ares. En Hera. Todo se volvía más oscuro, más incierto.

—Tenemos que ayudar a Ikki —dijo con la voz temblorosa pero firme—. Y debemos proteger el velloncino a toda costa.

Shun la observó con ternura y miedo. Porque en su mirada ya brillaba la resolución de alguien que estaba dispuesta a sacrificarse si era necesario. Igual que Athena. Igual que Seiya.

Y supo que pronto, el verdadero enemigo se revelaría.

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Cinco llamaradas colisionaban en el cielo, pero era una sola la que ardía con un fuego que no conocía la derrota. Ikki del Fénix avanzaba entre rocas partidas y columnas destruidas, los pies firmes, el pecho agitado. Su cosmos ardía como una tempestad incandescente. Frente a él, la figura imponente de una mujer con armadura negra lo desafiaba con la arrogancia de una reina: Daliah, la hija de Seirah, la comandante de las legiones de Eros.

—Estás perdiendo el tiempo, Fénix —escupió ella, girando su lanza con destreza letal—. El velloncino no te pertenece. Se lo llevare a mi dios Eros, el único que traerá justicia a este mundo.

Ikki no retrocedió. Sus ojos, tan fríos como su voz, no mostraban emoción alguna. Pero por dentro, el caos lo asfixiaba.

«Otra guerra... Otra muerte. ¿Cuántas veces más?»



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En el texto hay: saintseiya, mitologia dioses heroes, diosesgriegos

Editado: 23.09.2026

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