La cueva donde se ocultaba Alicor no era un lugar común. El aire vibraba con energía antigua, como si la misma tierra la reconociera. En el centro, de pie y de espaldas a la entrada, ella lo sintió antes de verlo.
—Radamanthys...
El juez se detuvo en seco. Su corazón, tan endurecido por guerras y siglos de deber, tembló. Allí estaba, la diosa Alicor. Envuelta en esa paz artificial que no le pertenecía. Viva... y aún así tan distante.
—Alicor— dijo, con un nudo en la garganta que jamás habría admitido tener—. Estás bien...
Ella no se volvió. Sus hombros tensos hablaban por si solos. Se había enterado de todo.
—No esperaba que vinieras. Pensé que ya no importaba.
Él frunció el ceño y dio un paso adelante.
—¿Cómo puedes decir eso? Nunca dejaste de importarme. Ni un solo día.
Alicor giró lentamente. Sus ojos violetas, más oscuros ahora, lo taladraron.
—Entonces, ¿Por qué no viniste antes? ¿Por qué no me dijiste... la verdad? Tu lo sabias, estuviste presente cuando nací. Sabías que era hija de Caos, y me lo ocultaste.
El juez tragó saliva. Sus manos se crisparon.
—Porque no pude. Sabíamos que eras la clave para despertar a Caos.. y temíamos lo que eras.
—¿Y qué soy?— preguntó con rabia contenida—. ¿Una bomba esperando estallar? ¿Una hija no deseada de un dios olvidado?
—No— dijo él, con firmeza—. Eres Alicor. La que temía la oscuridad, pero aún así caminaba hacia ella. La que me prometió que, sin importar lo que pasara, no olvidaría lo que sentía.
Ella se estremeció.
—Yo nunca rompí esa promesa— susurró—. Pero a veces... desearía haberlo hecho.
Radamanthys dio otro paso. Ya estaba cerca. Podía tocarla si estiraba la mano.
—Te dejé ir para protegerte. Para que no te mancharas con la guerra, con el dolor que yo mismo cargo. Pero fue un error. Porque el dolor igual te alcanzó, ¿verdad?
Ella asintió, con lágrimas sin caer en sus ojos.
—Sí. Y dolió más porque no estabas.
Un silencio espeso los rodeó.
Entonces él alzó la mano, apenas rozando su mejilla con los dedos. Alicor tembló, pero no se apartó.
—No hay redención para lo que hicimos— dijo él—. Pero si me dejás quedarme... solo un poco... no para retenerte, sino para protegerte...
Ella cerró los ojos. Su corazón latía rápido, asustado y confundido.
—Tengo miedo, Radamanthys.
—Yo también. Pero prefiero enfrentar al mismo Caos antes que volver a perderte.
Y por un instante, solo uno, sus frentes se tocaron. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si las guerras no hubieran existido. Como si todavía fueran dos almas que se buscaban en la penumbra del Inframundo.
Alicor respiró hondo.
—¿Y si soy yo quien lo despierta? ¿Y si todo lo que soy termina destruyendo a quienes amo?
Radamanthys no dudó.
—Entonces seré yo quien arda contigo. Pero no dejaré que lo enfrentes sola.
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Radamanthys extendió la mano, y Alicor la tomó. Ambos salieron lentamente de la cueva, envueltos en esa paz efímera que solo precede a la tormenta. Al cruzar el umbral, el desastre los recibió.
Kanon tenía el brazo envuelto en llamas azules, enfrentando el cosmos retorcido de Fobos. Kath miraba a todos, con el alma desgarrada, sabiendo que su hermana estaba ahí... tan cerca... pero a un océano emocional de distancia.
—¡Deténganse!— gritó Alicor, y el poder de su voz, su verdadero poder, como hija del Caos, vibró en los corazones de todos.
El silencio cayó. Radamanthys la miró con asombro, pero también con orgullo. El poder dormido ya comenzaba a despertar.
Alicor dio unos pasos, colocándose entre los dos bandos. Su voz temblaba, pero no por miedo, sino por el peso de todo lo que estaba a punto de decir.
—Fobos. Deimos... gracias. Gracias por cuidarme. Por protegerme aun cuando yo no sabía quién era. Ni lo que era. Lo agradezco con cada parte de mí.
Fobos bajó la mirada. Deimos solo cerró los ojos, ocultando una emoción antigua que amenazaba con quebrarlo.
Luego, Alicor se volvió hacia Anteros.
—Y tu...— sus ojos brillaron—. Siempre creí que era una molestia para ti. Que no me querías cerca. Pero ahora sé la verdad. Me cuidaste como cuidaste a Ainhoa. No voy a olvidarlo jamás.
Anteros, por primera vez en años, pareció vulnerable. Los labios le temblaron. No dijo nada. Pero cuando ella lo abrazó, él no se apartó. Solo cerró los ojos y apoyó una mano en su espalda.
Entonces la vio.
Kath.
De pie, temblando, con lágrimas que ya no trataba de esconder.
Alicor corrió hacia ella. Se fundieron en un abrazo desesperado.
—Perdoname...— susurró Alicor, aferrándose a su hermana mayor—. No puedo volver. No todavía. Soy un peligro, Kath. Lo siento en la sangre. Si vuelvo... si algo se desata, los voy a lastimar. Pero con ellos... con Fobos y Deimos, estoy a salvo. Ellos me protegerán.